Lo tienes clarinete
«Alocado, fresco y desenfadado». Como el proyecto que le dio vida, el último vino en llegar no tiene un autor, sino cuatro. Y casi no tiene color, pero sí mu- cho sabor... y sonoridad. Si lo escuchas y lo ves claro es que lo tienes clarinete..

Jesús Ángel Velado, Natalia Ordónez, Ana Casis y César Cubillas, sus autores, disfrutan del sonoro ‘Clarinete’. MARCIANO PÉREZ
Es rico en matices y posibilidades expresivas. Es apto para interpretar pasajes como solista y tiene una enorme agilidad y sonoridad, en especial para la ejecución de trinos y cromatismos». Esa sencilla definición del clarinete como instrumento musical bien podría aplicarse en su textualidad al Clarinete , un novedoso e informal concepto de vino que, entre otras muchas singularidades, destaca por su color... o más bien por la ausencia de color. Y es que, aunque lo parezca, no es un blanco, sino justamente un rosado —o un clarete si se quiere— que podría encajar perfectamente en el formalismo normativo de lo que ha de ser según el reglamento, pero al que sin embargo no se acoge. Y no lo hace precisamente porque es un vino ideado y elaborado en libertad, un capricho enológico que entusiasma a cuatro profesionales del sector, todos ellos «hacedores de vinos», previamente movidos por la inquietud y la ilusión y unidos por la amistad. Ana Casis —bodeguera, Pedro Casis—, Natalia Ordóñez —enóloga, autora de los Exageras —, César Cubillas —bodeguero, mentor de los Cien Cepas — y el ingeniero agrónomo Jesús Ángel Velado —alma de Vitis Velado y autor también de los Albaricus, Canalla Rosé y Galgo Negro — están detrás de un proyecto «joven, alocado, fresco y desenfadado» en una definición compartida. A la vista —y en nariz y boca— está que «el humor y el buen rollo» se convierten en un «cóctel explosivo» que se pensó como un «homenaje a los claretes leoneses de toda la vida», bajo la idea de «rescatar del pasado esos rosados y ponerlos en el contexto de los vinos del siglo XXI». Pero lo cierto es que realmente —y ésa es también su virtud— no tiene nada que ver y lo que se ofrece ahora es, efectivamente, algo nuevo, diferente, fresco y un punto inquietante. Porque este rosado —pálido— entronca más con los clásicos provenzales , sobre todo, y los tan demandados blush y rosés, ahora en boca de todos, especialmente en los grandes mercados internacionales.
La mezcla de hasta cinco variedades de uva, autóctonas unas y de cepas viejas todas, al igual que las notas de una melodía, dan como resultado una armonía y una quietud ideal para afrontar un atardecer de verano. Los acordes los impone la Prieto Picudo con su fuerza y vibrante acidez, el compás lo marca la Godello aportando redondez y melosidad, las notas de fruta roja las resalta la Garnacha y el tempo lo señala la invitada Negro Saurí en un pentagrama escrito por la Moscatel en el madreo, técnica tradicional leonesa que por aporte de carbónico natural añade frescura y cosquilleo en la boca. En definitiva, musicalidad y buen rollo. «Lo hemos pasado muy bien», reconocen los cuatro autores envidiados por todos. Y lo peor —lo mejor, visto también desde quienes además lo disfrutan—: «Amenazamos con hacer otro».