Diario de León

El paseo de las iglesias

San José es una de las ciudades más activas y europeas que conozco por las geografías de la América hispana, sin renunciar a su condición americana dada la construcción habitual de planta y piso, si exceptuamos, claro está, las nuevas incorporaciones de la mundialmente conocida como arquitectura vertical, que tanto contrasta en ciudades como esta. El interés esencial que motiva a este viajero está muy concentrado.

ALFONSO GARCÍA

ALFONSO GARCÍA

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

Creado:

Actualizado:

E l Paseo Colón, que parte del Parque de La Sabana, donde se encuentra el Museo de Arte Costarricense y continúa en el Boulevard Central, vertebra la ciudad, rodeada por un gran marco montañoso. Las calles que conforman este entorno son el centro de la vida comercial y financiara, un hervidero de gentes y de coches que, sin embargo, permite en su recorrido verdaderos remansos de paz.

Me repito, animándome siempre en lo posible, que la base fundamental del conocimiento de una ciudad es patearla. Me dispongo un día más a cumplir con el principio. Estoy en el Parque Central, con su quiosco inconfundible y simbólico y algunas esculturas que, seguramente por inesperadas, piden la atención de su mirada. Parece que la conversación animada y serena de unos y otros reclama asiento y sombra. En el parque público más antiguo de la ciudad, según explica una placa, el Ayuntamiento confirmó la declaración de independencia en 1821.

La catedral, inaugurada en 1827, ofrece su fachada principal, neoclásica, al Parque. Merece la pena una visita al interior, por la disposición de las tres naves, las vidrieras en ambos laterales, el remate impresionante de la cúpula y el órgano instalado en el coro. A estas alturas, y después de días recorriendo el país, tenía claro que los costarricenses, los ticos, son de una amabilidad y disposición que difícilmente se encuentra en otras partes del mundo. El paseo de hoy vino a ser una confirmación más. Por si tenía alguna duda, la religiosidad quedó igualmente añadida a la misma categoría. Son muy religiosos. Así que decidí visitar, en la misma calle, emblemática y viva, el recorrido por dos iglesias, posiblemente las de mayor valor histórico de la capital: la Soledad y la Merced.

Inicio el recorrido por el corazón de la ciudad desde la catedral, bajando por la calle de la derecha –Avenida 4-, peatonal. Apenas iniciado, el Colegio Superior de Señoritas (1888), ubicado en un edificio neoclásico considerado una de las joyas arquitectónicas de la ciudad, referencia inevitable en el panorama educativo del país al ser la primera institución para la educación secundaria femenina.

Apenas sin darse cuenta está en la Plaza de las Artes, una placita recoleta, cerca del Barrio Chino, en la que destaca un árbol

—¿Cómo se llama? —pregunto a un caballero que agradece su sombra.

—Guanacaste, el árbol de la oreja.

Se conoce que advirtió mi extrañeza. Me explicó la raíz etimológica.

—Mire usted, amigo. El nombre viene del dialecto mangue o chapaneca, que hablaron los charocotas: Gua (árbol) y Necaxtli (oreja): el árbol de la oreja, porque sus frutos se parecen a la oreja humana.

Espero haber transcrito con precisión lo que me contó el amigo, con el que hablé durante un buen rato. Él fue el que me advirtió de que el Guanacaste fue declarado Árbol Nacional de Costa Rica en 1959.

—Es el Árbol de la Confraternidad Latinoamericana –añadió-. Este está abonado con tierra de todos los países del continente.

De lo que sí doy fe es de su frondosidad, de la abundancia y frescura de su sombra.

Me detengo, antes de entrar en la iglesia, en tres esculturas: John Lenon sentado en un banco, José Gervasio Artigas, el prócer uruguayo, y la ‘Gracia’, tocando un instrumento de cuerda.

La iglesia de la Soledad —Nuestra Señora de la Soledad—, en el llamado ‘Paseo de los Estudiantes’, creo que con menos de un siglo, es acogedora, cálida. Parece ser que el nombre le viene del barrio. Me resultaron interesantes las vidrieras y el Vía Crucis, en representación escultórica de buen tamaño.

Desando lo caminado y lo sobrepaso.

Es domingo. Una mañana espléndida. La calle, vista ahora desde la parte más alta, parece abarrotada. Lo está. Queda espacio para muchos vendedores de calle y para el comercio tradicional, abierto y sucesivo a ambos lados. De repente se forma un tumulto humano. La policía sube al furgón a un hombre de mediana edad. No supe si por robar o por intentarlo. En este tramo le recomiendo detenerse en el Mercado de Frutas y Verduras, un verdadero asombro para los que llegamos de otras latitudes. No se sabe qué admirar más, si el contraste de colores, la variedad o el gusto. Este desconcierto es un festín para los sentidos.

Lo cierto es que el espectáculo de viveza y color nos sitúa rápidamente en la Plaza de Braulio Carrillo, más conocida como de la Merced, por la iglesia. Es una plaza, o parque, que, popular y de sabor americano, permite la convocatoria de pregoneros y predicadores, cosmopolita sobre todo, con variedad de razas, etnias y grupos sociales y la presencia notable de inmigrantes, especialmente nicas (nicaragüenses), que suelen atemperar la nostalgia comiendo por allí platos típicos del país.

La iglesia de la Merced —Nuestra Señora de la Merced—, de obligada visita, es un histórico y sobrio edificio neogótico, con diferentes lecturas, iniciado en 1894. Interesante, atractiva y distinta, con notables vidrieras en el ábside. Tres naves separadas por columnas, lo más llamativo para este viajero: de hierro, con tres cañas formando como un trébol y decoradas con diversos motivos simétricos y colores, a juego con el piso, rematan la sujeción de la nave central, de madera. Liviana y gráfica, en forma de cruz latina, tiene un toque entre inglesa y árabe. Interesante órgano en el coro. Sorprende el conjunto, poco habitual. Y sorprende, claro, entre otras presencias, la de san Charbel, el asceta maronita libanés, cuya imagen está repleta de escritos y peticiones de toda índole y condición.

Una mañana muy especial, de verdad. Una grata experiencia. Es hora de un jugo o una cerveza. Prefiero la segunda opción. Pido una Imperial michelada (con limón y sal). No está nada mal. He de advertir, para acabar, si es fumador, dónde lo hace. La ley es muy restrictiva.

tracking