RUTAS DE LEÓN
De viaje al Valle de Ancares
Heredó y conservó la vieja cultura castreña, de antes de que los romanos se empeñaran en este solar, y mantiene en pie uno de los legados más antiguos de Europa. Dan fe las pallozas

El milenario castaño de Villasumil
Tan auténtico es, que ni el artículo necesita, que siempre fue Ancares, a secas, el nombre tomado de su río. Maravilla natural, tierra en el límite, frontera leonesa con Galicia y Asturias. León mismo. Que no se confundan los nuevos tiempos y extiendan sus fronteras más allá, que no ocupen lo que es de acá, aunque también se hable gallego. Territorio poderoso, poblado desde antiguo, legítimo heredero de costumbres ancestrales que se conservan aún vivas.
En esta porción de León aprendió antaño el hombre la habilidad de vivir sin necesitar más de lo que pudiera tener.
Ocupa el Valle de Ancares un municipio, Candín, con nueve pueblos más otros dos, Balouta y Suarbol, separados del valle por el Puerto de Ancares. Así que esta maravilla natural, declarada por la Unesco con merecimiento Reserva de la Biosfera, cobija a Candín, Balouta, Espinareda de Ancares, Lumeras, Pereda de Ancares, Sorbeira, Suarbol, Suertes, Tejedo de Ancares, Villarbón y Villasumil. A cual más bello.
Se resistieron tanto los caminos, se hizo tan fuerte el invierno que se acostumbró Ancares a vivir aislado. Y sus habitantes a protegerse del frío, y a veces del calor, entre piedra y madera, bajo teito primero y luego pizarra.
Heredó y conservó la vieja cultura castreña, de antes de que los romanos se empeñaran en este solar, y mantiene en pie uno de los legados más antiguos de Europa. Dan fe de ello las pallozas, en Balouta o Suarbol, en Pereda, convertida en museo ahora, construcciones circulares donde vivían y convivían familia y ganado, separados por una pared pero suficientemente juntos para asegurar el calor de hogar. Una vivienda que garantizaba una temperatura constante en su interior y poco esfuerzo para calentarse. Afuera, el tiempo se mostraría inclemente pero la naturaleza no. Se alzan orgullosos los castaños varias veces centenarios, de troncos tan gruesos que ni ocho hombres darían para abrazarlos. Es un bosque de mil bosques, de castaños y avellanos, alisos y sauces, de brezo blanco y melojo, hogar de los supervivientes urogallos, de la liebre de piornal y el oso pardo.
Y si no bastara el paisaje y sus gentes, sus tradiciones y sus costumbres, deleitese el viajero con una gastronomía hecha de buen caldo de berza y mejores carnes, de embutidos bien curados y manjares del país.
Una bellísima sucesión de montañas y valles altos. Magnífica tierra en el valle del río Ancares, auténtica porción de León. Única.