Genio y visionario
Cuando Antonio Díaz Fernández fundó en 1879 Bodegas Guerra difícilmente podría imaginar que casi 140 años después su empeño perdurase, sin duda perpetuado por Antonio Guerra Rodríguez, su sobrino y heredero, quien en 1925 tomó las riendas del negocio que sobrevivió al demo-
ledor efecto de la filoxera sobre la viña y el vino berciano.
Capaz de entender el potencial del negocio vinícola mucho antes de que se inventaran las denominaciones de origen y la poética de las contraetiquetas, Guerra no sólo universalizó sus vinos, sino que diversificó su actividad y elaboró brandis, ginebras, anises, aguardientes, vermouths y, por supuesto, el Colayork . El litigio judicial con la multinacional, al ser acusado de plagio, supuso el declive del imperio en 1961.
Pero de su memoria queda que fue un genio del márketing
y de la comunicación en radio y prensa —véase el documento superior, del año 1947— y que las marcas de sus bebidas compitieron en espacio en la Puerta del Sol con Cinzano o Tío Pepe. Su legado —etiquetas, documentos sonoros para publicidad, jingles, fotografías...— es de un valor incalculable.