La Sangre derramada de un zar
Imprescindible en la imagen de San Petersburgo, la ciudad rusa llena de esplendor, belleza e historia. Seguramente el rincón hacia el que encaminamos hoy mirada e interés es el más fotografiado de la ciudad, convertido en su emblema, y uno de los más de todo el país. La plenitud del color, vibrante y magnífico, hacen de esta iglesia-catedral un espacio entre pintoresco y único, difícil de olvidar.

ALFONSO GARCÍA
A pesar de sus cinco millones de habitantes, San Petersburgo concentra la mayor parte de los monumentos de especial interés en un área reducida, lo que humaniza el recorrido a pie, aunque la ciudad de los zares sea toda ella un monumento en sí misma. Tiene la personalidad propia de la distinción, de lo único.
—La avenida Nevski –me había advertido E. Anísimov-, vinculada al río Neva, ofrece las señas de identidad de la ciudad; es, por así decirlo, su corazón monumental.
Le hago caso. Comienzo a recorrerla de espaldas a la inconfundible aguja que remata la vigorosa mole del Almirantazgo. Como siempre, imprescindible un buen plano, entre otras cosas porque las indicaciones suelen estar en ruso, con su complicado alfabeto cirílico. No hay que caminar mucho. Al contrario. Esté atento al segundo puente que encontrará en el trayecto, el Puente del Banco, inconfundible por los míticos grifos, esos animales enigmáticos que aquí alcanzaron el simbolismo del dinero y el oro, que había de custodiarse de los arimaspes, los ladrones de un solo ojo. A la izquierda. Ponga su primera mirada para la contemplación y el asombro ante el milimétrico encaje de todos los elementos de esta arquitectura que más parece pertenecer a un cuento de hadas o ensueño. Estamos ante la iglesia conocida como de la Resurrección de Cristo o del Salvador sobre la Sangre Derramada, generalmente Iglesia de la Sangre Derramada (Jran Spása na Króvi).
Todo nombre suele tener su razón de ser. Este, desde luego.
La sangre derramada fue la del zar Alejandro II. A pesar de que había sufrido otros cinco atentados, este fue mortal, aunque no murió en el acto, sino en palacio. Era el 1 de marzo de 1881. Lugar de paso habitual con su séquito, un terrorista lanzó una bomba envuelta en una bola de nieve. La autoridad de otra época parecía empezar a dejar de ser sagrada, como se demostraría no tanto tiempo después con la fragilidad de la dinastía Romanov, para dar paso al mitificado paraíso socialista.
Consideran su muerte una muerte histórica, dentro de la dramática historia rusa. «Gobernar Rusia no es difícil, pero es inútil», frase que algunos le atribuyen. Al margen de la fama anecdótica de sus muchas amantes, Alejandro II fue un reformista radical, con la abolición de la servidumbre como principal logro. A pesar de que nunca pretendió imponer sus ideas por la fuerza, la formación de sociedades secretas y la agitación revolucionaria empezaban a poner los cimientos para el cambio de rumbo de la historia.
El sentimiento por esta muerte caló en el pueblo ruso, convencido de que el zar trató de conseguir su bienestar. Estas razones y también como homenaje a su padre, dos años después del atentado su hijo, el zar Alejandro III ordenó construir una iglesia en el lugar del magnicidio: esta, finalizada en 1907. Permítanme adelantarles que, ya en el interior, cuando lo haga, adquiere especial importancia un baldaquino, que recuerda el lugar exacto del atentado, circunstancia que exigió robar unos metros al canal, y en el que hasta hace poco, dicen, se veían las huellas de la sangre imperial.
Enfilamos por la margen derecha del canal, ahora llamado Grigoyédora, hasta el templo. Pocos metros. En el trayecto encontrará puestos de artesanía y algunos músicos callejeros. A uno se le antojó virtuoso aquel que arrancaba hermosas melodías con una hoja de sierra. La sorpresa está en cualquier rincón, como lucen en la cercanía para los interesados, entre otras posibilidades, el Museo Ruso, en el antiguo Palacio Mijailóvski, muy interesante, con la muestra de arte ruso desde los iconos medievales hasta el realismo socialista; el Castillo de San Miguel, hoy dependencias del anterior, o el Monumento a Pushkin, el gran poeta ruso, tan querido y admirado, dentro de la legendaria devoción literaria de este pueblo.
Centramos de nuevo la atención en la iglesia.
Con los mejores elementos de la arquitectura tradicional ortodoxa rusa, destacan las cinco cúpulas acebolladas, símbolo de la vela y la luz, cuya intensa decoración nos atrapa fácilmente. Contemple sin prisas, rodeándola, mientras es fácil que escuche algunos hechos históricos o legendarios. Cuentan que durante la Segunda Guerra Mundial cayó una bomba sobre la cúpula más alta, que no explotó y estuvo allí alojada durante diecinueve años, hasta el inicio de la restauración. Es verdad que durante la época del poder soviético fue utilizada como almacén, a pesar de que se habló de demolición. Dicen que solo consiguieron destruir los archivos, a fin de que, demolida, no se pudiera reconstruir. No es menos cierto que destacadas personalidades del poder se opusieron radicalmente, por considerarla un valiosísimo museo del mosaico ruso. Fue su salvación. Hay quien afirma que, recién finalizada, cegaron al arquitecto que la construyó para que no pudiera repetir maravilla como esta. Lo cierto es que en el recorrido exterior notará el decorado con escudos de armas de las provincias que formaban parte de la Rusia de la época de Alejandro II, referencias a los hechos más notables de su reinado, escenas del Nuevo Testamento…
El interior es pequeño, íntimo, coqueto incluso, de una intensa belleza provocada sin duda por la diversidad de tonos y colores. Un verdadero lujo sacro, íntegramente decorado con mosaicos y azulejos siguiendo la técnica italiana del esmalte y con representación fundamental de la vida de Cristo y multitud de símbolos.
Auténtico lujo y delicia.
Es hora de sensaciones, quizá buscando un lugar para comer en las inmediaciones del canal o donde tomar una cerveza. Las sensaciones, que suelen acentuarse después del viaje, le pertenecen. Disfrútelas.