LUGARES FIGURADOS | LUIS CARNICERO, arquitecto y poeta. El verbo habitado (I)
Imagen del edén

LUIS CARNICERO
Hollando esteras de antigua hojarasca, llegaste a Vegabaño. Allí en la campera del sencillo refugio, verdecida y solemne -siega y majada- renaciste al Origen.
Bajaban entre meandros las aguas del Dobra, acallando otros cauces. El amanecer alentaba rojos vitrales. Sobre aquel Jardín, interior-exterior, parecían las montañas ángeles velados empuñando espadas de fuego melladas. Los Moledizos, Peña Bermeja, Peña Santa, Peña Beza… -inmensidades fundidas- eran abrazo-llama resguardando praderas.
Ascendiste por Cuesta Fría, entretejiendo con el sol marañas del bosque; y te abrazaste al anciano Roblón: a sus pies parecían dormir serpientes mendaces. Camino de la Cimera del Frade, el paisaje ofrecía entre humus susurros de fuentes, bestias invisibles, verdades ocultas, divinidad desbordada…
Al canal del Perro lo cegaba la nieve: alfombras oscuras quedaron extendidas al paso de aludes. No había bajado el argayo Carombo. Sí el de Cueva Oscura, arrancando troncos, desfigurando sendas, arrasando brotes. Y fuiste por el monte El Esquilo y por Los Brezales en busca de árboles heridos, raíces desnudas, neveros sucios… envueltos en luz. La nieve aquietada construía voladizos; un haya trémula, para defenderse, se abrazaba a la roca, vuelta pirámide.
Llegada la tarde con cantos de aves y barro brillante, volviste a Vegabaño, al claustro infinito ahíto de sombras, con ruinas de chozos y anillos de muerte: sólo la Piedra sabe del Cielo. Con Miedo-Cobijo contemplaste las nubes fluyendo, hilando y deshilando las cumbres.
Ya de regreso a Soto de Sajambre, el valle inflamado cerraba sus puertas. El ocaso ensayaba ciencia y conocimiento, pecados de lunas. Flores amarillas y flores violetas tapizaban las rocas. Eras sólo mirada sorprendida al descubrir la Forma en caprichos vegetales: un ciervo, una ardilla, pies descalzos, manos tendidas, torsos desnudos… Entonces descubriste que se te había permitido habitar el Edén —lugar de delicias y dudas— porque el niño que fuiste había hecho el camino contigo.
Y, oyendo murmullos de ríos, entornaste los ojos por volver a abrirlos besando vacíos, recreando fecundidades y asombros, ya errabundo, respirando en el aire el primer soplo del Verbo.