Un muro junto al mar

Todas las ciudades tienen su símbolo, con frecuencia en plural, sus referencias inevitables. Gijón, la ciudad que atrapa por la viveza de su espíritu encarnado en la diversidad de sus propuestas, cuyas playas y paseos forman parte de las preferencias leonesas, no es ajena a esta identificación. Aunque puedan ser muchas las razones, uno se queda, acaso por esa querencia marina, tan alejada de lo cotidiano, con el puerto deportivo y el muro

ALFONSO GARCÍA

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ALFONSO GARCÍA
León

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E l puerto deportivo y el muro,posiblemente dos espacios que centran buena parte del mejor patrimonio de la ciudad que se ha convertido por derecho propio en la ‘Capital de la Costa Verde’. Vive frente al mar, siempre presente en su vida.

Hoy paseamos por El Muro. Con mayúsculas. El Muro sobre el Arenal de san Lorenzo. El Paseo Litoral de San Lorenzo. El Muro, a secas, por antonomasia. Mar y playa, inseparables, dibujan una de las fachadas marítimas más conocidas, populares y populosas de Asturias. Y de España. Si la primera –una de las diez playas, para todos los gustos- es la más frecuentada por gijoneses y visitantes, el segundo es el referente bullicioso para el paseo, a cualquier hora y tiempo del año. Si la primera tiene más de mil quinientos metros de arena fina y dorada, el segundo supera la playa propiamente dicha, abriéndose camino hacia otros espacios y realidades en un verdadero lujo para los sentidos. Inseparables, como fácilmente se deduce, en el centro de la ciudad, su singular fisonomía en forma de concha —media redondez rozando la perfección— se convierte en un gran anfiteatro, espectacular, que añade a la condición estrictamente física o geográfica la condición de un entorno humano y sentimental. No olvide, además, que una buena fórmula de encuentro es quedar en una de las escaleras, de efectividad cercana a lo infalible, a no ser, claro, que la memoria juegue un mal papel.

Creo que es a veces el bosque el que no deja ver los árboles. Dicho de forma más prosaica: con frecuencia el conjunto, si además es espectacular, impide detenerse en los detalles. Voy a anotar algunos en este paseo junto al mar, desde el inicio del muro hasta ‘El Rinconín’. Desde aquí, y hasta La Providencia, hay una continuación del paseo, con suaves ascensiones, rincones recoletos pero abiertos y hermosas vistas de la ciudad y su entorno. Familiar entre no pocos vecinos, el clásico gracejo asturiano ha bautizado este recorrido como ‘la senda del colesterol’. España está llena de rutas de este calibre, aunque, al parecer, el colesterol se resiste. Uno sospecha pero calla las razones. Dejamos el tramo para otra ocasión.

Iniciamos el recorrido junto al ábside de la iglesia de San Pedro, que figura como foto casi fij?a del conjunto. Esta y las cruces que bordean el muro inicial son espacios religiosos que, en el último caso, tienen significado marinero como petición de regreso de quienes se veían atrapados en las temibles galernas. A ellas hace referencia la novela costumbrista El calvario de piedra (1930), del gijonés Joaquín Alonso Bonet. Estoy cada día más convencido de que la palabra y la escultura dignifican los espacios, los humanizan. Gijón es escenario literario de primer orden, y la contemplación permite asegurar que también lo es para la recreación artística. El paseo lo confirma en buena medida si la mirada no se pierde solo en el mar. Lo descubrirá si se lo propone, porque tiene una larga, complicada y apasionante historia, iniciada, excepto un pequeño tramo, en junio de 1907. Por cierto, una placa, colocada en 2007, recuerda el motivo de sus primeros cien años. En manos de su curiosidad dejo la localización.

