Un castillo en el lago
Había una vez un castillo y una princesa… Como en los cuentos, también ocurrió aquí, en Trakai, la antigua capital de Lituania, a unos treinta kilómetros de Vilna, la ciudad en que se asienta la actual capitalidad del país, al sur, ambas relativamente cerca de la frontera con Bielorrusia.

El castillo de Trakai está construido en una pequeña isla del lago Galvé. Un puente de madera permite el acceso a la hermosa construcción. Sobre estas líneas, un recoleto patio interior del castillo en la antigua capital de Lituania antes de que lo fuera
P uede hacer el viaje desde Vilna en coche, bus o tren. Poco más de media hora. En el trayecto, como no puede ser aquí de otra manera, la sorpresa permanente de bosques y casitas de madera, coloristas en no pocos casos, un dibujo siempre embelleciendo el paisaje. Importante en la Edad Media, hoy es Trakai, ‘la ciudad del lago’, una ciudad pequeña y atractiva, asentada prácticamente en una península, uno de los lugares más visitados de Lituania. No deje de pasearla antes de dirigirse al lugar emblemático que concita la atención de prácticamente todos los viajeros. Y es que, a pesar de haber perdido su condición de liderazgo a finales del siglo XVI, había sido un importante punto de rutas comerciales desde su fundación poco antes de la mitad del siglo XIV. Es curiosa, además, la permanencia de restos históricos que la habían convertido en convergencia de culturas y religiones. Es posible que en este sentido le llame mucho la atención la presencia, ya minoritaria, de caraítas, a los que hace cinco siglos les habían confiado la defensa de los puentes que llevaban al castillo de la isla y la protección personal del duque Vitautas el Grande. Sus casas, con el color característico y las tres ventanas, se complementa con el lugar dedicado al culto (kenesa). Estos judíos, generalmente ortodoxos, han dejado también su propia herencia gastronómica en las kibinas, una especie de empanada —carne de cordero y cebolla—, que encontrará fácilmente, a buen precio, deliciosas además.
Estamos en el pequeño muelle, que bordea el lago, en un paseo en que se alinean bares, restaurantes y tiendas. Seguramente alguna de estas le hará recordar, plasmados en objetos de madera, algunos pasajes de la infancia. Pero, sobre todo, entenderá la magia del entorno, vista en su conjunto puesto que cada uno de los elementos que lo componen son inseparables, imprescindibles. Una imagen de postal, idílica diríamos, en un área de numerosos lagos en el Parque Nacional que lleva el nombre de la ciudad. Seguramente tendrá la tentación de dar un paseo por las aguas del lago en alguna de las barquitas aquí atracadas. No desaproveche la ocasión, pues cada uno de los ángulos que le ofrece el paseo seguramente supera al anterior. Estas aguas sirven igualmente para la práctica de no pocos deportes.
La vista se concentra, inevitablemente, en el castillo, que parece emerger del lago Galvé. Una construcción gótica, hoy buena parte de ladrillo, flanqueada por torres cónicas, que la hicieron inaccesible. Con la caída del poder concentrado en Trakai, tanto político como administrativo, y a pesar de que el castillo se utilizara un tiempo como cárcel política, durante una guerra del siglo XVII quedó destruido. Y olvidado, excepto por poetas, pintores y viajeros románticos. La reconstrucción a gran escala se inició a mediados del siglo pasado. En 1962 se inauguró en sus dependencias un museo de historia de la ciudad, y en el gran patio interior tienen lugar, especialmente durante el verano, otro tipo de actividades, conciertos por ejemplo, algunas convocatorias ya clásicas, caso del llamativo Festival de Trakai. No faltan, por supuesto, torneos medievales ni ferias de artesanía.
Un puente de madera permite el acceso al castillo levantado sobre una pequeña isla del lago a finales del sigo XIV, una garantía de seguridad en aquellos tiempos convulsos de guerras y saqueos. Si no es suficiente, los pasadizos secretos permitían la huida en caso de necesidad. Entendían muy bien aquellos duques que lo habitaron que la improvisación nunca es buena consejera, menos a la hora de salvar el pellejo. Es verdad que el interior, a pesar de serlo, no resulta tan espectacular como el exterior. Pero es fácil que le llame la atención el gran patio, en el que se puede imaginar la actividad y las funciones que en él se desarrollaban. A servidor le gustó especialmente el recoleto patio interno, con antiguas escaleras de madera por las que se puede acceder a las distintas salas y dependencias de la denominada Torre del Gran Duque. Hoy se muestran en ellas buena parte de la historia del país, de la región y del castillo: mapas, monedas, frescos, galerías, vidrieras, vestimenta, armaduras, mobiliario…, con interesantes colecciones sin duda, curiosas en algunos casos, como pueden ser las pipas.
Considerado uno de los veinte castillos más bonitos de Europa —en la lista aparece el español Alcázar de Segovia—, el castillo lituano de Trakai no podría escaparse de la circunstancia legendaria que parece envolverlo. Tanto es así, que en un principio, tomadas las notas correspondientes en medio de la atmósfera que lo rodea, pensé titular el viaje “El castillo lituano que nació del amor”. No podía pasar por alto esta circunstancia.
Se lo cuento.
Dice la leyenda que una princesa nacida a las orillas del mar Báltico se casó con un duque poderoso. Y fueron a vivir a un castillo en la antigua ciudad de Trakai. Pero la princesa estaba triste. ‘La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?’. La princesa sentía nostalgia del mar. Fue entonces cuando el Gran Duque decidió construir un castillo rodeado de agua. Necesitaba recuperar la sonrisa de la princesa a la que tanto amaba. Y, según cuentan, la recuperó para siempre en este castillo junto al lago, el único castillo que se conserva en la Europa del Este construido en medio del agua. Eso dicen.