Las vistas del eremita
El camino lleva hasta la cueva en la que vivió San Genadio. Dos kilómetros hasta llegar al hogar del eremita por una senda que parte de Peñalba de Santiago en la que la naturaleza se muestra generosa y el paisaje exuberante. El mismo que contempló el anacoreta. A solas. En una gruta. En la Tebaida berciana

Vistas desde el interior de la cueva en la que vivió san Genadio
Desde dentro, se comprende que dedicara las horas muertas al ajedrez. Y también que no quisiera irse de allí. Porque desde la boca de la cueva aparece magnífico el paisaje del Valle del Silencio, majestuoso, como sin profanar.
Vivió aquí Genadio, venerable eremita al que el pueblo llamaba Juanacio, con el santo por delante incluso antes de que lo fuera oficialmente.
Basta entrar en la gruta para imaginar las horas interminables, el peso de la soledad, la carga de una vida apartada. Basta permanecer un rato en la caverna para adivinar el rigor del invierno y la aplastante belleza de la naturaleza despuntando en primavera, madurando en verano, apagándose en mil colores en otoño.
Qué llevo a Genadio a vivir allí hasta su muerte es para la civilización occidental actual un misterio. Más si, como sostienen algunos autores, estaba emparentado con la monarquía leonesa, quizá hijo o sobrino de rey, y tuviera por derecho una vida acomodada.
En lugar de tapices y palacios, eligió la contemplación como modo de vida y la roca por hogar, de la que sólo le arrancó la petición-sugerencia-imposición de Alfonso III para que sucediera a Ranulfo como obispo de Astorga. Aguantó dos décadas aunque cuentan las crónicas que fue más por obediencia al príncipe que por propia voluntad y que «ni aun corporalmente vivía allí». En el 920 renunció al cargo y regresó a su lugar de meditación, convertido otra vez en eremita, alimentado de hierbas y raíces, entre disciplina y oraciones.
Tal vez el camino que conduce hasta su cueva sea exactamente el mismo que él recorrió hace 1.095 años. Y no sería muy diferente el paisaje.
Desde Peñalba de Santiago, el último pueblo conocido, parten dos kilómetros de senda que atraviesa huertos y terrenos que fueron de cereal y se adentra por el llamado camino de abajo, una vereda de tierra, hojarasca y piedras sueltas, por el valle de Figuera primero y por el del Silencio después, entre una espesa vegetación y el murmullo del Oza, salvado por un puente de madera, todo hacia arriba sin pérdida hasta llegar a la gran roca, el escarpe imponente de la Peña Alba donde la naturaleza excavó una guarida que fue refugio para el anacoreta.
Allí acudieron los devotos durante siglos en busca del polvo que mezclar con agua para curar la calentura, aquellas fiebres malignas que llenaron cementerios. Por ese camino llegan ahora otros caminantes más ligeros de equipaje, apenas una mochila, y mucha curiosidad.
Si uno aguarda a que no haya nadie, le sobrecogerá el silencio y la nada, en la cueva que se adivina húmeda y fría, alejada de todo, y soñará con dejar pasar la horas moviendo la piezas de marfil que la historia atribuye a Genadio, las figuras de ajedrez más antiguas de Europa que desplazó con parsimonia el santo.
Afuera, la naturaleza es en esta época benévola. Suaviza el vergel los calores de final de verano e invita a contemplar la grandeza del paisaje berciano. El que acogió la tebaida. El que se divisa desde la boca de la gruta que fue hogar de santo.

El sendero que lleva a la gruta del eremita. FOTO: L. DE LA MATA