Mencía y VIDA, verso a verso
Nostalgia, emoción, pasión y mucha ilusión sustentan el nuevo proyecto vitivinícola que acaba de dar a luz a su primer gran vino: ‘Versos de Valtuille’ es mencía... y poesía .

Helios Estévez muestra orgulloso unos racimos de Mencía en la mesa de selección de la bodega de Valtuille de Abajo. DL
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Es una historia de ida y vuelta, una inversión sentimental. Es volver a la tierra natal y cuidar una herencia centenaria, intelectual y familiar. Centenaria como los primeros viñedos que el bisabuelo Ramón compró poco a poco con el dinero que ganaba en Brasil; intelectual como los artículos libertarios que escribió el abuelo Antonio antes de su exilio mexicano provocado por la Guerra Civil; familiar como la emoción que el padre, Helios, siente en México cuando escribe poesía inspirada en Valtuille de Abajo o cuando ve su pueblo y, en el horizonte, la luna posándose sobre los castaños». El evocador relato que sirve de presentación del nuevo proyecto vitivinícola berciano no sólo nos sitúa ante el origen y sus razones, sino que es sobre todo una recopilación de sentimientos, una proclama de voluntades y una manera emotiva de ver, sentir y amar el viño y la tierra de la que brota. Helios Estévez Pérez, emigrante en permanente retorno, es el alma de Estévez Bodegas y Viñedos, y sus cuatro hijos —Helio, Carlos, Nandy y Laura—, depositarios de un legado valiosísimo que trasciende lo material y que sobre todo es amor por un pueblo que acaba de reconocer al progenitor como su hijo prodilecto.
Estévez, que no puede contener la emoción en el recuerdo de su padre, un anarquista exiliado en México por razones políticas y fallecido en 1960, destila en versos ese amor por la tierra que un día fue hostil con a quien tanto le debe, por sus paisanos, sus viñas y sus vinos. «No se sabe si Valtuille es un poema hecho vino o vino hecho poema», reflexiona al recordar que «me harté de plantar cepas antes de irme» y el feliz éxito al injertar sobre un mismo pie siete púas de distintas variedades de uva. «Siempre vivimos del vino, era nuestro sostén y era muy rentable: un cántaro valía veinte duros y pagabas a un obrero con cinco. Hoy necesitarías tres cántaros», relata. «Sin embargo, al Bierzo le faltó cultura vinícola, le faltaron visionarios y emprendedores, porque la calidad de la uva es superior a la de caulquier otra zona. Faltó gente que, como Antonio Guerra, pusiese en valor ese patrimonio», explica. Y alivia ese lamento con la certeza de que los que él menciona como «los titanes del vino» —una generación prodigiosa de enólogos y bodegueros— hayan convertido a Valtuille de Abajo en «el icono vitivinícola del Bierzo», donde ahora fructifica ya este proyecto de inspiración familiar y nacido de la ilusión y la pasión por la viña y el vino.