El amor que vino del sur
¿Qué hace una gaditana en Valtuille de Abajo? La pregunta, como para abrir la narración de un chiste, tiene respues- ta muy seria: vino. La inquietud enológica y un amor confeso por la Mencía trajeron a El Bierzo a Verónica Ortega..

C uando ya antes de 2010 visitó el Bierzo seducida por la pasional descripción de Raúl Pérez Pereira y Ricardo Pérez Palacios —había enriquecido su experiencia en el Priorato, al lado de Álvaro Palacios, y ya entonces trabajaba en el Ródano como enóloga tras aprender viticultura en Borgoña—, probablemente nunca pensó que esa tierra bendecida por la naturaleza iba a ser su destino. En 2012 hizo las maletas y se instaló en Valtuille de Abajo. Para entonces ya había realizado dos elaboraciones experimentales en ese laboratorio de iniciativas enológicas que es la bodega del ya por dos veces elegido mejor enólogo del mundo. «Buscaba dónde instalarme», explica Ortega Camacho, química primero y rendida a la enólogía después, pero cuya familia no tenía relación alguna con el vino. «Imaginé lo que se podría hacer aquí por las muchas connotaciones interesantes que tiene el Bierzo: viñedo viejo, una variedad exclusiva y de un gran potencial, diversidad de suelos y orientaciones, un tipo de vino más atlántico y de trama más fina y una cultura vitivinícola muy antigua, muy arraigada en la gente y muy popular. Todo el mundo hace vino, buenos vinos, y esa cultura vinícola familiar me llamó muchísimo la atención. Y además el potencial enológico de la zona es extraordinario», relata expresiva y apasionada la andaluza que en muy poco tiempo se ha convertido en una de las sensaciones de la nueva enología berciana.
«Exclusividad» es su definición más precisa y la primera de las muchas vitudes de la Mencía berciana. «Es una variedad que cierra el círculo de la autenticidad. Es laboriosa pero, bien trabajada, permite hacer cosas muy buenas si se gestiona con criterio y mucha dedicación esa línea muy fina del equilibrio: baja acidez, de escasa carga tánica, contenida en grado alcohólico y muy, muy elegante», defiende Ortega Camacho, que además la cataloga como «generosa para el elaborador y fácilmente entendible para el consumidor» desde un vino «inmediato, muy accesible, extraordinariamente sencillo y enormemente placentero».
Si el mencía es el amor que trajo desde el sur a esta gaditana universal que también había experimentado en Nueva Zelanda y Sudáfrica, el godello es ahora su tentación desde la convicción, lo mismo que en el caso del tinto, del efecto benéfico que el barro ejerce en los procesos de vinificación en ánforas de 800 litros de capacidad. «Es un material poroso que, lo mismo que la madera, posibilita el intercambio de oxígeno y pule el vino sin los efectos negativos que aporta el roble». El resultado del coupage de ambas crianzas es «un ensamblaje interesante de un vino de mayor pureza, sin rusticidad, sin carga de madera y sin maquillajes».