Diario de León

Una plaza nueva para La Habana Vieja

Dicen que a La Habana se vuelve siempre. De una u otra forma, claro. Siempre hay nuevos descubrimientos en esta ciudad luminosa, más, si cabe, en estas circunstancias de expectativas que se abren actualmente y que dan las primeras señales en una isla en la que, como afirma Leonardo Padura, «España ha perdido el protagonismo». Esa sería otra historia. Lo que sí ha de tenerse en cuenta, desde un principio, es evitar la mala costumbre de llegar al país y explicar a sus habitantes cómo tienen que vivir. Es una tentación bastante frecuente aquí, y soberbia, alejada del verdadero espíritu del viajero.

ALFONSO GARCÍA

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ALFONSO GARCÍA
León

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S uelo recomendar, sobre todo si llega por primera vez a La Habana, acercarse al edificio Focsa, en el Vedado, cerca de la mítica heladería Coppelia. En la planta 33, y mientras toma algo en el bar Torre, puede visualizar un plano situacional de la ciudad. Allí están sus mejores vistas. Entre ellas, el Capitolio, una referencia inevitable y visible, uno de sus mil caminos, el que hoy elegimos como punto de partida. Contemplado el hervidero vital, humano y turístico del entorno, le propongo, frente a la escalinata, enfilar la calle Teniente Rey, muy cerca de Los Nardos, uno de los restaurantes históricos que es necesario conocer. La calle conduce, rectilínea y sin pérdida, hasta la Plaza Vieja, el destino del día. Hará un itinerario poco trillado, al margen de los circuitos habituales, en el que, según el registro literario de Reinaldo Arenas, observará cómo La Habana destaca por la luminosidad, los olores, el tacto, los sentidos, los saludos, su invitación cómplice. Observará un anacronismo fascinante, colorista y aromático.

En el trayecto, la sabrosa Plaza del Cristo, con la iglesia en que está la imagen del Santo Cristo del Buen Viaje. Se erige inicialmente la iglesia como Humilladero por los agustinos en 1692. Después se levantó una de cruz latina sobre la que se asienta la actual. Consta que a principios del siglo XVIII acudían ante esta imagen quienes se disponían a viajar a España para implorar una buena travesía, y, al regreso, para la acción de gracias. Observará sin especial esfuerzo que la presencia española es permanente. Sepa que, si tiene tiempo e interés, desviaciones a la izquierda, en dirección de la marcha, le pueden llevar a diversos museos (Ciencias, Numismático, Chocolate), y, a la derecha, a los antiguos conventos de Santa Clara y Belén. En este último ejerció una fructífera labor científica el jesuita leonés Mariano Gutiérrez Lanza.

Estamos en la Plaza Vieja, hoy imagen de una nueva ciudad que se proyecta hacia el futuro, cuyo centro está ocupado por una fuente con surtidor similar a la existente en el siglo XVIII. Se han ido incorporando varias esculturas y elementos decorativos que hablan de la actual fuerza e intensidad artística cubana. Entre ellas, a servidor le llama la atención la enigmática escultura de un gallo gigante, cabalgado por una mujer portando un tenedor. Su autor, el cubano Roberto Fabelo, la explica diciendo que el gallo representa la hombría, que, pese a su poder, está sometida a la mujer, que lleva como atributo el cubierto referido. Desde su reciente instalación, observo que se convierte en punto de obligada fotografía. Puede ser un motivo para la vuelta…

El hecho de encontrarnos en este lugar tan emblemático obliga al recordatorio de qué más se puede ver en la plaza. Anote: la Cámara Oscura, un dispositivo óptico que permite disfrutar de hermosas imágenes de la ciudad, el Planetario (intente localizar en la fachada el nombre del citado científico leonés), la Fototeca de Cuba, el Museo de Naipes… Y, por supuesto, bares, cafés, cervecerías… para refrescar, picar o comer. Le recuerdo el Café Bohemia, lugar de especiales resonancias periodísticas y literarias, o la Factoría de maltas y cervezas, de gusto muy azucarado para los cubanos las primeras, aunque, dicen, refrescante. La cerveza, de fabricación a la vista. “Aquí –aseguran- se bebe la mejor cerveza del mundo”. Como son tantos los lugares que se apropian de tal afirmación, dejémoslo en buena cerveza, como las nacionales embotelladas con los nombres de ‘Cristal’ y ‘Bucanero’, especialmente la segunda para quien esto cuenta. Y si no quiere comer por aquí, es ya recomendación muy extendida hacerlo en el paladar de Doña Eutimia, en un callejón de la Plaza de la Catedral, muy cercana: tienen fama los frijoles negros dormidos, posiblemente la comida que mejor representa la interesante cocina cubana, con sabores y materiales incorporados desde otros ámbitos y culturas, como la propia realidad del país, una verdadera riqueza. Hay quien dice que no comer los frijoles de doña Eutimia es un verdadero pecado. Ya sabe…

No puede olvidar que estamos en el casco histórico, uno de los conjuntos coloniales mejor conservados de América, aunque no poco se haya ido cayendo por inacción. Desde hace dos décadas se intensifica la restauración, que intenta devolver el conjunto básicamente a su aspecto original gracias a la suerte histórica de la presencia activa de Eusebio Leal. Declarada Patrimonio de la Humanidad (1982), La Habana Vieja se nuclea, en síntesis, en torno a cuatro plazas, muy cercanas todas y un poco al amparo, como parece lógico, de la renombrada bahía: esta plaza en que nos encontramos, la de la Catedral, la de Armas y la de San Francisco. Cuatro. Dicho así, subyace la constatación de que la arquitectura es una de las grandes razones para admirar en este y otros recorridos. Si le parece bien, recomiendo el sabor y la belleza de la lectura de La ciudad de las columnas, de Alejo Carpentier.

En la Plaza Vieja, la única que no está asociada a un templo religioso, la primera mirada concluye que nos encontramos ante un conjunto de eclecticismo puro desde el punto de vista arquitectónico. La restauración equilibrada, exquisita, ha hecho de este entorno, y de toda la Habana Vieja, uno de los lugares más visitados, activos y bulliciosos, que permite disfrutar la ciudad de un modo nuevo y ser testigos de la presencia de emprendedores que la están abriendo a otra realidad. Aun así, parece, sin embargo, que el tiempo se haya detenido y que sea centro de reunión ciudadana, como lo fuera en sus orígenes.

Diseñada en 1559, e iniciada en la segunda mitad del XVII, tuvo diversas funciones a lo largo del tiempo, que le asignó igualmente varios nombres. Plaza Nueva en sus orígenes, se transformó en Plaza Vieja al construirse la Plaza del Cristo, por la que ha pasado hoy. Durante la época colonial fue centro de un barrio residencial de acomodadas familias criollas. Nada de extraño tiene, por tanto, que tanto en la plaza como en las calles adyacentes pueda el viajero disfrutar de edificios singulares y galerías típicas. De usted depende, amigo.

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