Diario de León

Barcelona

una ciudad escondida. Barcelona es una ciudad luminosa, mediterránea en el sentido más profundo de la palabra y de una belleza excepcional que es difícil que alguien lo pueda poner en duda. Un destino más que recomendable los 365 días del año

Una de las vidrieras que adornan el interior de la Sagrada Familia. abajo, frente a la fachada de la catedral se baila cada mañana de domingo la sardana, de forma espontánea. A la derecha, las cuatro columnas del que fuera Templo de Augusto, en un rincón

Una de las vidrieras que adornan el interior de la Sagrada Familia. abajo, frente a la fachada de la catedral se baila cada mañana de domingo la sardana, de forma espontánea. A la derecha, las cuatro columnas del que fuera Templo de Augusto, en un rincón

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alfonso garcía
León

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Fascina lo que se esconde. Es una de las máximas que el viajero nunca debería perder de vista. Que Barcelona es una ciudad luminosa, mediterránea en el sentido más profundo de la palabra, y de una belleza excepcional es difícil que alguien lo pueda poner en duda. Cosmopolita entre las que así se consideran en el mundo. Su recorrido monumental está lleno de los hitos más variados y de todo tipo de deslumbramientos. Las guías top ten son un primer acercamiento, pero escaso. La Sagrada Familia, el Parque Güell, las Ramblas, el Tibidabo, Monjuïc, Santa María del Mar, el Palacio de la Música, el puerto, la Pedrera, el Barrio Gótico con la catedral… Como seguramente no será la última vez, y resulta tan difícil hacer una lista cerrada, elija de forma progresiva y comprométase a la vuelta. La Ciudad Condal tiene como mínimo medio centenar de razones iniciales imprescindibles. La imagen que se forja en la retina y que en ella permanecerá allí durante tiempo o para siempre tiene estas y otras referencias concretas, muchas de ellas universales. Y el ambiente que se respira en los museos más inesperados y universales también, en los mercados de sabor único donde se descubren nuevos secretos de la gastronomía, en las plazas monumentales y recoletas, estas sobre todo con el poso de la tradición y la cercanía prendido en la atmósfera. Barcelona es más hermosa cuanto más se la conoce.

Cerca de un centenar de veces he visitado la ciudad catalana, hace unos días apenas la última. Confieso que hay tres ejes de interés que intento ver siempre, a los que añado otros nuevos cuando es posible. En primer lugar, el Barrio Gótico, ese primor callejero que parece devolvernos a otra época, y que suelo rematar con la visita a la catedral y su claustro. Por eso de los orígenes, he ido acumulando fotos de la imagen de santa Lucía a lo largo de todo este tiempo. Si la visita coincide en domingo por la mañana, en la explanada que se abre ante la fachada se baila, creo que de forma sistemática pero espontánea, la sardana, siempre elegante y con curiosas connotaciones para servidor. No olvide, por otra parte, que muy cerca, apenas unos metros, está el Museo Frederic Marès, uno de los que acoge en esta ciudad una notable muestra de escultura religiosa leonesa. Ese es otro asunto.

Está a tiro de piedra de las Ramblas, el segundo de mis ejes de interés. Llego, habitualmente en metro, a la Plaza de Cataluña. Con la mirada inicial de la Fuente de Canaletas, bajo, en un paseo lento y tranquilo —tiene muchos motivos, a izquierda y derecha, para descubrir y detenerse— hasta el mar. Me encantan las Ramblas, por su diversidad, por el contraste, por la vida que late llena de fuerza. Y la llegada al mar, con la estatua y mirador de Colón contemplándolo, abierto y con múltiples atractivos en su entorno.

