Diario de León

Maravillas de la cultura maya

México es belleza y amabilidad por encima de todo. La variedad de las regiones del país conduce a la variedad de paisajes, de intereses, de gastronomía y me atrevería a decir que de carácter

ALFONSO GARCÍA

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ALFONSO GARCÍA
León

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México es un país extenso, con una población que supera con creces los cien millones, y una imagen que fácilmente se identifica con música y alegría. Algunos de los tópicos que dan el perfil histórico de un pueblo caen, sin embargo, con cierta facilidad. México es belleza y amabilidad por encima de todo, tal como lo vio este viajero. Pero ya se sabe, cada uno vive su propio viaje, que aquí, dadas las características aludidas, ha de localizarse con precisión si no se quiere convertir en una simple caza de imágenes. La variedad de las regiones del país conduce a la variedad de paisajes, de intereses, de gastronomía, y me atrevería a decir que de carácter. Por eso, aun dentro de la diversidad, prefirió acotar el acercamiento a una franja, en la península de Yucatán, Estado de Quinta Roo, vertebrada por una carretera que discurre paralela al Caribe desde Cancún -paraíso de muchos turistas españoles- hasta el estado anglosajón de Belice, el más pequeño de los centroamericanos. Establecerse hacia la mitad de este trayecto no es mal consejo. Desde aquí podrá moverse por esa inmensa planicie selvática que acogió durante trece siglos la enigmática civilización maya, cuyos rasgos, tanto físicos como culturales, pueden aún hoy observarse en los habitantes de la zona. La elección, claro, ha de ser siempre personal. El viajero ofrece tres propuestas, indispensables unas, distintas otras. El tiempo bien aprovechado, pensando que hay actividades que pueden practicarse en cualquier parte, da mucho de sí para ampliar o intensificar.

Todo viaje ha de ser preparado mínimamente para tener una referencia básica sobre los aspectos que nos interesan y otros que podemos aprovechar. Guía y mapa. Sobre este veremos cómo entre Cancún y Mérida -la ciudad blanca, paraíso de ciudad colonial-, y aunque todos los caminos converjan, se encuentra Chichén Itzá, que, junto con Uxmal, son las ciudades mayas más impresionantes de los más de trescientos asentamientos arqueológicos de esta civilización que están clasificados en el Yucatán. Las ruinas de Chichén Itzá son referencia obligada. Al margen de lo que sepa o le cuenten sobre los mayas, el viajero quedará impresionado por la solidez y la fortaleza de la pirámide de Kukulcán -conocida habitualmente como el castillo , una especie de estructura de matrioska rusa, tres pirámides que encajan una dentro de otra-, las columnas del templo de los guerreros, la grandiosidad del espacio donde se practicaba el mítico juego de la pelota -el templo de los jaguares es especialmente llamativo- o la forma tan característica del observatorio astronómico. Es necesario subrayar lo elevado de su cultura respecto a los elementos de la vida mental, especialmente en lo que atañe al cómputo del tiempo y a la astronomía, conocimientos fundamentales para el desarrollo de su agricultura (¡cuánta importancia tiene Chak, el dios de la lluvia!).

Algo de lo que rápidamente se dará cuenta es de que en Yucatán no hay ríos. Hay aguas subterráneas, entre ellas los cenotes -del maya zanot -, «depósitos de agua dulce que se encuentran a gran profundidad o en el centro de una caverna». Muy abundantes en la región, es fácil deducir que las ciudades mayas crecieron en torno a alguno de ellos. Quien visite Chichén Itzá conocerá dos -el Xtoloc y el de los Sacrificios-, lleno este de la hermosura de las leyendas tan vivas de la región. Dicen, entre otras cosas, que para conseguir el favor de los dioses y la lluvia del cielo, a sus aguas se arrojaban muchas jóvenes llenas de joyas. Impresionado el viajero por todo lo visto, oído y sentido, las grutas de Balancanchén, a solo seis kilómetros de aquí, añadirán más viveza a lo descrito, pues no en vano en ellas celebraban los mayas sus ceremonias secretas.

En el viaje de vuelta a su punto de origen, pasará por Valladolid, lugar donde anteriormente existió la ciudad maya de Zací -así se llama uno de sus hermosos cenotes próximos, Zací y Dzitnup-. La atmósfera colonial prevalece en sus callejuelas, edificios, iglesias y casonas, y sigue siendo, además, el principal centro comercial de un buen núcleo maya. No puede perderse la estampa de las mujeres que en la Plaza Mayor venden sus trabajos de punto de cruz e hilos deshilachados en vestidos, blusas, pañuelos...

