La iglesia que dibujó el mar
Oviñana es un disperso caserío agrícola asturiano muy bien situado en lo alto de la rasa litoral —la montaña a sus espaldas— que, por su naturaleza, alberga también viviendas residenciales que comparten espacio con ejemplares de hórreos y construcciones típicas. El centro neurálgico de la localidad se teje en torno a la iglesia, bajo advocación de san Roque

Al lado del faro varios senderos se asoman a tajos de vértigo. Muy cerca de este, la entrada a la iglesiona. Desde este observatorio natural la mirada se pierde, a izquierda y derecha, por el largo perfil de la costa. Abajo, Cuevas naturales convertidas e
S itúese en el mapa para aprovechar el día de mar y playa. Es un decir. Vamos buscando el pueblo asturiano de Oviñana. A 68 km de Oviedo y 36 de Avilés, la A-8 es buena referencia si conduce. Dirección a Galicia. Contemplado el mapa mirando al Cantábrico, entre el Cabo Negro, a la derecha, y Cabo Bustio a la izquierda, como referencias de igual categoría, el centro lo ocupa Cabo Vidio, nuestro destino y uno de los paisajes más hermosos y espectaculares de Asturias.
Oviñana es un disperso caserío agrícola, muy bien situado en lo alto de la rasa litoral —la montaña a sus espaldas— que, por su naturaleza, alberga también viviendas residenciales que comparten espacio con ejemplares de hórreos y construcciones típicas que aquí llaman mariñanas , propias de la antigua vida campesina. El centro neurálgico de la localidad se teje en torno a la iglesia, bajo advocación de san Roque, patrono festivo de agosto, donde, si es el caso, puede comer e informarse. Este viajero quedó encantado con uno de esos pulpos que, para ponderar, decimos de ‘aquí te espero’, y de la amabilidad de los informantes, hecha conversación intensa y amena.
Hay donde pasear y andar, con rutas señaladas de senderismo y bicicleta, entre otras muchas posibilidades. Algunas anotaciones de lo último, imprescindibles. Vamos allá.
Cabo Vidio, con su faro, cercanos, es un mirador y observatorio magnífico del mar y los acantilados que el mar ha ido trazando a lo largo del tiempo. Sobre una estrecha franja limitada por esos acantilados que fácilmente superan los 80 m sobre el nivel del mar, fracturados en pequeños islotes diseminados. En días luminosos la mirada se puede perder hasta límites cercanos al infinito. Exageración para entendernos, aunque no tanto; advertencia más bien de que no ha de olvidar los prismáticos. Es condición indispensable del viajero, especialmente si la naturaleza toma cartas en el asunto. Entre los simples —ya es bastante— contempladores de estas bellezas naturales, los paisajes son buen motivo para los amantes de la fotografía.
Prácticamente sobre el tajo central, el faro, un complejo al que hay que añadir dos viviendas. El último construido hasta ahora en Asturias —se inauguró en 1950—, es de gran importancia para la navegación y se levantó a fin de evitar los peligrosos bajíos existentes frente a él. Alrededor numerosos senderos se asoman a tajos de vértigo en este Paraje Natural protegido, en cuyos acantilados anidan diversas especies de gaviotas y cormoranes y cuyas puestas de sol sobrecogen por su belleza en esta naturaleza virgen convertida en un verdadero paraíso natural. Es probable que en estos recorridos pueda ver algunas estructuras con polea: hablan de un trabajo que se mantuvo en pie hasta los pasados años setenta que consistió en extraer piedra de las playas —‘sacar bola’ en el lenguaje lugareño— destinada a la fabricación de gres y terrazo.
Por este y otros caminos se accede a la docena de playas que rodean el cabo y sus cercanías: de canto rodado —Vallina, Cueva, Peñadoria, Puerto Chico…— o de arena, como la de San Pedro de Bocamar, habitualmente con un alto nivel de ocupación y buenos servicios. No cito, claro, aquellas que, a pesar de su interés, resultan de difícil o muy difícil acceso.
Decía que el faro se asienta en el extremo de un breve brazo de tierra. Debajo de él, las aguas bravas del Cantábrico han ido construyendo durante miles de años una de las joyas naturales de Asturias, este lugar mágico y poco conocido que algunos denominan ‘la capilla sixtina de Oviñana’ y todos conocen como ‘la iglesiona’. Esta similitud religiosa tiene otras manifestaciones en la misma costa cantábrica: baste recordar la Playa de las Catedrales en la localidad lucense de Santiago de Reinante. La entrada —en realidad hay dos— se hace por una pequeña brecha que da a la impactante nave central, una bóveda de más de cuarenta metros de altura en forma de embudo invertido. Es mejor no decir nada y dejar su reacción a la propia experiencia. Si está decidido a tenerla, vaya con ropa y calzado adecuados. Evidentemente solo se puede entrar en bajamar. Como esta y otras circunstancias, caso de los accesos, no fáciles, exigen algunos conocimientos, lo más sensato es hacer el recorrido acompañado por alguien que conozca modos y maneras de hacerlo. Lo encontrará en el pueblo (teléfono de información y reservas: 985596092).
No hace falta subrayar a estas alturas la vocación marinera de Oviñana, cuya historia está escrita durante siglos, famosa, además, por sus mariscos. Percebes y centollos se llevan la palma. El crustáceo tiene su propia fiesta. Bueno, mejor sus amigos, el segundo fin de semana de junio, con las Jornadas Gastronómicas del Centollo. De largo viene la historia. De ahí que anotemos ahora una nueva alternativa. El viajero descubrirá las suyas, por supuesto. Pero, claro, el día da de sí lo que da.
A unos escasos tres kilómetros del centro al que antes nos referimos, y señalizado convenientemente, el puerto La Portiella, al que se accede bajando por una estrecha y empinada carretera arbolada, con inconfundible olor a eucalipto. En el tramo final de acceso a la antigua zona portuaria, hoy prácticamente en desuso, un lugar resguardado y en buena medida insólito, sobre el que hay que advertir la posibilidad de algún desprendimiento. El espectáculo merece la pena.
Enfrente, varias cuevas naturales horadadas por el mar, llamadas furnas , se convirtieron en cetáreas —nada más natural que el agua batida por las mareas— en los años cuarenta del siglo pasado. Las dos décadas siguientes fueron la época de esplendor de la pesca, tiempo en que se construyó el túnel que acaba de atravesar, para facilitar transportes y trabajos difíciles e innecesarios. Dicen, me dicen que en esas cuevas que contemplan el mar habitan percebes y pulpos. De los grandes, insisten, para ahondar en la curiosidad. No seré yo quien intente comprobarlo.
El puertín sirve en contadas ocasiones de varadero, especialmente en verano y para algunas embarcaciones deportivas. Los profesionales farriegos —anoten el gentilicio— de la pesca de bajura amarran sus lanchas en el cercano Cudillero, capital del municipio, recordando seguramente los tiempos en que la langosta se convirtió en la base fundamental de la cofradía en sus propias aguas. Podrá comprobar cómo, adaptada a los tiempos, la tradición marisquera de las cetáreas pervive.
Mil razones en este camino entre la tierra y el mar. Añada usted una al menos para hacer número capicúa. Después ya hablaremos.