Un cerro frente al mar
Es inevitable pasear por El Muro, frente al mar, si está de visita en Gijón. Desde cualquier punto en que nos encontremos, a la izquierda, de espaldas a la ciudad, un montículo parece emerger de las aguas y navegarlas. Como un islote. Un brazo, sin embargo, lo une a la ciudad abrazándola en todas las direcciones. Es el cerro de Santa Catalina, ya parada obligada y otro de los símbolos de Gijón.

ALFONSO GARCÍA
V amos a caminar hasta la cima. Es un paseo muy agradable. Subimos por una parte, bajamos por la contraria, si tal término puede entenderse como complementario.
—Siempre me resulta más atractivo hacerlo por este lado.
Me lo dice un hombre que, ahora sentado en un banco frente a la iglesia, asegura hacerlo al menos un par de veces a la semana, «aunque caigan chuzos».
A mí me parece que da igual. En cualquiera de los casos, estamos seguramente en los escenarios más históricos y castizos de la ciudad asturiana. Pero como le hago caso en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, me sitúo en la calle que, a la izquierda de la iglesia, la bordea y se empina prácticamente hasta el mismo punto que buscamos. Ni que decir tiene que hablamos de la iglesia de San Pedro, otro de los iconos que se hacen inevitables a cualquier mirada, «construida —leemos en una cartela a la izquierda de la fachada— entre 1945 y 1955 por los arquitectos Francisco y Federico Somolinos, ocupa el lugar del templo del siglo XV que funcionó como iglesia parroquial de la ciudad hasta finales del siglo XIX. La iglesia actual se inspira en los templos del prerrománico asturiano, de los que toma las bóvedas superpuestas perpendicularmente, los esbeltos contrafuertes, el crucero elevado y elementos decorativos como las celosías, el sogueado de las columnas y las ventanas triforas».
Pronto encontrará el Real Club Astur de Regatas. Puede pedir permiso para entrar un momento —la amabilidad conmigo fue exquisita— y contemplar la vista espectacular de la bahía, que se irá enriqueciendo. No hacen falta palabras. Como le ocurrió con frecuencia a Jovellanos, que, según reza una placa a la entrada del recinto propiamente dicho, siguiendo el paseo señalizado en su compañía, escribió en 1795: «El espectáculo es magnífico. A su vista se siente un placer inexplicable». Qué verdad. Muy cuidado, lo primero que siente este caminante de brumas y sensaciones es el contraste del verde que tapiza el cerro con el azul marino que se abre frente a nosotros. Contemplarlo es un gozo. Serena el espíritu. Uno nunca supo explicar este poder del mar. Eso sí, entiendo, sin compartir, lo que dejó escrito Carlos Díaz Dufóo: «Quisiera morir disuelto en un? paisaje».
De cualquier forma, lo importante ahora es gozar el momento por este hermoso paseo, una verdadera zona de recreo arbolada que permite, al contemplarlo, situarnos en la ciudad, al menos en su trazado básico, y con dos playas, una a cada lado, como referencia inicial y evidente, como si desde aquí la ciudad quedase distribuida en dos partes, siempre complementarias por supuesto. Caminando estos senderos se ofrecen diversas alternativas, dentro del propio cerro, y muestran, en su conjunto, lo que fue una fortaleza defensiva con una larga historia de acontecimientos.
Cuentan los conocedores de la historia y sus entresijos que en la parte más alta la poderosa Cofradía de Mareantes edificó en el siglo XIV una ermita bajo la advocación de Santa Catalina, que daba nombre a la cofradía y se lo dio al lugar, también conocido, por razones evidentes, como La Atalaya, pues no en vano sirvió a los balleneros como observatorio para divisar la presencia de estos cetáceos que tanta riqueza generaron en la costa cantábrica. En el siglo XVIII, en la guerra contra Inglaterra, cuando la ciudad se sintió amenazada por la flota de aquel país, el cerro se convirtió en una defensa de artillería que se potenció durante la centuria siguiente y perduró como tal hasta épocas recientes. Son bien visibles los vestigios de la fortaleza militar. Las diversas cartelas ilustran con claridad al interesado sobre su disposición y estrategia.
Ya Jovellanos había propuesto en su tiempo la creación de paseos arbolados para convertir el espacio en un verdadero lugar de esparcimiento, idea que no se ejecutó hasta finales del pasado siglo, dentro del plan de rehabilitación del barrio de Cimadevilla en cuyos límites se asienta. Y desde esa época (1990) se asoma a la bahía el símbolo del Gijón moderno, el visible y reconocido Elogio del Horizonte, de Eduardo Chillida, que parece presidir el lugar en que nos encontramos. Desde allí se prolonga la mirada hacia la línea del horizonte en que se funden cielo y mar.
—¿Sabe usted cómo llama el pueblo a este monumento? –me preguntan.
—No –miento.
Lo que sí es cierto es que, colocado uno bajo su amparo, percibe su volumen colosal, y algunos, no yo, sinceramente, dicen que ciertos efectos acústicos. Diez metros de altura y quinientas toneladas de peso. Hormigón armado a partir de dos pilares que actúan como soporte de una elipse abierta.
Bajamos, según lo previsto, por la otra parte, que tiene mucho que ver y no pocas cosas con que gozar. Pero antes de salir a la calle, no olvide ningún rincón, incluida la panza rocosa que se observa tan bien ahora, escenario en algunos casos de desesperaciones y truculencias dramáticas. Déjese ganar por Cimadevilla, «un barrio que concentra en sí mismo la esencia de Gijón», con palabras de Carlos Justo Villabrille, la parte más antigua de la ciudad, su barrio fundador, con, entre otros, el corazón romano a flor de piel. Esa será otra historia.
Perdido por las calles entrañables de Cimadevilla quizá sea hora de echar unos culines. Acaba de disfrutar de un verdadero lujo para los sentidos y un descanso para la vista en pleno centro de la ciudad. No se puede pedir más. De momento.