El barrio lituano de la utopía
En el sureste del país y a unos treinta kilómetros de la frontera bielorrusa, la capital, Vilna, Vilnius en lituano, ciudad de belleza y de asombros, de milagros y paradojas, siempre amable y grata, a pesar de que sus propios habitantes afirmen que discutir es el deporte nacional

Iglesia de Santa Ana, uno de los símbolos de Vilna
Lituania, que significa «País de las lluvias», hace honor al nombre y al frío, a pesar de ser una gran llanura cuya altura máxima apenas alcanza los 300 m. El clima lleva a hablar a los lituanos de «invierno verde, invierno blanco». La situación geográfica, con un lateral asomando al mar Báltico y fronteriza con países —Polonia, Bielorrusia…— tradicionalmente asociados a bajas temperaturas, aunque en este caso no sea el león tan fiero como lo pintan, explica buena parte del fenómeno. De ahí la recomendación veraniega para el viaje. La abundancia de bosques eleva dos árboles a la categoría de nacionales, ambos asociados a la energía, masculina el roble, femenina el tilo.
En el sureste del país y a unos treinta kilómetros de la frontera bielorrusa, la capital, Vilna, Vilnius en lituano, ciudad de belleza y de asombros, de milagros y paradojas, siempre amable y grata, a pesar de que sus propios habitantes afirmen que discutir es el deporte nacional. Supongo que como en tantos otros lugares.
Aquí iniciamos hoy el relato del viaje. La invitación.
Nos situamos, por citar un punto de referencia inevitable, en la Plaza de la Catedral. La ciudad se recorre con facilidad y habituarnos a ella no es tarea complicada, para nada, aunque el mapa-plano sea aconsejable. Al acabar nuestro itinerario de hoy habrá podido contemplar prácticamente la mitad de esos Top 10 clásicos. En otro momento distintos itinerarios nos conducirán a completar el conjunto de una ciudad que seguramente nos sorprenderá por su belleza y amigable cercanía.
Desde la plaza la calle Barboros Radvilaités —copio el nombre tal cual, por si acaso— le hace desembocar en el Jardín de los Bernardinos, hoy restaurado su ambiente auténtico del siglo XIX, en el que llaman la atención la fuente musical y un jardín de rosas. Prácticamente a tiro corto de piedra, la iglesia de Santa Ana –al lado, el monasterio de los Bernardinos—, obra maestra del gótico tardío y hoy uno de los símbolos de Vilna. Famosa y hermosa, de comienzos del siglo XV, es inconfundible por la construcción de ladrillo. Hasta treinta y cinco tipos distintos dicen que se utilizaron.
Estamos cerca del río Vilnia –dio nombre a la ciudad—, que desemboca, en el mismo perímetro urbano, en el río Neris. Siga la orilla del primero, naturalmente, hasta el puente que indica la entrada a la República de U?upis (U?upio Res Publika). Si continúa un poco más, antes de entrar en este barrio emblemático que se añade a los símbolos de la capital lituana, el mirador de la calle Subaciaus le permitirá disfrutar del hermoso panorama del barrio y la ciudad vieja. Seguramente ya habrá entendido por qué a Vilna también la nombran como «la Ciudad de las Iglesias», buena parte de predominio católico pero de gran diversidad tanto de culto como estética. Me aseguran que hay sesenta y cinco. No se tome la molestia de contarlas. Eso sí, es fácil que haya visto la iglesia blanca, ortodoxa, o será esa manía propia e inveterada de poner los ojos más atentos a este tipo de templos. Tengo que pensarlo.
U?upis significa en lituano «detrás del río», que lo rodea en buena parte. Y allí estamos, en esta pequeña república de artistas y soñadores, con su inevitable toque bohemio. No sé por qué a uno le gustaría explayarse en esta ocasión. Quizá por lo insólito. Pero el espacio se impone para dar paso, es verdad que como siempre, a la experiencia personal del viajero. Le adelanto, eso sí, que detrás de cierto espíritu tibetano que lo sustenta, se trata de una utopía cercana a lo infantil de artistas e intelectuales contraculturales que se lo pasan a lo grande organizando fiestas y jolgorios. El 1 de abril de 1997 una asamblea de vecinos decidió que un barrio como este no podía pertenecer a ningún Estado y lo convirtió en la República de U?upis, con su propios himno, constitución, presidente, gabinete de ministros, incluso un ejército formado por doce personas, obispo, dos iglesias, uno de los cementerios más antiguos de la ciudad, siete puentes y un ángel custodio. Lo cierto es que el barrio, poco o nada próspero hasta entonces, resurgió con vitalidad convirtiéndose en centro cultural y asentamiento de numerosos artistas. Hoy talleres, artesanías, galerías de arte, cafeterías, en el ambiente que anima su filosofía, atrae a numerosos curiosos como este que lo cuenta. Sus embajadas de ríos, nubes o lluvias están en la cima de la utopía, como su embajador honorario en España, don Quijote de la Mancha. La Constitución, que encontrará en varios idiomas, también en español, en una de sus calles típicamente medievales, empedradas no pocas, consta de 41 curiosos artículos que no debería dejar de leer. El Parlamento se reúne en la terraza de un bar. Debe de ser el único del mundo, al parecer y de forma visible al menos, en que se permite beber cerveza (por cierto, algunas de las elaboradas en el país —la Švyturys Baltijos, por ejemplo— tienen justa y acreditada fama).
Si coincide su visita con el 1 de abril, no olvide que es el día de la independencia. Un día de bromas en el país, como nuestro Día de los Inocentes, solo que allí lo llaman Día del Pescado. Será la razón por la que se recomienda comprar un pez vivo y dejarlo en el río. En algún tiempo el impuesto de entrada al barrio consistió en llevar dos piedras, supongo que para el empedrado. En el centro del barrio se erigió en 2002 uno de sus símbolos –la sirena y sus encantos, con leyenda, es otro—, el Ángel tocando la trompeta, obra de Vilciauskas, que simboliza la libertad creativa que impera en esta pequeña república. Me cuentan que ese día, en vez de agua, mana cerveza. Imagínense.
Ya me contará.
Prácticamente frente al puente por el que habíamos entrado, la Calle de la Literatura, peatonal, mucho encanto y un proyecto peculiar en que se hace referencia a unos ciento veinte escritores de todos los tiempos que han dejado huella en la ciudad. Paredes llenas de arte referido a los escritores, se trata de un hermoso rincón en que la expresión plástica y la palabra se dan la mano: ilustraciones y portadas de libros, piezas de arte, textos, objetos personales…
He de advertirle, por información y por si acaso, que visite el cercano Museo del Ámbar, el oro lituano, que puede comprar con garantía y buen precio. Ámbar –amuleto en algunos momentos históricos— y lino son las dos tentaciones más firmes y auténticas de compra.
Sea como fuere, haga lo que haga, nuestro próximo encuentro en la calle Pilies, eje vertebrador y sabroso de Vilna. Hasta entonces.