Tom Welling protagoniza el filme de Rupert Wainwright

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Rosa R. Porto
León

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Es la enésima profanación de un clásico de terror La niebla de Carpenter , reconvirtiéndolo en picadillo para adolescentes. Eso significa cargarse la atmósfera de pavoroso cuento decimonónico para sustituirla por una trama insulsa con caretos televisivos, aquí, Tom Welling ( Smallvill e) y Maggie Grace ( Perdidos ). Ni que decir tiene que los recursos dramáticos de ambos son limitaditos. Lo peor, es que el estropicio no satisface ni a los estómagos menos exigentes. Y es que a nadie le gusta que lo tomen por tonto. En primer lugar, porque el suspense es inexistente: desde los diez primeros minutos ya se sabe cómo se desarrollará la historia, y hasta se puede escribir la lista de las futuras víctimas. Por cierto, que si yo fuese un muerto con ansias de venganza, también los asesinaría con saña, por pringaos o chungos, según el caso. En segundo, porque los sobresaltos no vienen dados por una verdadera sensación de pánico, sino por el ¡chun-chun! de la banda sonora abrouxadora que se repite con cansina monotonía, hasta el punto que se puede mirar con desesperación el reloj cada cinco minutos. En medio de tanta chorrada, lo único salvable es Selma Blair, demostrando una vez más que achanta con lo que sea. Claro que la pobrecilla no puede evitar que la película se hunda estrepitosamente. Sin duda, el género padece un agotamiento crónico y una sequía de ideas que sí dan miedo. Y ahora que, con notables excepciones, el cine oriental también parece empezar a repetirse como las lentejas, a ver a dónde vamos a parar. En cualquier caso, porque John Carpenter está vivo, que si no, Rupert Wainwright ya se podría ir encomendando al Padre Pío.

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