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La ciudad del Titanic
Hay ciudades que se han transformado gracias a museos, verdaderos iconos. Belfast es la ciudad del museo de un barco cuya historia conmovió al mundo. El ‘Titanic Belfast’ tiene la forma de cuatro proas, todas de la misma altura que tenía el trasatlántico desde la quilla hasta la cubierta. Un edificio impresionante de seis plantas y 14.000 metros cuadrados que permite explorar el astillero, viajar por los fondos oceánicos y descubrir la leyenda del Titanic, en la ciudad donde todo comenzó.

El ‘Titanic Belfast’ tiene la forma de cuatro proas, todas de la misma altura que tenía el trasatlántico desde la quilla hasta la cubierta.
Capital de Irlanda del Norte, Belfast está rodeada de una serie de colinas, entre ellas la de Cavehill, que, según cuentan, inspiró a Jonathan Swift ‘Los viajes de Gulliver’. Sin embargo, la historia reciente asocia su nombre fundamentalmente a los graves conflictos que azotaron al país durante el largo período de luchas político-religiosas entre católicos y protestantes.
Hay ciudades que se han transformado gracias a museos, verdaderos iconos de las mismas. Puede pensarse, por citar un ejemplo amparados en la cercanía y a pesar de los desencuentros iniciales, en el Guggenheim de Bilbao, convertido, sin duda, en referencia inevitable hoy de la capital vasca.
Camino lleva Belfast de acogerse a una transformación de parecidas características. No se puede olvidar que la ciudad tiene, ha tenido más bien, una larga tradición industrial que, con cierta diversificación, se asentó de manera notable en la naviera: los astilleros de Harland and Wolff (H & W) se convirtieron en los más importantes del mundo y llegaron a tener 35.000 trabajadores. En ellos se construyó el trágicamente famoso Titanic durante dos años de intenso trabajo. El martes, 14 de abril, hizo 103 años que se hundió.
Las raíces del porqué de esta iniciativa museística tienen, por tanto, su explicación. Es necesario incardinarla en el mayor proceso de modernización de la ciudad iniciado con el famoso Acuerdo de Viernes Santo de 1998 (10 de abril), al que se llegó para poner fin al conflicto de Irlanda del Norte. En este contexto el ‘Titanic Belfast’ se inauguró el 31 de marzo de 2012. En este tiempo transcurrido, y por hablar de cifras emblemáticas, ronda los dos millones de visitantes, lo que está suponiendo un buen revulsivo económico.
Situado frente a los astilleros donde nació el mítico trasatlántico, este impresionante edifico de seis plantas y 14.000 metros cuadros —afirman que su inauguración fue el evento turístico más importante del mundo en 2012— tiene la forma de cuatro proas, todas de la misma altura que tenía el Titanic desde la quilla hasta la cubierta.
En la explanada que circunda el museo —las guías insisten en no llamarlo así, sino “una experiencia multisensorial”— se puede contemplar el espectáculo arquitectónico y volumétrico, fácil de retener en la memoria. Ya dentro, el propio programa-guía, también en español, hace una invitación explícita: “Míralo. Tócalo. Siéntelo”. Y añade: “Explora el astillero, viaja por los fondos oceánicos y descubre la verdadera leyenda del Titanic, en la ciudad donde todo comenzó”.
Con este espíritu hay que iniciar el recorrido, a lo largo de ocho salas perfectamente concebidas y diseñadas.
En la Sala 1 comienza la historia del Titanic en el Belfast de principios del siglo pasado, una ciudad próspera por la que paseamos y que nos permite, ya en la siguiente sala, asistir a la construcción del trasatlántico. Imágenes, sonidos reales, ambientación muy cuidada nos permiten la sensación de estar asistiendo a los trabajos que harían real este sueño. Lo que impresiona, al menos a quien esto escribe, es realizar, desde el cómodo asiento de una cabina, un viaje a las tripas del trasatlántico, con vistas espectaculares, sonidos y olores industriales de la época que hablan, sobre todo, de la magnitud de la empresa. Finalizada, entramos en la Sala 3 para asistir a la botadura, que tuvo lugar el 31 de mayo de 1911.
