Diario de León

Donde nacieron los Juegos

Este año Río de Janeiro continúa la tradición, restablecida en 1896 por Pierre de Coubertin, de celebrar cada cuatro años –ha habido algunas excepciones- los Juegos Olímpicos, una fiesta del deporte universal, a veces sometida a injerencias políticas que poco ayudan a su desarrollo competitivo, festivo y de superación, ejes que vertebran este gran encuentro mundial. Viajeros, curiosos y deportistas acentúan en ocasiones como esta el interés por conocer el lugar donde nacieron. Olimpia es el destino.

ALFONSO GARcÍA

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ALFONSO GARCÍA
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Si tuada la ciudad en el Peloponeso, la península del sur de Grecia unida al continente, hoy separada por el canal de Corinto, cuenta la mitología que debe su nombre al héroe Pélope, quien supuestamente conquistó la región. Dos importantes ciudades actuales asientan sus reales en esta geografía, Patrás y Kalamata, cada una en un extremo. Y otras dos que fueron célebres en la antigüedad, Esparta y Olimpia. Esta última es hoy una pequeña localidad que apenas supera los mil habitantes, muy cerca ya de las costas del mar Jónico, cuyo eje principal es una calle peatonal llena de comercios, bares y restaurantes. En uno de sus extremos, frente al Ayuntamiento, algunas alusiones monumentales se centran en los motivos que han llevado a la ciudad a ocupar un lugar destacado en la historia. Su explicación está muy cerca. A menos de quinientos metros, los puntos arqueológicos que explican la grandiosidad del enclave. La magia del tiempo flota en el ambiente.

El recinto olímpico es sencillamente impresionante, de gran extensión, muy bien pensado y ordenado, incluso en los elementos que se fueron añadiendo progresivamente. Declarado Patrimonio de la Humanidad en 1989, está situado en una gran explanada, muy cuidada, rodeada de pinos, al pie del monte Cronio. Si ve previamente la maqueta, el viajero tomará fácilmente conciencia, a pesar de las ruinas, de la proyección que hubo de tener en la época: hay que darse cuenta de que los primeros Juegos Olímpicos de la historia se celebraron aquí por primera vez en el año 776 a. C. Hace casi tres mil años. Aunque inicialmente la competición se reducía a carreras locales de velocidad, progresivamente se fueron ampliando el ámbito de participación y las modalidades deportivas: hípica, lucha, carreras de carros, pentatlón, lanzamientos de disco y jabalina… Se estableció que los atletas debían competir desnudos, circunstancia que impidió la entrada de mujeres, aunque durante algún tiempo los juegos femeninos fueron un hecho. La desnudez, de cualquier forma, sirvió a los escultores como estudio del juego de los músculos, fácilmente observable en las esculturas que hoy puede contemplar.

Olimpia fue considerada por Alejandro Magno la capital espiritual de Grecia, porque los juegos eran el símbolo de su unidad. Pero, como tantos símbolos y realidades, llegaron a su fin. Los últimos se celebraron el año 324. A finales de esta centuria el emperador romano Teodosio los prohibió. Esta y otras vicisitudes añadidas condujeron a la decadencia de la ciudad, arrasada por los bárbaros, abandonada y enterrada por los aluviones del río Alfeo y del monte Cronio. Las ruinas de Olimpia se extienden por un valle en que confluyen este río y el Cladeos. Las excavaciones, permanentes, se iniciaron en 1829.

Estas consideraciones iniciales son necesarias para que el viajero ambiente el recorrido que va a iniciar, acompañado seguramente de una intensa emoción, mayor, si cabe, imaginando los momentos de esplendor vividos en el recinto. Como el paseo es muy agradable y la riqueza exige constante atención, el consejo de permanecer al menos un día en Olimpia no es para nada gratuito.

El centro del complejo olímpico lo ocupa el templo de Zeus (siglo V a. C.), considerado el segundo templo griego después del Partenón. La famosa escultura del dios fue obra de Fidias, que trabajaba aquí con más tranquilidad y cuyos restos del taller aún se pueden ver, a pesar de que sobre sus cimientos se levantara después una basílica cristiana. Verá la Palestra y sus ordenadas hileras de columnas, donde los atletas podían entrenar y relajarse, el Leonideion, un alojamiento para visitantes distinguidos. Detrás está el Bouleuterion, donde se reunía lo que hoy llamaríamos el Comité Olímpico –el Consejo de Elis- y donde los atletas juraban respetar las reglas. Precisamente cuando encaminaban sus pasos hacia el estadio una sucesión de estatuas, pagadas con las multas impuestas, recordaba a los atletas tramposos, lo que suponía, además de la personal, una deshonra para la familia y para la ciudad de la que procedían. Justo es decir que, por supuesto, los ganadores eran reconocidos de igual manera y sus imágenes se exponían en el templo de Hera, la legítima esposa y una de las tres hermanas de Zeus, la Reina de los dioses. Los honores inmediatos de los atletas vencedores tenían lugar en un banquete que se les ofrecía en el Pritaneo el día de la clausura de los juegos en el que ceñían sobre la frente una corona de olivo.

Se adivinan detrás de las ruinas otros muchos espacios que conformaron la espléndida realidad de esta ciudad deportiva, a pesar de que algunos hayan desaparecido, caso del hipódromo: baños, gimnasios, residencias, el Pórtico de la Voz, de especial resonancia, hasta repetirla siete veces, en el espacio en que se celebraban paralelamente concursos artísticos, poéticos, de pregoneros… A uno, qué le vamos a hacer, le emociona especialmente el pedestal que, al lado del templo de Hera, mantenía la llama olímpica y de donde aún hoy, aunque con modernos artilugios en el encendido, parte hacia la ciudad elegida para la celebración. Todo un símbolo y un reconocimiento. Muy cerca, sube la intensidad al atravesar el arco de entrada (krypté), del siglo III a. C., un túnel originariamente abovedado, de 32 m de largo, que desemboca en el escenario olímpico por antonomasia, el estadio: una explanada rectangular de arena, de 193 m de longitud, rodeada de taludes que servían de gradas, con una capacidad para unos 25 000 espectadores. La última competición deportiva que acogió este escenario fueron las pruebas de lanzamiento correspondiente a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Quizá el fervor del momento le lleve a emular a los antiguos atletas. Eso sí, mida cada cual sus fuerzas, no sea el diablo que…

Siempre me parece interesante cierta información previa al viaje sobre la ciudad o el país que vamos a visitar. En el caso de Grecia en general, de Olimpia en concreto, si el viajero ha repasado nociones sobre la cultura y la mitología griegas, encontrará más provechosa la visita, que, en este caso, tiene como complemento necesario –no se lo puede perder- el museo. Una de las mejores colecciones del país, en realidad es una excelente referencia de la reconstrucción del recinto y de la historia de los juegos. Buena parte de cuanto formaba parte de los elementos comentados en estas líneas se encuentran aquí, o aquí encuentran explicación. Por citar un ejemplo, los elementos decorativos del templo de Zeus. Además de referencias deportivas en esculturas, cerámicas, frontis, relieves…, hay alusiones estrictamente vinculadas a diversas modalidades: discos, tacos de salida, piedras para el levantamiento… Una de las grandes riquezas para quien esto escribe en La Victoria (Niké) de Peonio, una de las estatuas más hermosas de la antigüedad. De mármol, ocupó originalmente una esquina del templo de Zeus.

Hay hechos actuales que provocan viajes al pasado, aunque esté vivo el presente. Como los Juegos Olímpicos. Un auténtico descubrimiento. Viajar es siempre descubrir y gozar lo descubierto.

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