Viña, vino y Heroicidad
Más allá de un proyecto emocionante, cabal y diferente, Fuentes del Silencio es la justa reivindicación a gritos y la puesta en valor de una zona vitivinícola de la provincia tan histórica como olvidada. Y muy, muy singular..

Miguel Ángel Alonso, en los viñedos de Las Garandinas, a más de 820 metros de altitud, con el Teleno al fondo. B. FERNÁNDEZ
Miguel Ángel Alonso habla a borbotones y con una incontenible emoción del pueblo al que lo vincula el origen familiar y al que nunca fue ajeno pese a construir su vida en la distancia. Hoy, ya aquí para quedarse, es un orgulloso vecino enamorado de esa tierra que casi dejó morir la viña por la que él lucha ahora a brazo partido, convencido de que el valle del Jamuz es un escenario ideal no sólo para desarrollar su proyecto personal, sino para promoverlo como zona vitivinícola singular y de una enorme proyección. Desde esa fe, una inquebrantable tenacidad y un trabajo titánico, aliñado todo ello con el mejor criterio agrícola y enológico y, claro, con una generosísima inversión
—manifiesta de manera más evidente en la construcción de una gran bodega de mil metros cuadrados sobre la base de gruesos muros de piedra y tapial de cuatro casonas del pueblo, para preservar la identidad—, no es de extrañar que sus primeros vinos llegasen a los mercados más exigentes avalados con la tarjeta de presentación de dos reconocimientos internacionales de relumbrón que suponen las medallas de oro y plata en el Concurso Mundial de Bruselas. Es sólo el principio. Pero, ¿qué hay detrás?
Pues sobre todo hay un escenario vitícola que, visto ahora y así, parece inédito, pese al legado de enorme valor cultural que atesora y a estar reconocido en el ámbito geográfico de la Denominación de Origen Tierra de León. Hay unas condiciones geológicas —minúsculas partículas de oro donde enraízan las cepas— y meteorológicas —clima continental, al alterar el mítico monte la dirección de las corrientes— muy determinadas por la influencia del Teleno. Hay una altitud realmente favorable
—entre 800 y 900 metros— y una viticultura heroica para recuperar y explotar cepas prefiloxéricas de incluso 150 años repartidas en 54 pequeñas viñas que suman 13 hectáreas en parajes bucólicos —Las Gandarinas, La Fontanica, La Gándara...— entre viejos robledales y encinares al este y oeste de Herreros, en Jiménez, en Palacios de Jamuz y también en Quintana y Congosto, y 8 hectáreas más de nueva plantación al pie de la bodega. Hay el mejor criterio en la viña —Alberto Aldonza— y en la bodega —Marta Ramas como enóloga, con Raúl Pérez Pereira como inspirador—, aunque «lo importante», insiste Alonso, «no son las personas, sino el proyecto, la zona de producción y sobre todo las viñas». Y hay, en fin, una selección de viníferas históricas —Mencía, Garnacha (Alicante Bouschet), Prieto Picudo y Palomino, y Bruñal y Albarín en las nuevas espalderas— que sumadas a la condiciones anteriores convierten al valle del Jamuz en una zona vitivinícola de extraordinario interés y avalan al proyecto en su aspiración de ser reconocido como pago.