Delfos
Los griegos son maestros del relato mítico. «Lo cuenta el mito», suele ser frase frecuente para no pocas explicaciones. Pues bien, cuenta el mito que Zeus soltó dos águilas, una en cada uno de los extremos del universo. Allí donde cruzasen su vuelo estaría el centro del mundo. El Ombligo del Mundo. Y se cruzaron en Delfos, que es hoy nuestro destino. Un destino por excelencia, ya que se trata del lugar histórico más importante de Grecia después de Atenas y uno de los de mayor atracción mundial.

ALFONSO GARCÍA
N uestro último itinerario por Grecia había finalizado en Olimpia, la población que dio nombre a los famosos juegos. De aquí salimos ahora camino de Patrás, la mayor ciudad del Peloponeso y la tercera en importancia del país. Aunque lugar interesante, especialmente su parte alta, todo depende del plan que se trace. Un espectacular puente de tirantes, uno de los más grandes del mundo, de unos dos kilómetros y medio, conocido como Rion-Antirion, nos permite entrar en el continente, exactamente en la Grecia central, una tierra variada y hermosa, idílica en no pocos casos, siempre llena de sorpresas. Unos doscientos kilómetros nos separan de Atenas. Atravesado el puente, a la derecha podemos descubrir la belleza del Golfo de Corinto. Mar, islotes, vegetación –inolvidables las motas verticales de cipreses-, sombras proyectadas sobre el azul intenso de la superficie marina, pueblecitos de encanto… Y pronto, Lepanto, ese nombre italiano que tiene su correspondiente griego: Návpaktos. En cualquier caso, referencia a la histórica batalla que tuvo lugar en octubre de 1571 prácticamente en la boca del golfo, frente a Ítaca, la patria de Ulises, y que constituyó «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Lo escribió uno de los soldados que participaron, Miguel de Cervantes, ‘el manco de Lepanto’. Nada tiene de extraño que, como afirma Joaquín González Cuenca, «don Quijote será, simple y llanamente, un manchego transfigurado en héroe homérico». Según escribió un testigo presencial, «la batalla fue en este punto tan sangrienta y horrible, que se hubiera dicho que el mar y el fuego no eran sino uno». Cervantes, herido de gravedad, difícilmente pudo celebrar la victoria. En Sicilia, la tierra donde danza la muerte y el diablo, dará en sanar poco a poco.
Seguramente que con imágenes sugeridas del acontecimiento flotando en su mente, pronto enfilará el camino hacia Delfos, que se divisa, al fondo, colgado de las rocas del monte Parnaso, donde habitaron Apolo y las Musas, la patria simbólica de los poetas. No pierda de vista el paisaje de esta zona de fríos y de nieves, de animales propios de alturas y rigores. Verá igualmente el canal de agua que la lleva a otra ciudad histórica, Maratón. No es mal sitio para dormir el nuevo pueblo de Delfos o el cercano Arachova. En ambos, roca y mar, como manifestaba el oráculo. Sobre todo el segundo, sigue siendo un ejemplo de la vida tradicional, tranquila. Caminarlo por sus escaleras y calles empinadas es un descubrimiento. Sentarse en una taberna, de vino y picoteo, nunca está de más, teniendo en cuenta la fama de quesos y vinos —y alfombras, para completar el trío— que se consumen por estas latitudes. No olvide que es conveniente estar pronto para iniciar la visita fundamental que nos ha traído hasta aquí. El día puede quedar justo, aunque suficiente para formarse una idea, que de eso se trata.
Patrimonio de la Humanidad, Delfos es —¿recuerda?— el ombligo del mundo, el centro religioso y espiritual de la antigua Grecia. Encontrará durante la visita al recinto arqueológico un singular bloque de piedra —el omphalos— que señala ese punto neurálgico, justo donde las sacerdotisas se sentaban para recibir el famoso oráculo. Dicen que el nombre de Delfos viene de Delfine, el dragón mitológico que custodiaba el oráculo antes de la llegada de Apolo. Lo cierto es que fue lugar de peregrinación religiosa en la antigüedad. La fama del santuario superó las fronteras griegas y gozó de verdadero esplendor desde la época arcaica hasta la conquista romana. Hoy las razones de la peregrinación son turísticas. Asentado sobre la ladera sur del monte Parnaso, abierto a un magnífico valle de olivos y cerrado por las montañas y el mar, es un lugar inolvidable, tanto por el yacimiento como por el paisaje. El entorno se me antoja espectacular.