Advierto que esta ruta será escasa con dos días. Pero ya sabemos que el tiempo apremia.

Cobá supone la visita a otro centro de notables referencias mayas. Desde la cima de su pirámide la vista es inolvidable. Hasta donde alcanza la mirada se extiende la jungla, con algunos lagos al fondo u otras pirámides que emergen de la fronda, como si cultura y naturaleza hubiesen andado por aquí siempre de la mano. Hablando de esa jungla virgen, viva, está en buen punto para adentrarse en ella, eso sí, siempre acompañado de un nativo o en grupos organizados. El día se le acabó al viajero haciendo precisamente eso, en Pachén, descendiendo haciendo rappel para bañarse en un cenote, en una experiencia única, caminando entre su vegetación generosa y nueva, atravesando lagos en tirolina o comiendo la comida más genuina con los nativos. Merece todo ello la pena.

Otro de los puntos de este triángulo, yendo ya hacia la costa, es Tulum, uno de los centros arqueológicos mayas -el único amurallado- más visitados. Situado al borde de un acantilado, uno no sabe qué admirar más, si los restos o el esplendor del mar Caribe que, a los pies, ofrece un azul turquesa y unas playas difíciles de olvidar.

Subiendo en dirección a Cancún -estamos a 131 kilómetros al sur-, hay cientos de destinos interesantes: Xel-Há, a apenas 10 kilómetros de Tulum, Akumal, Xcaret -puede llegar hasta la isla de Cozumel, otro de los paraísos mundiales del submarinismo-, Playa del Carmen, Puerto Morelos... Nos quedamos en el primero, Xel-Há, «lugar donde nacen o se mezclan las aguas»: aquí se unen las aguas del Caribe con las de los ríos subterráneos característicos de la Península de Yucatán, fenómeno que propicia una formación natural única, donde miles de especies han encontrado un singular lugar para vivir. Cuentan que «hace miles de años los dioses crearon Xel-Há, el lugar más bello de la tierra maya. Complacidos con su obra, permitieron la entrada a los mortales y para resguardarla de posibles errores humanos, nombraron a la Iguana y al Pez Lora ‘Los Guardianes’ de la tierra y del agua de Xel-Há». También «cuenta la leyenda que por las tardes, se percibe el perfume de Ixchel, diosa maya de la fertilidad, quien, orgullosa por la labor de los guardianes, se resiste a abandonar el lugar más bello entre los bellos». No es de extrañar, porque Xel-Há es uno de los lugares más espectaculares de la Rivera Maya. La Naturaleza y la mano del hombre lo han hecho posible: puentes de madera, senderos, selva, rocas, cuevas, cenotes, playas... El recorrido por el río practicando esnórquel es una aventura divertida que permite, sobre todo, admirar una gran colección de peces de diferentes tamaños e infinidad de colores. El recorrido se cierra en la gran caleta, que, como otros mchos puntos, está rodeada de muelles y playas con lugares ideales para el descanso y el gozo.

A la derecha de la dirección con que nos situamos inicialmente y antes de llegar a Tulum, una desviación conduce al Rancho San Felipe. Olvídese de la tradicional idea de rancho. Una senda tortuosa -sólo se puede entrar en camión tipo ejército o a caballo, aunque hay excursiones organizadas, muy limitadas en cuanto a plazas- conduce, después de no pocos sobresaltos, a un poblado de no más de seis u ocho palapas (las casitas típicas, con paredes de caña y cubierta tejida con su ramaje), razón más que suficiente para tener al lado el sentir maya. Pero, además, para gozar, en este caso, de un baño en el cenote Nohock, con un espectáculo de luz natural que entra por su boca en un momento determinado, que se quedará grabado. O la incursión en un río subterráneo, practicando esnórquel, en una simbiosis de estalacticas, estalagmitas y agua que será difícil de olvidar. Comer en el poblado pollo a la brasa con salsa de pez rojo y tacos (tortas de maiz rellenas) para acabar, por la tarde, llegando en canoa hasta un arrecife y contemplar la rica, variada y colorista fauna marina.

Relatada sintéticamente esta experiencia, queda justificada su brevedad por el hecho de que, más que en ninguna otra ocasión, cada cual vivirá sus propios sentimientos, sin referentes especiales que los condicionen. Atrévase, sin ser temerario. El equilibrio es la medida de un viaje realmente especial.

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