Diario de León

LA RUTA

El paraíso para los amantes de la MTB

El entorno del Oza ofrece al ciclista diferentes recorridos dependiendo del nivel de exigencia.

El río Oza.

El río Oza.

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Aun paso de Ponferrada y en el mismo término municipal, el amante de lo rural y la naturaleza puede encontrar en los pueblos del Oza y su valle el lugar de recreo idóneo. Desde San Esteban hasta Montes de Valdueza, Valdecañada, San Clemente, Valdefrancos, San Cristóbal, los deshabitados Santa Lucía y San Adrián o, ya más arriba, la propia Peñalba ofrecen al visitante un sinfín de posibilidades de ocio vinculado a la naturaleza y especialmente a los amantes de la mountain bike (MTB).

Entre bosques de árboles autóctonos y al filo del río que da nombre al valle discurren diversas rutas accesibles a pie, en bicicleta o a lomos de un caballo. La denominada Circular de Valdecañada es una de las más transitadas sobre dos ruedas. Son casi 30 kilómetros de distancia que parten de Valdecañada y recorren Toral de Merayo y San Esteban de Valdueza hasta llegar al alto de Valdebrimeros y regresar después al punto de origen. Otra alternativa no muy dura que ofrece la zona se extiende a lo largo de 33 kilómetros —unas dos horas y media encima de la bicicleta— y recorre Toral de Merayo, Rimor, Orbanajo, Ozuela, Río y Valdecañada. Las sendas de Rx8 o Enduro en el Pajariel son también alternativas que el Valle del Oza ofrece al deportista.

Pero más allá de eso, la cuenca del Oza es cuna de un patrimonio insólito tanto paisajístico como arquitectónico. Además de las archiconocidas virtudes que ofrecen al turista Peñalba de Santiago y su iglesia mozárabe, así como la inmensidad del Valle del Silencio; Montes es titular de un monasterio, el de San Pedro, de obligada visita; y el conjunto de la cuenca rezuma vida a través de sus castaños centenarios, los viñedos que dan color a la parte más baja del Oza y cada uno de los detalles que hacen de sus pueblos lugares únicos en lo que el tiempo parece pasar mucho más despacio.

El Valle del Oza es además la cuna de la Tebaida Berciana, cuyo nombre proviene de la similitud de los templos que se erigen en su territorio con los de la antigua Tebas egipcia. Su ubicación, lo agreste del terreno y el estado de las vías de comunicación hicieron de su aislamiento un polo de atracción perfecto para los primeros ermitaños cristianos que, en el siglo IV, buscaron retiro en la zona para dedicarse a la meditación. | m. j. alonso

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