Apenas los primeros pasos y habrá observado la singular balaustrada. Y la entrada a las interesantísimas termas romanas de Campo Valdés, construidas a finales del siglo I d. C. y mantenidas como baños públicos hasta el s. IV. Si las visita, aconsejable, se dará cuenta del interesante pasado romano de la ciudad y su decidida puesta en valor. Lo recuerda también la estatua del primer emperador de Roma, Octavio Augusto. Habrá observado también, o estará a punto de hacerlo, que diversas cartelas, por tramos, nos van recordando la distancia recorrida. Pasada la Escalerona —el clásico grandonismo asturiano, del que habló Ignacio Gracia Noriega—, emblema donde los haya, justo frente a la escalera 5 y, por la acera la Manzana Miranda, que le llamará la atención, el suelo nos recuerda que el segundo muro de San Lorenzo, en palabras de Jovellanos, «lo edificamos para defender los problemas del mar y de las arenas que se iban tragando aquella parte». Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1841) es, sin duda, el hijo más ilustre de Gijón, y el novelista leonés Juan Pedro Aparicio, un buen conocedor de su figura. Aprovecho para recomendar la lectura de su novela Nuestros hijos volarán con el siglo, que habla sobre los días finales del ilustrado asturiano.

Las llamo las escaleras de los versos. Entre la 13 y la 14. Al lado del cuerpo de la calle. Una placa sobre roca nos remite al homenaje (1993) que el Ayuntamiento y la Demarcación de Costas ofrecieron al poeta gijonés Alfonso Camín, autor de los versos reproducidos: “¡Ah, si no fuera este mar / que nos abraza en la arena, / el tritón y la sirena / y el afán de navegar!”. Como entre versos andamos, muy cerquita una placa recuerda estos de Gerardo Diego: “Delicia de los ojos, Playa de San Lorenzo, / de este a oeste extendido su manto de canela. / La mirada perdida en el confín del lienzo / o acariciando el seno sonoro de la vela”.

Posiblemente la brisa marinera venga acompañada con alguna escultura de arena en la playa, cuando está ya, casi sin darse cuenta, sobre el puente del río Piles. Siguiendo su curso urbano se descubren otros mundos. Pero esa es otra historia, ya que ahora seguimos el paseo acordado, con la recta que enfila el trayecto después de pasado el puente, en la que es fácil que algunos pescadores de caña aprovechen la marea alta. En la zona de los Mayanes, en la curva siguiente que traza el itinerario, una escultura. Estamos a unos 2300 m del punto de partida. Sombras de la luz (1998), del asturiano Fernando Alba, es un conjunto de cuatro planchas rectangulares que, en acero corten, se orientan, en posición vertical, hacia los cuatro puntos cardinales. Cada plancha ha sido perforada en círculos de distinto tamaño por los que penetra la luz y se recrean las sombras, distintas, claro, según la hora del día.

El paseo va dibujando las orillas naturales del mar, que se me antoja ahora lleno de salitre Algunas plataformas-miradores, generosamente amplias, permiten contemplar con calma el espectáculo marino que se abre ante nuestros ojos. Es, son los momentos de las sensaciones personales, del vuelo o la navegación libre, incluida la zona de ‘El Rinconín’, seguramente uno de los espacios más atractivos, presidido por una escultura singular y emblemática. Estoy seguro de que las esculturas y el resto de los elementos propuestos a la consideración del viajero conviven con la belleza del paisaje del mar y lo llena de sugerencias. Es el caso del Monumento a la Madre del Emigrante, de Ramón Muriedas (1970), que en su día provocó una polémica notable y hoy es una de las más características esculturas de la ciudad, seguramente por su gran sentido simbólico: en bronce y de gran tamaño, la madre mira al mar –sus vientos se hacen notar en los pliegues del vestido y el pelo-, hacia el que tiende una mano desgarradora, como el gesto de la cara, expresión precisa de la tristeza y el dolor. Recuerda así la tradición migratoria asturiana, especialmente al otro lado del mar. En las fiestas de Begoña, en la plenitud de agosto, se baila en la playa de San Lorenzo la Danza Prima, con el recuerdo siempre presente a los que un día emigraron en busca de una vida mejor.

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Hemos recorrido los tres kilómetros propuestos, metro arriba o abajo. ¿Y ahora, qué? Puede seguir el trazado, regresar al punto inicial o perderse por la ciudad, siempre hermosa y abierta. Seguro que no se arrepentirá de la propuesta elegida. Me gustaría acompañarle.