Publicado por
Eduardo Ruiz Ocaña
León

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¿Se le ocurre a alguien conmemorar de mejor manera este bicentenario del Dos de Mayo que leyendo el episodio que le dedicó Galdós? Si quieren hacer su íntimo homenaje, tomen el tercer episodio de la primera serie, El 19 de marzo y el 2 de mayo , y léanlo. No les llevará más de cuatro o cinco horas. Será un tiempo muy bien invertido; cualquier episodio nacional de Benito Pérez Galdós merece la pena, pero los diez que componen la primera serie tienen una unidad argumental que los convierte en una magnífica novela histórica, a años luz de cualquiera de las de este género. G aldós cumple a la perfección el precepto clásico de instruir deleitando, y urde a la perfección una trama folletinesca para atrapar la atención del lector; pero junto a las aventuras y desventuras del protagonista, el joven Gabriel de Aracil, nos va trazando un cuadro histórico que arranca en la batalla de Trafalgar y recorre los principales escenarios de la Guerra. El escritor nos invita a recorrer las calles madrileñas en aquel aciago día, auténtico detonante de la contienda posterior, pero previamente nos ha hecho asistir al motín de Aranjuez, el 19 de marzo de ese año, para que podamos comprender los antecedentes de la ira popular que estalló con furia el dos de mayo. Es magistral cómo el novelista canario engarza los acontecimientos históricos en la trama novelesca. En Aranjuez, Gabriel será testigo privilegiado de la concatenación de acontecimientos que llevaron a la insurrección que terminó con el omnímodo poder del valido Godoy. Escuchamos el griterío del pueblo que asalta el palacio de Manuel Godoy, a quien responsabiliza de todos los males de la patria, insulta al rey vigente y pide a voces que el príncipe Fernando lo suceda en el trono. Al día siguiente el populacho descubre al valido, aterrorizado y hambriento, que se había refugiado en un desván. No muere al ser protegido por un destacamento, pero sufre todo tipo de vejaciones y es un símbolo más de cómo las vueltas del destino pueden hundir al poderoso en el lodo. Gabriel desde ese día odiará que el pueblo se erija en juez. Para Galdós el episodio está claro, y califica la algarada de auténtico golpe de estado instigado por el príncipe para deponer a su padre.

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