La isla de Calipso
Conozco un lugar que sólo compartiré con el lector si promete no decírselo a nadie más. Podría ser Liliput, un mundo en miniatura, en el que hay de todo, pero todo a tamaño natural. Ulises recaló en esta isla, rodeada por un mar tan intensamente azul y brillante como el cielo, y se quedó a vivir siete años en los brazos de Calipso, la reina de las ninfas, en lo alto de un monte a cuyos pies se extiende una playa de arena rojiza.

E.B.
P ara entonces ya llevaba mucho tiempo habitada, pues sus primeros pobladores llegaron hace siete mil años. Mil quinientos años después, construyeron dos templos (Ggantija, Patrimonio de la Humanidad) que hoy son los monumentos megalíticos más antiguos del mundo. Más tarde, fenicios, romanos, árabes, normandos, suabos alemanes, angevinos, aragoneses, castellanos, franceses e ingleses fueron dejando su impronta. Muchos pueblos muy diferentes en un lugar que no mide más que siete kilómetros de ancho y el doble de largo; porque no, esta isla que está en medio del Mediterráneo, no es Malta, sino su hermana pequeña, Gozo, nombre que le dieron los españoles porque la consideraron una especie de Arcadia (que así se llama, por cierto, su principal centro comercial). Y aún es un lugar idílico habitado por una población de agricultores, marineros y pastores, cuya comunión con la naturaleza no perturban en absoluto los extranjeros, sobre todo ingleses, que han elegido este lugar para pasar los últimos años de su vida, o los turistas de todo el mundo que la visitan en primavera, verano y otoño.
En Gozo los campos en los que se cultivan tomates, patatas, cebollas, melones, uvas, higos, naranjas o mandarinas, rodeados de altas chumberas y pequeños muros de piedra, bajan hasta la misma costa; las playas están escondidas entre los acantilados como pequeños tesoros; todos los edificios son de piedra, con balconadas esmeradamente labradas o de madera pintada, dispuestos alrededor de una gran plaza en cuyo centro se halla siempre una enorme iglesia de aspecto palaciego. La religión es omnipresente en los adornos de las casas, quizá porque toda la isla está poblada por los espíritus de tantos y tan diversos antepasados, que han dado a la población, además de su acendrada espiritualidad, un carácter peculiar y un fuerte sentido de identidad.
Cualquier guía le dirá que debe visitar el Azzure Window o Dwejra, el enorme arco de piedra natural que es como un santuario en el que contemplar la puesta de sol sobre el mar; la Laguna Azul, en la cercana y mínima isla de Comino; la playa en la que Angelina Jolie y Brad Pitt han rodado recientemente ‘By the Sea’, o la Ciudadela en la que se puede pasear por la Edad Media y desde la que se contempla toda la isla: está en el justo centro y es la medina de la capital que, de hecho, se llama así, Rabat (medina), aunque los ingleses le dieron el nuevo nombre de Victoria para conmemorar el jubileo de su reina y el pueblo conserva los dos nombres, del mismo modo que todo gozitano habla inglés y maltés indistintamente. Por mi parte, sin embargo, enumeraré algunas cosas que no están en las guías y que hacen que considere Gozo como un lugar especial: cada casa tiene un nombre; los verdaderos dueños de la isla son los gatos, que los vecinos alimentan; las puertas suelen tener las llaves puestas y cristaleras a través de las cuales se ve el interior, porque apenas hay delincuencia; hay una gran actividad artesana a la que se da gran valor; se consume poca electricidad y casi todas las casas se proveen que energía solar o eólica; no hay mendigos, no falta el trabajo y no parecen existir las prisas ni la crispación; la gente es amistosa y educada; la noche es silenciosa, hay flores todo el año y, sobre todo, en un mundo tan vertiginosamente cambiante, Gozo apenas es diferente a como siempre ha sido.