Las gaviotas y los pelícanos vuelven a la bahía
«Las gaviotas y los pelícanos vuelven a la bahía». Me lo dice una mulata ajada por los años, recordando quizá otros tiempos, mientras espero en la cola de la lanchita que la cruza y me conducirá al barrio de Regla, al otro lado. La miro y sonrío. «Ya», le digo. «Una ciudad mágica»: así calificó Alejo Carpentier el barrio.

ALFONSO GARCÍA
E ran otros tiempos al parecer, porque la industria y cierta dejadez abandonaron un poco a su suerte este histórico enclave marino. Ahora se están recuperando y creando nuevos espacios, se estudia distinta ubicación para el complejo industrial que la circunda y la disponen para convertirla en el eje del turismo. Se empiezan a notar las medidas. Supongo que esta sería la causa de la afirmación con que me saludó la mulata que aún conserva, sin embargo, los rasgos florecientes de la belleza de la juventud. «Cuando acaben el nuevo embarcadero —recalcó con gozo— cruzarla será una delicia». Afirmé con la cabeza. «Seguro». Y nos perdimos entre los pasajeros. Quedé en la parte de atrás, contemplando el alma de La Habana, que se iba alejando lentamente.
Antes de cruzarla paseé por las inmediaciones, que conforman la zona más antigua de ciudad. Casi enfrente, un bar histórico, Dos Hermanos, que, desde 1894, ha visto el fluir cercano de las gentes y donde, entre otras tantas curiosidades, «levantaron sus copas —se lee en una placa a la entrada— por la amistad y la alegría de vivir: Federico García Lorca, Alejo Carpentier, Enrique Serpa, Marlon Brando, Errol Flynn, Ernest Hemingway entre otros artistas e intelectuales de Cuba y el mundo». Algunas fotografías sobre las paredes recuerdan a los personajes. Apetece tomar algo, aunque no sea un ronsito. Al lado mismo un curioso y cuidado museo recuerda la bebida nacional, su historia y elaboración.
Camino en dirección contraria, hasta perderme por la Alameda de Paula, una terraza sobre la bahía. Antes, sin embargo, la Sacra Catedral Ortodoxa Rusa, según rezan las indicaciones. Acabada en octubre de 2008, de estilo bizantino, sus vistosas cúpulas doradas se divisan desde distintos puntos de la ciudad. Siguiendo la alameda, varias estatuas de músicos, algún que otro representante ortodoxo ruso y la de Nicolás Guillén, el Poeta Nacional, que contempla, pensativo, el mar aquí encerrado, puede que le ayuden a entender la realidad de este espacio especialmente atractivo. Le aconsejo continuar hasta la llamada Cervecera del Puerto, una de las recuperaciones de que hablamos, del antiguo Almacén de la Madera y el Tabaco en este caso, un espacio de ocio de más que notables proporciones. Cervezas de producción propia, sabrosas picadas y música en directo. Formando parte de este entramado, los Almacenes San José, un recinto muy amplio, de carácter cultural, comercial sobre todo, donde podrá encontrar prácticamente todo lo que se pueda vender en La Habana. No debe olvidar que el regateo se puede convertir en un arte verdadero. Aquí es necesario practicarlo con las mejores habilidades.
Es hora de la lanchita. Tenga en cuenta que madrugar en esta ciudad es necesario. Para estirar el tiempo y para aprovechar las temperaturas menos rigurosas de las primeras horas. Entre las recomendaciones inevitables, es bueno subrayar que lleve siempre algo de moneda nacional, muy poca en principio. Después, usted verá las necesidades según las decisiones. Por si ha de viajar en los almendrones, hacer alguna llamada desde las escasas cabinas ya existentes o, como ocurre ahora, pagar el módico precio por atravesar la bahía hasta Regla. Ojo. Si cuando vaya aún no se ha estrenado el nuevo embarcadero, en el actual ha de colocarse en la fila de la derecha para llegar a nuestro destino. La otra conduce a Casablanca.
Unos cinco minutos y ya estamos en la otra orilla, a la que se puede también acceder, y vuelta, en trasporte por carretera.
Apenas llegado, el viajero se encontrará con la iglesia blanca de Nuestra Señora de Regla, motivo esencial de mis frecuentes visitas al barrio. Y es que tal devoción llegó hasta aquí de la mano de un agustino leonés en el siglo XVII. A partir de entonces aquel rincón habanero, denominado Guaicanamar (frente al mar) pasó a conocerse con el nombre que tiene actualmente. Y la imagen, negra, responde a un orisha femenino de las deidades yorubas: Yemayá, la Madre de los Peces o la Madre de las Aguas. Estamos en uno de los lugares no convencionales de la ciudad, pero creo que el viajero no debe perdérselo porque se trata del centro habanero del sincretismo, un barrio eminentemente santero: aquí se funden las deidades yorubas con la cristiandad en un sincretismo entre lo africano y lo español formando el mestizaje criollo tan característico del país. Observe, especialmente los fines de semana y nada que decir por la festividad de septiembre. La presencia de la santería y de las adivinadoras que le ofrecen la lectura del futuro se hacen notar, normalmente sentadas en un murete cercano al recinto religioso.
Es conveniente, como siempre, caminar observando las viejas casonas o las más humildes aún de madera, esculturas y murales, en que todavía se aprecia la vocación marinera. Le sugiero, por las vistas sobre La Habana y la bahía y por el contexto histórico en que nace, el Monumento Memorial Lenin, en la colina Lenin, antes conocida como Loma del Fortín. Si he de proponer un tercer elemento como visita, seguramente le hablaría del cementerio, con el que fácilmente se topará durante el paseo. Los cementerios de la ciudad tienen un innegable realismo mágico. También este, si tiene la suerte que no pocos rehúyen de encontrarse con posibles rituales de origen africano.
Durante el trayecto de vuelta estoy seguro de que habrá colgado muchas imágenes en la retina. Personalmente espero que en mi próxima visita a la bahía hayan vuelto aún más gaviotas y pelícanos. Será una buena noticia. Creo.