Vaya con calzado cómodo. El Camino Sagrado serpentea por la ladera de la montaña, siguiendo la ruta hecha por miles y miles de peregrinos que venían buscando el consejo de la Pitonisa o Pitia, una mujer que había heredado los poderes adivinatorios de Apolo. Tras la consulta a los dioses en el templo, el séptimo día de cada mes la Pitonisa, sabia y anciana sacerdotisa, entraba en trance y pronunciaba sus enigmáticas profecías, respuestas (el verdadero oráculo), a los sacerdotes, quienes, a su vez, las transmitían a los interesados como acertijos cifrados, en verso, que, aunque podían ser interpretados de muchas maneras, estuvieron llenas de gran número de aciertos, según la tradición. De ahí que ninguna decisión política se tomase sin consultar a la Pitonisa y que Delfos fuera la sede del oráculo más importante de la antigua Grecia.
Advierta que antes de la entrada al recinto, la fuente Castalia era donde los antiguos peregrinos debían purificarse, antes de consultar, previo pago, el oráculo, y ofrecían un sacrificio, normalmente de animales. Los aledaños del recinto estaban llenos de tiendas. Hay cosas que no cambian con el tiempo. Ya dentro, por apuntar solo algunas referencias, en el trayecto del Camino Sagrado, el Tesoro de los Atenienses, que se construyó en agradecimiento por la batalla de Maratón, la roca de la Sibila, y, como foco aglutinador, el templo de Apolo. A pocos metros, el teatro, un ejemplo de buena conservación dentro del contexto. Le animo a proseguir, en una caminata empinada, hasta el estadio, buen ejemplo de recinto deportivo de la antigüedad griega y posiblemente el mejor conservado. Tenga en cuenta que los Juegos Píticos, un equivalente a los Olímpicos, se celebraban aquí también cada cuatro años. Dedicados a Apolo y por él fundados después de dar muerte a la serpiente Pitón, apoderarse de su sabiduría y guardar sus cenizas en un sarcófago.
El regreso es, lógicamente, más fácil. Y alentador. Puede abarcar en una mirada el conjunto y el paisaje, con la selección de gustos e intereses personales. Siéntase un privilegiado por el espectáculo que contempla. Es fácil que se pregunte por las columnas que se levantan al fondo, a casi un kilómetro del conjunto. Se trata de los restos de un tholos, santuario en forma circular en honor a la diosa Atenea, sin duda el lugar más fotografiado de Delfos.
Pronto entrará en el museo, una no muy amplia pero sí maravillosa colección que nos habla de la importancia que tuvo el enclave. Con un desarrollo didáctico y explicativo muy coherente, hoy es considerado uno de los tres grandes museos de Grecia, junto a los de Olimpia y Atenas. No hay en él más espacio para el asombro. Supone, además, el encuentro vivo y emotivo con nombres y manifestaciones de los que siempre hemos oído hablar. Aunque los museos son de los espacios más personales, que por esa razón nunca se agotan, permítame el atrevimiento de referirme a las cariátides, a los gemelos de Argos, una de las mejores muestras de la escultura arcaica, a las tres danzarinas, a la esfinge de Naxos, regalo de los habitantes de esta isla al santuario, convertida en vigilante del templo, de nobles y sencillas líneas… Sobre todo, el Auriga. A no pocos viajeros, dicen, les merece la pena el viaje por el simple hecho de la contemplación de esta impresionante escultura, posiblemente el bronce más perfecto que nos ha legado la antigüedad. A tamaño natural, lleva sobre la cabeza la cinta de la victoria, pues fue encargada para conmemorar el triunfo de una competición de carrera de carros en una edición de los Juegos Píticos (tenga en cuenta que Pytos y Delfos son sinónimos).
Repase motivos, contemple y goce. Pronto, posiblemente, haya trazado sobre el mapa un nuevo destino Que lo disfrute igualmente. Lo que nunca ha de olvidar es que un viaje a Grecia tiene otras claves, ni mejores ni peores, distintas de la mayoría para el entendimiento y el gozo. Viajar es seleccionar, con sus ventajas e inconvenientes. Depende. Como casi todo.