El actor cubano Jorge Perugorría en uno de los momentos de la película

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Eduardo Galán
León

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Manuel Gutiérrez Aragón, autor de algunas de las mejores películas españolas de las últimas décadas, especialmente la olvidada Maravillas , regresa al buen camino con Una rosa de Francia , maravillosa reinterpretación de las clásicas historias de amor y de piratas, ambientada en la Cuba de Batista. El espectador nostálgico puede disfrutar de una narración clara, de la simplicidad prístina y admirable que exhala una suave fragancia a cine de aventuras del de antes, algo que sólo un cineasta veterano puede ofrecer. Perugorría, marinero canalla de barco herrumbroso, trafica con pasajeros que quieren llegar a Nueva York y con chicas de pueblo que vende a viejos adinerados. El actor cubano homenajea a Bogart y a Brando entre cayos largos e islas queimadas; incluso a Errol Flynn con su vitalista grito de guerra: «Vamos, que la vida espera». A su lado todo un descubrimiento, la poco más que adolescente Ana Celia de Armas, de una naturalidad que solo da la escuela cubana. Su sonrisa maliciosamente infantil y los inmensos ojos verde claros son un arma de expresividad que hace decir a su amante: «Me veo en tus ojos, pero muy pequeño». El personaje del villano sin escrúpulos se refugia de este terror en los brazos de Broselianda Hernández, una excelente madame maternal que ya vimos en Cosas que dejé en La Habana . Docenas de guiños buñuelianos salpican la narración: la chica sonámbula que va a comer carne a la cocina, la sinfonía de prostitutas lavándose en los bidés, la pistola sin balas... Gutiérrez Aragón sigue aquel viejo axioma de huir del cine de ideas pero nunca filmar un solo plano que no contenga por lo menos una. En su simplicidad cada imagen de Una Rosa de Francia está henchida de sugerencias. Y lo mejor es que esta más que notable película nació sin ambiciones, pasando con elegancia por una pantalla cargada de cine fatuo.

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