Desde aquí, a la derecha de la Vía Layetana si damos la espalda al Mediterráneo, pero cerca de cualquier forma, la iglesia gótica (siglo XIV) de Santa María del Mar, otro de mis inevitables gustos barceloneses. Literaria además (Ildefonso Falcones, Calos Ruiz Zafón, África Ragel…), se levantó esta iglesia, recogida y hermosa, para los feligreses de la zona del puerto y la Ribera —únicos responsables de su construcción—, ese espacio en que se ha formado una historia atractiva de la ciudad. Popular, austera como consecuencia, cercana, hermosamente sencilla esta «Catedral del Mar».

El recorrido, con las paradas necesarias para refrescar y las múltiples posibilidades para el tentempié o la comida, da mucho de sí. Siempre a pie, el descubrimiento de nuevas razones enriquecerá la ruta. Un día completo, al que añado ahora la realidad de esa ciudad escondida.

Estamos en el Barrio Gótico. No lo olvide, entre las Ramblas y Vía Layetana. En la explanada frente a la catedral. No se incomode si le aseguran —es cierto— que el Barrio Gótico es un barrio impostado como tal a mediados del pasado siglo, para ambientar una zona que tiene notables, aunque aisladas referencias medievales y góticas. Igual suerte ha corrido la fachada de la catedral, neogótica, y de época cercana a la reinvención del entorno, porque a alguien no le gustaba la original. En la parte derecha de la plaza le enseñarán seguramente las ruinas de un canal romano, que es otra reconstrucción pero puede ser la pista para acercarse a otra mirada, no tan evidente como el resto. Las ciudades guardan, seguramente todas, innumerables secretos, realidades postergadas a un segundo plano, y, por tanto, poco o nada conocidas. Son las ciudades escondidas. Bueno, un poco más a la derecha, dos torres, que sustentaban una de las puertas —puerta decumana— de la Barcelona romana, de Barcino. Vamos a entrar brevemente en ese mundo, a constatar su existencia, en el ánimo incluso que hay por difundirlo a través de un plan. Hay en España últimamente un verdadero fervor turístico por lo romano.

Al margen de las clásicas leyendas y mitos fundacionales, casi diría necesarios en una ciudad que se precie, con todas las incógnitas que se quieran añadir, parece cierto que el origen de Barcino se remonta al siglo I a. C. Dicen que fue el mismísimo Augusto en persona quien la fundó para premiar a sus veteranos centuriones con una plácida jubilación. Seguramente algunos estarán enterrados en la necrópolis, parte de la cual se conserva —y es una referencia recomendada— en la actual Plaza Villa de Madrid, en el entorno, lógicamente, en que nos encontramos. Le aconsejo, sobre todo, sin embargo, acercarse a la calle Paradís, muy cerca de la Plaza del Rey, donde se encuentra el Museo de la Ciudad de Barcelona. Este edificio, por cierto, fue trasladado aquí, piedra a piedra, a principios de la década de los treinta del pasado siglo, cuando se derribaron las casas y calles a fin de trazar la Vía Layetana.

En el Museo hay una explicación muy interesante que recorre, entre otros, aspectos de la vida cotidiana, curiosos en no pocas ocasiones, capaces de levantar el interés del visitante. Lo que más llamó la atención de quien esto escribe, y que considera motivo más que suficiente para no pasar la ocasión por alto, son las cuatro columnas que aún quedan del que fuera Templo de Augusto, en un rincón inolvidable, por inverosímil. Los paneles explicativos, con la reconstrucción posible del templo, son capaces de ofrecer una idea cabal de aquella espectacular belleza perdida.

Viajero amigo. Me despido aquí. Barcelona tiene mil y una razones, y una más, para disfrutarla. Si a las propuestas hoy, especialmente la del Barrio Gótico, incorpora este punto romano, irá forjando una idea más precisa de la ciudad. La valoración está en los intereses. Como siempre. Después de tantos acercamientos, y confirmada la experiencia de su riqueza, acabo de conocer esta. No olvide, de cualquier forma, que el escenario propuesto está muy localizado. Cercano. Imprescindible. Hágalo suyo también.

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