Un vídeo muestra aquel momento histórico, al que asistieron unas 100.000 personas para contemplar el inicio de la navegación del más pesado móvil —46.328 toneladas— que había conocido la historia. Fue un acontecimiento local, nacional e internacional al que asistieron autoridades, famosos y empresarios. Más de un centenar de periodistas llevaron la noticia a todos los rincones del mundo. Presente también, el escritor Filson Young comentó: “No hubo escenario de bautismo como en los casos de celebración de botaduras de embarcaciones menores. En su lugar, se izó una bandera roja en la popa del barco. Diez minutos más tarde, a las doce y cuarto del mediodía, se lanzaron tres cohetes y la gran embarcación comenzó a moverse, gracias a veinte toneladas de grasa animal esparcidas por los canales de la botadura. El Titanic entró en el agua rápida y elegantemente”.
Estamos en la Sala 4, que, sin duda, hará las delicias de los mitómanos, pues se recrea con todo tipo de detalles la vida a bordo, con réplica de camerinos, muestra de vajillas… incluso de la escalera donde Leonardo di Caprio esperó a Kate Winslat en la famosa película de James Cameron. Por cierto, a lo largo de este recorrido imaginario, con un espectacular despliegue interactivo —se valora con precisión en la sala en que nos encontramos—, el visitante verá las ropas utilizadas en esa versión cinematográfica. Esta sala supone concebir que, en verdad, el Titanic fue un barco pulcro y especial.
El viaje inaugural es el motivo de la siguiente sala. Tripulación y pasajeros, sus historias y sueños, sus vidas y actividades durante la primera navegación. Corta. Porque el telégrafo reproduce la petición de ayuda, a la que se añade la posibilidad de escuchar los últimos mensajes.
Por eso la Sala 6 es posiblemente la más dramática de todas. Está dedicada al hundimiento del Titanic. Aquel trasatlántico de 269’04 metros de largo y 28’16 metros de ancho vio interrumpida su travesía al chocar con un iceberg frente a las cosas de Terranova. Faltaban apenas veinte minutos para acabar el día 14 de abril de 1912. Fallecieron 1.512 personas, lo que supone una de las mayores catástrofes marinas en tiempos de paz.
La experiencia sensorial de esta sala es inolvidable. La siguiente —’El día después’— la complementa, en tanto se nos ofrece el calado de la noticia de la tragedia en el mundo y, a través de pantallas táctiles, saber qué ocurrió con las personas de a bordo y la lista de fallecidos.
‘Mitos y leyendas’. Sala 8. Reportajes de la época, películas que nos acercan a diversos aspectos de la vida del Titanic, la abundante literatura a que dio origen… Mito, leyenda, realidad. Recreación, en definitiva, de uno de los episodios de la historia más reciente que conmovieron al mundo. Por supuesto, la tienda de recuerdos, a la entrada, ofrece buena parte de estas referencias. Y otras muchas, naturalmente.
No quedan, sin embargo, aquí las cosas. ‘Teatro con el Titanic en el fondo del mar’ es la guinda: una inmersión a 4.000 metros de profundidad nos muestra el barco tal como lo descubrió el famoso oceanógrafo Robert Ballard en 1985, hoy convertido para el visitante en un auténtico viaje de exploración submarina.
Es imposible referir tantos detalles como se ofrecen en este museo. La historia convierte en mito no pocos de sus acontecimientos. El Titanic es uno de ellos. El recorrido por su peripecia es un viaje que el visitante puede realizar con verdadero sentido de las circunstancias y los acontecimientos que se tejieron en torno al mítico trasatlántico. En Belfast el viajero tiene una cita obligada.




Reproducción del astillero donde se construyó el Titanic. Una foto de su salida de la ciudad irlandesa de Queens Town (hoy Cobh) el 12 de abril de 1912. Muestra de la vajilla utilizada a bordo y la famosa escalera, tan cinematográfica. Fotos: A. GARCÍA