La búsqueda de un grito
Oslo, la antigua Christiania, es el eje político, cultural y económico de Noruega. Una ciudad llena de contrastes a orillas del Mar del Norte cuyos pozos petrolíferos cambiaron el rumbo del país hasta convertirlo para no pocos en el mejor del mundo para vivir, aunque, ya se sabe, hay razones para todos los gustos

«El grito», de Munch, la joya de la Galería Nacional.
Decía Fernando Pessoa que «los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos». No sé por qué tengo esta sensación en la capital de Noruega, Oslo, la antigua Christiania, eje político, cultural y económico del país. Una ciudad llena de contrastes a orillas del Mar del Norte –recorrer el fiordo en la cabecera de la capital, que lleva su mismo nombre, es referencia inevitable-, cuyos pozos petrolíferos cambiaron el rumbo del país hasta convertirlo para no pocos en el mejor del mundo para vivir, aunque, ya se sabe, hay razones para todos los gustos.
En Oslo triunfa la belleza de lo discreto y de la cercanía, pues, además, todo está a una distancia cómoda, a pie, sin que nada parezca alertar de prisas e inconvenientes. Quizá aquí resida uno de los secretos de la seducción que ejerce la ciudad que, junto, en general, con los países escandinavos, empieza a ser descubierta entre otros por los europeos del sur, que guardaban de aquellos países lejanos otros mitos menos confesables. Aquí se estrechan la mano con fuerza el pasado marítimo con sus flecos míticos y el presente dinamismo artístico, que se sustantiva de forma más visible en el casco histórico. Además de paraíso del agua, a uno se le antoja la ciudad símbolo de la vida y la escultura, poblada como está de admiraciones.
Estamos en el centro. Karl Johans Gate es la calle principal, donde reside, a mi juicio, la esencia de Oslo. Una experiencia llena de vida, donde, además de un sinfín de tiendas, bares, restaurantes, mercados, músicos callejeros…, propone a la vista, con sus aledañas incluidas, notables edificios neoclásicos y la presencia de la sede de algunas instituciones: Palacio Real, Parlamento, Universidad, Teatro Real o el lago Spikersuppa, congelado habitualmente en invierno y pista de patinaje entonces. Adelanto que es esta ciudad de museos y que cerca está el dedicado a Ibsen, que, con Knut Hamsum, conforman mis preferencias literarias noruegas. Hablando de preferencias y cercanías, la Galería Nacional. Ahora estoy convencido de que era la fuerza invisible que guiaba este viaje, aunque no sepa por qué. ¿Tendrá razón Pessoa? Y es que aquí está «El grito», el cuadro universal de Munch, al que, por cierto, se le dedica otro museo. «El grito» es la gran joya de la galería, aunque hay en ella muchos otros motivos para la emoción, que sentí con intensidad ante la obra que me convocaba a la visita. Recomiendo, si me permiten, la lectura del libro de P. Alarcó y C. Marcellán Noruega y Edvard Munch , un viaje que añade el profundo conocimiento de la obra del pintor a la visión personal del país.
El viaje siempre es un descubrimiento personal. Cada día estoy más convencido. Así y todo han de permitirme el atrevimiento de señalar algunos puntos que se hacen imprescindibles. Bajando hacia el mar, que aquí todo lo abraza y justifica, en el centro la imponente arquitectura del Ayuntamiento, que guarda en su interior murales y esculturas y es internacionalmente reconocido porque en él tiene lugar la ceremonia de entrega del Nobel de la Paz. Nada de extraño tiene que algunos hayan bautizado tanto a la ciudad como al puerto «de la paz».
Ya en el puerto, a la derecha de la bahía, Aker Brygge, un atracadero de barcos, un antiguo astillero, moderno y amplio complejo de ocio muy frecuentado y activo, con tiendas, restaurantes, bares, discotecas…, cuyo ambiente es recomendable por la actividad viva y festiva que respiran aceras y muelles en épocas de buen tiempo, convirtiéndolo en lugar de reunión. En la ribera contraria, la fortaleza de Akerhus, ubicada en una zona espectacular a orillas del fiordo, un buen ejemplo de la ingeniería militar medieval, hoy espacio de interés por la capilla, las criptas reales o los museos interiores, sede también de ceremonias oficiales.
Camino del edificio de la Ópera, que no se debe perder, encontrará motivos más que suficientes para detenerse. Si siempre es necesario un mapa con los mayores señalamientos posibles, en este caso es muy conveniente una cierta preparación previa del viaje para señalar, además de los comunes y necesarios, los puntos de posible interés personal. Asemejando un iceberg que emerge del mar, la Ópera, edificada sobre antiguos muelles, desde 2008 se ha convertido en uno de los escenarios más espectaculares del mundo. Añádase a la dimensión artística la visual, pues desde allí se pueden contemplar algunas de las vistas panorámicas más bellas de la ciudad.
Anoten este nombre: Bygdøy, «la isla habitada», que tal fue hasta finales de siglo XIX, hoy península gracias a que se rellenó un brazo de mar. Barrio residencial, alberga una selecta presencia de museos que testifican en muy diversos sentidos la riqueza de la herencia noruega. No sé si he dicho que Oslo es ciudad de museos. Aquí sí que priman los gustos e intereses personales. Anote: Museos de la Cultura Noruega, de los Barcos Vikingos, Marítimo… También, cómo no, la popular playa de Huk. Se puede acceder a esta zona desde las cercanías del Ayuntamiento en bus o ferry.
La periferia de Oslo está rodeada de colinas arboladas y de pistas de esquí con vistas excelentes, casas típicas y la presencia del mar que dibuja una geografía realmente espectacular. Dos referencias periféricas cierran este itinerario de urgencia –cada cual lo aplicará después a su tiempo- por la singular capital noruega. Visita indispensable, el Parque Vigeland, diseñado por Gustav Vigeland (1869-1943), al que dedicó su vida y tiene cerca un museo complementario. Si el parque es ya una excelencia en sí mismo, lo excepcional está en los más de dos centenares de esculturas con que lo embelleció, resultado, sin duda, de un escultor humanista, el más importante de Noruega, que dota a sus figuras de una intensa expresividad. El monolito, el verdadero icono del parque, con sus 14 m de altura, agrupa 121 imágenes representando los diversos ciclos de la vida. Además de la expresión de belleza, el conjunto invita a la reflexión, inevitable actitud del viajero que se precie.
Cierro en el Hollmenkollen, la impresionante rampa de salto de esquí, hecho a base de acero y hormigón, que se hace visible desde diversos puntos, al ser actividad deportiva que tanto interés suscita entre los noruegos. Además de albergar un museo de esta modalidad, el viajero tiene la posibilidad de admirar la rampa considerada la más moderna del mundo.