Diario de León
La orquesta comunitaria actuó el pasado martes en León

La orquesta comunitaria actuó el pasado martes en León

Publicado por
Miguel Á. Nepomuceno
León

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Que la Orquesta de Castilla y León ha conseguido un nivel y un prestigio considerables a todos los niveles es un hecho incuestionable, especialmente desde que su gestor Enrique Rojas está al frente de ella. Tanto en el aspecto programático como el instrumental y directorial, la orquesta comunitaria está al mismo nivel que las mejores formaciones nacionales y puede ya, sin ningún temor, afrontar las obras más exigentes o las óperas más comprometidas (recuérdese el exitoso Lohengrin ). Sin duda conseguirá el éxito que se merece porque su labor y esfuerzo en estos años ha sido encomiable. En su haber, un director joven y emprendedor, Alejandro Posada, que ha hecho de ella una sinfónica compacta y homogénea con un sonido característico y unas secciones dúctiles y equilibradas, donde la juventud prima en un noventa por ciento. Y lo pudimos comprobar por enésima vez el martes en el Auditorio Ciudad de León donde se presentó con dos directores, uno todavía joven e inexperto pero con claros valores estilísticos, Rubén Gimeno, que junto a un maestro de maestros como es el violinista ruso Dimitry Sitovetsky, leyenda viva de este instrumento, caldearon la noche leonesa de forma inolvidable. Aunque la obra inicial, Fratres para violín y orquesta del letón Arvo Pärt, no sea más que un bonito ejercicio de variaciones que sirvieron para que el prodigioso Sitovetsky luciera sus mejores virtudes técnicas y estilísiticas, lo cierto es que la obra no es sino la repetición de un mismo tema que viaja por lo senderos de los cánticos gregorianos. Más consistente resultó el delicado concierto para violín y orquesta de Prokofiev, en el que Sitovetksy hizo valer su apabullante virtuosismo con notas picas, glisandos, stacatti y todo un arsenal de juegos tímbricos y modulaciones cromáticas que no dieron respiro al oyente para degustar una obra difícil y conceptual pero que en manos del moscovita y de una orquesta en estado de gracia resultó brillante y elocuente. Gimeno se limitó a seguir la partitura sin más. La Octava de Shostakovich es un desgarrador canto a la barbarie. Entroncada dentro de las llamada trilogía de guerra , la octava puede figurar sin ambages como uno de los monumentos más impresionantes del sinfonismo de todos los tiempos.  La Sinfónica trabajó la masa sonora como un escultor la piedra. La cuerda y en especial el metal fueron protagonistas de todo ese inmenso Adagio inicial que aplasta por su realismo y crudeza. El Allegretto , de humor sarcástico y fuerza desbordante, tuvo en la madera la mejor respuesta antes de entrar en el Allegro non troppo donde la madera aúlla como un ser humano sometido a torturas. El tambor lo señorea todo. El Largo es una marcha fúnebre en el que la cuerda grave mantiene el tempo mientras los piccolos y el clarinete hacen variaciones virtuosísticas antes de llegar al desolador Allegretto final que oscila entre la idílica paz después del desastre y la furia contenida de del hombre acabado. La lectura de Sitovetsky no dio lugar a la esperanza, en él todo fue distanciamiento y desolación. Impresionante y maravillosa.

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