Por las hoces del río riaza
Siempre el agua es un milagro que se multiplica y engrandece cuando se hace mar en la aridez de estepas pedregosas o frente a las llanuras doradas de cereal. Hay un silencio arcaico en este paisaje. La llanura, sólo rota por algún perfil de torre aún orgullosa o por un cerro misterioso, no permite a veces ver todo cuanto en ella se esconde.

ALFONSO GARCÍA
S egovia es tierra de contrastes, de sugerencias permanentes, de sorpresas que levantan la sospecha, de admiraciones. ¿Quién, centrado en la monotonía de este paisaje que ahora nos ocupa, piensa, si no lo sabe, que la mirada ha de llegar más abajo de la línea que marca el horizonte? Y, sin embargo, hay allí, aquí, un mundo de fascinación dibujado por el tiempo, el agua y el viento que curte y erosiona. Y a la altura de estos cañones, farallones y cantiles, profundos y verticales, vuelan, coincidiendo casi con esa línea infinita del horizonte que no permite adivinar, vuelan, digo, buitres leonados y alimoches, halcones peregrinos y águilas culebreras... Todo añade una nota solemne al paisaje y la contemplación, a esa especie de misterio —¿será el paisaje un misterio?— que nunca se acaba.
A pesar de la soledad que los invade, los pueblos siguen siendo el alma del paisaje, la última razón de tantas veredas y caminos. Deténgase cada cual después en cada uno según tiempo, gusto o improvisaciones. O tome nota para otro viaje y otras búsquedas. Lo cierto es que Riaza, del que hemos decidido salir en este viaje, tiene raíces de siglos, notable arquitectura popular y plaza mayor redonda. Y mucho más, claro, para ver en Semana Santa —con una impresionante procesión el Viernes—, o acercarse siempre a su gastronomía, que a la característica del entorno une la rica tradición repostera de los amarguillos. Con la dulzura como sabor de acompañamiento, y de sentimiento, llegamos a Ayllón, llena de historia. Nada mejor que entrar en la villa por el arco medieval para, callejeando, admirar palacios, iglesias y casonas de notable interés e historia, y, sobre todo, la Plaza Mayor, irregular y hermosa, con arcadas, reloj y fuente-pilón en la parte más ancha.
Cuando llegamos a Maderuelo, el agua del pantano nos advierte que ya no lejos se encuentra la presa, a donde nos dirigimos buscando la razón fundamental, aunque nunca exclusiva, del viaje. Pero a este pueblo singular pensamos retornar para la comida.
Hemos llegado cerca de la presa. Ciento ocho escalones ha de subir el viajero si quiere llegar a la parte superior del muro del embalse, cuya plataforma se convierte en excelente mirador. Puede perder la vista por este mar apresado en las tierras llanas y gozar de una belleza remansada y serena. Muy cerca emerge parte de la iglesia del único pueblo sepultado bajo las aguas, Linares, que pervive -ironías del destino- en el nombre del pantano.
Vuelta la vista en dirección contraria, se observa el camino que conduce a las hoces, que aquí inician su andadura. Desde esta atalaya se forma el viajero una idea inicial, aún imprecisa, del recorrido. El camino es cómodo, como tantos caminos de carros que condujeron siempre a los lugares en que el pan podía convertirse en razón de vida. Hasta el paso del tiempo y de los hombres asimilaron en senda en algunos tramos los arrastres milenarios de los neveros. Pasado el gigantesco y robusto viaducto -anote la curiosidad de su eco-, la hoz se estrecha y se espesa la arboleda, rica. A veces cubre el camino un tupido techo vegetal. La vista va de sorpresa en sorpresa. Los cortados ocres y rojos advierten fácilmente su presencia. Los buitres leonados y otras aves rapaces nos sobrevuelan dibujando su silueta en el cielo, majestuosos y solemnes. Las Hoces del Riaza es uno de los mayores conjuntos de hoces, cañones, acantilados y desfiladeros de la Península Ibérica. En sus paredes hay cuevas de interés espeleológico.
A la belleza geológica añaden fauna y flora un profundo interés. La variedad de su vegetación responde a las características formaciones de bosque de ribera: chopos, fresnos y sauces. No faltan sabinares, encinares, quejigares, tomillos, salvias, espliegos...
La fauna cuenta con la presencia de más de 300 especies de vertebrados, aunque sean las aves rapaces su mayor riqueza. El buitre leonado tiene la colonia más numerosa. Pero destaca igualmente la presencia del halcón peregrino, el búho real, el alimoche, el águila culebrera... Y córvidos —rabilargo, cuervo, grajillas, chovas piquirrojas...— y multitud de pequeñas aves: jilgueros, alcaudones, aláudicos, aviones, abejarucos, collalbas...
Una docena de kilómetros el recorrido de la ruta elegida, la más habitual y elocuente. Pronto habrá llegado a las ruinas románicas del Casuar, donde vivieron monjes cistercienses, espacio abierto y de una sobresaliente amenidad natural. Poco después hay un nuevo estrechamiento, y, pasada La hocecilla, la amplitud empieza a ser norma hasta llegar a nuestro destino: Montejo de la Vega. Dependiendo, como siempre, de la capacidad andarina de cada cual, el promedio del tiempo invertido se podría establecer en las 3-4 horas.
Finalizada la travesía, la decisión de ir a comer a Maderuelo puede ser un acierto. Seguro que no se arrepentirá. Buen lechazo asado y tinto característico de esta Ribera del Duero. Cerca de la entrada por el puente tan singularmente llamativo, la ermita románica de la Vera Cruz, con bellos frescos de finales del siglo XII, en el Museo del Prado desde 1946, a causa de la construcción del pantano. Atravesadas las aguas, la subida al pueblo ladeando el cerro le causará una sensación especial. Entra en su recinto amurallado por una hermosa puerta. Merece la pena, después de callejear el pueblo, el detenimiento ante algunas casas, la visión del conjunto y la contemplación concreta de las iglesias de San Miguel y, sobre todo, de Santa María. No pierda la ocasión de asomarse a alguno de los balcones que, desde el núcleo, permite una vista singular de los alrededores. Maderuelo se asienta sobre un cerro misterioso que domina parte de las aguas del pantano de Linares. El tiempo se ha detenido aquí frente al agua y las tierras pardas que cubren el horizonte, antaño dominio de Álvaro de Luna, que, según cuentan, escondió riquezas y tesoros en unas galerías subterráneas que dibujan sus vericuetos bajo el asentamiento del propio pueblo. ¿Será alguien capaz de descubrirlos algún día?
Mientras la pregunta queda en el aire, me cuenta uno de los pocos vecinos que aún quedan, y con esa lentitud que da la sabiduría del tiempo, que si he visto la momia que se conserva en la iglesia de Santa María. “Pues calzaba hermosos zapatos de oro. Un día le faltó uno. Pasados unos años, en un amanecer de ventisca y frío, alguien advirtió la ausencia del segundo”. También aquí reina el misterio, sin precisar el sentir colectivo ningún referente cronológico. Lo cierto es que ha desaparecido la sonrisa del rostro y el brillo de los pies. Ha desaparecido aquí también la vida y el fulgor.