LA RUTA
Por la senda que lleva de palloza en palloza
De Balboa a Villariños y Chan de Villar entre bosques, tejos centenarios y viejas casas de teito.

Palloza de Balboa.
No hay nadie que se quede indiferente ante tanta belleza. Natural y construida por el hombre. Verde en los huertos, en los prados de siega, en los pastos. Miles de colores en los bosques de este trozo de tierra que roza la Reserva de la Biosfera. Ríos, fuentes y regueros transparentes. Piedra, madera y paja para sobrevivir al tiempo y sus inviernos. Mezcla perfecta de sabiduría pues si viejas son las pallozas y sus techados de teito en las que antaño se vivía y hoy se turistea, más aún lo son los tejos centenarios, los de Lamagrande y Castañoso, convertidos también en monumento.
Dicen que en Balboa emparentaron dos poderosas familias, los Núñez de Balboa, antecesores del descubridor de los Mares del Sur, y los Valcarce, señores del castillo que hoy aún se alza como imponente ruina. Vivirían los caballeros en los torreones, caldeados por fuegos alimentados con la madera de sus ricos bosques, y el pueblo llano en sus pallozas, calentados por el aliento de sus reses y el fuego bajo, que si el señor se ponía a refugio en su fortaleza, sus súbditos ni necesidad tenían de salir de su humilde casa circular, así nevara durante semanas, pues ganado, alimento y cosas compartían espacio en una particular y única forma de vivir y entender la vida.
Desde Balboa y sus pallozas arancan varios caminos que llevan al viajero a pueblos y valles magníficos, poco transitados, olvidados por la historia y los hombres. Senderos entre robles, encinas, alcornoques, madroños y acebos.
Un antiguo camino conduce a Villariños, pueblo de palloza también, y también de hórreo. El camino lleva a la derecha hasta Chan del Villar. Es tierra de aguas. Baja el Balboa desde el Portelo y decenas de arroyos a los valles del sur donde se divisa el Balboa contra el Valcarce, que no tienen dueño ni señor.