Belleza de encuadres, pero falta de alma

Publicado por
Eduardo Galán
León

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Ya nos lo advierten al comienzo. «Desviar la atención, esa es la clave», le dice papá Lupin a su retoño, que llegará a ser el ladrón de guante blanco más célebre de la literatura y del cine franceses. Ese es el juego de esta nueva revisión del folletín galo, tan insatisfactoria como lo fue la de Belphegor en La máscara del faraón por mucha Sophie Marceau que tuviera dentro. El perpetrador de semejantes afrentas a nuestra memoria infantil es el mismo individuo, Jean-Paul Salomé, que con sus juegos de manos y trampas visuales sólo consigue robarnos dos largas horas. No entiende nada de lo que es el cine de aventuras: el sentido de la maravilla no está en la incrustación de efectos especiales, ni en la acumulación de peleas y persecuciones, ni siquiera en la belleza de encuadres pictóricos. Está en la respuesta viva, moral o amoral, que los personajes oponen a las acciones de la trama, algo de lo que se muestran desprovistos los desangelados seres que pueblan este Arsène Lupin . El propio protagonista resulta extremadamente desdibujado, a pesar de los esfuerzos de Romain Duris, notable en películas como El extranjero loco , Le Divorce o Una casa de locos . El joven actor francés lo intenta todo, pero pesan mucho otras interpretaciones que de Lupin compusieron antes John Barrymore o Melvyn Douglas. Afortunadamente está Kristin Scott Thomas haciendo de malvada, centenaria y bien conservada, condesa de Cagliostro, con su amarga boca y un vigoroso batir de pestañas. Está claro que le roba media encarnación a la Milady de Winter de Lana Turner, pero tiene gracia, especialmente cuando se pone irónica: «No hay remedio: después de los treinta, la cara es el espejo del alma». «ARSÈNE LUPIN»: Francia-Italia-GB. Dir: Jean-Paul Salomé. Int: Romain Duris, Kristin Scott Thomas, Eva Green.

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