puesta de SOL EN cIENFUEGOS
La conocida como ‘Perla del Sur’, en Trinidad, se encuentra abrazada al mar de las Antillas o Caribe. Es sin duda alguna la más francesa de todas las ciudades cubanas. Una joya diferente y única para un viaje de novela

Al Club Náutico se llega caminando por el maleconcito.
Estaba en Trinidad. No debía perder la oportunidad de viajar a Cienfuegos, «la Perla del Sur», abrazada al Mar de las Antillas o Caribe, tan novelesco, la más francesa de todas las ciudades cubanas. Setenta kilómetros, apenas hora y media de viaje en una guagua de Vía Azul. El trayecto es agradable, con tramos en que la carretera serpentea junto al mar, a veces contemplando el monte bajo o la desembocadura tranquila de algún río, siempre rincones atractivos y playas tentadoras.
Oficialmente no hay paradas. En la práctica, varias, según lo que hayan tenido o tengan que resolver los dos responsables de la expedición. La verdad es que el asunto familiariza el viaje, lleno también de estampas campesinas. Cuando se inicia ya la última bajada hay momentos en que la vegetación se convierte en un don. Entramos en la ciudad contemplando la fachada monumental del cementerio.
A la salida de la bulliciosa estación de autobuses es fácil que te acosen los taxistas. Aunque me gusta caminar, era la primera vez que estaba en Cienfuegos. Hice la carrera con el único que no me había vendido la moto –el carro habría que decir en esta ocasión—, precio convenido inicialmente. Me resultó justo y quedamos para la vuelta, en un par de días. Nada mejor que resolver con anticipación estos pequeños asuntos. Era mediatarde. Acomodado, le pregunté al dueño de la casa qué podía hacer hoy, consciente de que la noche se echa pronto encima.
-No estaría nada mal, para empezar –propuso con seguridad—, que caminara por el Malecón hasta Punta Gorda. La puesta del sol sobre la bahía es espectacular.
Me mostró el camino sobre un plano. Desde su casa, agradable, familiar y diáfana, fue mi guía de la ciudad este hombre, joven y culto, que parecía conocer todos sus secretos.
Salí a la calle en busca del Malecón, cercano.
El Paseo del Prado atraviesa la ciudad entera, incluso permanece su nombre en el malecón. Una calle lateral me condujo inmediatamente al último tramo del primero y rápidamente estuve en el paseo que mira a la bahía. Unos ochocientos metros de largo. Elemento identitario de la ciudad, es también escenario de no pocos actos festivos, caso de los carnavales. Construido en 1930, es objeto de permanentes mejoras –nunca, me dicen, parece rematado del todo—, con amplias aceras ahora, muy cuidadas, y cocoteros alineados en el centro. Es hermoso y tentador, de verdad, pero si hiciéramos un viaje ahora imaginario por los malecones americanos con encanto, habría de tomarse nota prioritaria, partiendo del malecón por antonomasia de la capital cubana y siguiendo por los mexicanos de Mazatlán, Puerto Vallarta y La Paz. O los de Lima, Guayaquil, Santo Domingo, Montevideo y Managua. O el norteamericano de Tampa. Por señalar algunos, aunque todos tengan sus encantos y su propia personalidad.
De cualquier forma, seguimos en busca del lugar y el momento recomendados, y frente al malecón se abre un entorno con casitas llenas de color que da paso a la amplia ciudad moderna. Dicho sea con toda la cautela y prudencia del mundo, pero, a mi juicio, esta vista ofrece un mundo diferente al de la Cuba tradicional, menos reconocida aquí, aunque las figuras que animan el paisaje –paisaje con figuras, inevitable y enriquecedor— siguen siendo las gentes amorosas y musicales que pueblan los cuatro puntos cardinales de la isla. Pasado el complejo «Los Pinos» y apenas sin darme cuenta, enredado como ando en estos asuntos de la identidad, siempre vaporosa y nunca uniformemente acelerada, estoy en lo que llaman «El Maleconcito», diminutivo que no admite dudas, de parecida estructura a su hermano mayor pero cuyo espacio abre la mano a edificaciones de ambiente más selecto y en cuyo entorno marino fondean embarcaciones de nivel. Un hotel y el Club Náutico de Cienfuegos, abierto en 1920 y los toques del verde y el blanco embelleciéndolo, se convierten un poco en símbolo de exclusividad de la zona. Hotel y club interrumpen el paseo, que retomamos después de pasados. Hermosa y relajante la lentitud del camino frente al mar. Hay sensaciones que no se explican.
Sensaciones también en el Parque de Esculturas que encontramos al paso. Diecisiete artistas de diferentes generaciones, códigos y materiales, exponen sus obras, firmadas, al aire libre. Pronto, Punta Gorda, rematada en el parque, declarado Monumento Nacional y en 2005, Patrimonio de la Humanidad por ser un ejemplo del planeamiento urbano, la higiene y la modernidad. Comprenderá fácilmente el viajero que se trata de una zona residencial de arquitectura racionalista de mediados del siglo pasado, elegante y bella. Aunque lejana, está prácticamente frente a la bocana de la, por mil razones, mítica bahía. Nada de extraño tiene que los aborígenes llamaran a La Punta Tureira, como referencia a algo hermoso, sorprendente.
-Siéntese con nosotros, si quiere.
Me lo propone una joven pareja argentina que entrelaza sus manos jurándose amor eterno con el sol como testigo en su rápida despedida de hoy.
Les hago caso. Mientras se besan dulcemente ante aquel espectáculo inolvidable, el sol se pone detrás de las palmeras en aquella punta alejada del mundo. Uno tiene la segura sensación de que el sol pertenece a todos, a pesar de que ahora parezca querer abandonar la bahía por la estrechez que le da paso.
Se lo digo a los argentinos.
Me sonríen con la placidez del amor que brilla en sus ojos.
Hago el mismo camino, ahora de vuelta. En uno de los mil laterales de la bahía, un luminoso propaga una frase publicitaria: «Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí». Es del famoso cantante cienfuegueño Benny Moré.
Volveré a otra puesta del sol, en esta ocasión sentado sobre el muro del malecón. Ahora quiero cenar un poco y tomar un mojito. Me han recomendado el lugar. Ya veremos. Mañana será otro día.