Diario de León

Jurmala, al lado del mar

La escultura de una tortuga gigante, en bronce, se alza como símbolo de Jurmala, en Letorina, puesto que parece marcar su ritmo tranquilo y sosegado. La playa de Majori tiene treinta y tres kilómetros de recorrido, con varios pueblecitos moteando el itinerario

La playa de Majori, de treinta y tres kilómetros, conocida por sus balnearios y barros terapéuticos.

La playa de Majori, de treinta y tres kilómetros, conocida por sus balnearios y barros terapéuticos.

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Letonia es el estado central de los llamados Países Bálticos, que conforma un trío junto con Lituania y Estonia. Riga es la capital letona, asentada en el recogido y bien dibujado golfo conocido con el nombre de la ciudad. A unos veinticuatro kilómetros, y por tanto en semejantes o parecidas coordenadas geográficas, Jurmala, que en letón viene a significar «al lado del mar» o «la costa del mar», según me explica mi ya buen amigo Juri Puljakov. «Aquí los nombres —dice— son muy descriptivos». Está claro, aunque el lugar fue conocido en alemán, durante mucho tiempo, como Riga-Strand o «Playa de Riga». Se ve claro que los alemanes tienen un sentido más práctico a la hora de los bautismos.

Lo cierto es que en una escasa media hora estamos en el corazón de Jurmala. Le advierto del dato por si le apetece una escapada a la playa en el caso de que ande por estas latitudes en época propicia, que servidor considera como tal finales de la primavera o verano. Aparte de la distracción transitoria de la búsqueda del espíritu hermoso de Riga, supone también un desafío al Báltico, que no es tan fiero como lo pintan. Nada mejor que comprobarlo. En realidad, tuve la sensación de una playa estática, sin apenas olas que la alteren, para entendernos, con un mar tranquilo y arenas finas. Eso sí, no pierda de vista que Juraté, la sirena maldita que atravesó las aguas del mar Báltico, regresa a la superficie en busca de un nuevo amor. Lo cuenta la escritora colombiana Carolina Andújar en ‘El despertar de la sirena’, un hermoso libro acerca de la infinidad del mar, de los seres extraños que lo habitan y sus leyendas. No es mal momento ni lugar para iniciar su lectura, no sea el diablo que le diera por aparecer…

Puljakov, el ruso amigo, obstinado como las decisiones de un zar clásico, me hizo subir a un mirador, a pesar de mi cautela, lo que me impidió tomar nota del nombre correspondiente.

—No confíes nada a la memoria — sentenció, con esa entonación inconfundible del ruso que habla, más o menos, nuestra lengua.

Creo recordar ahora que era el piso superior de un hotel céntrico.

Él quería mostrarme, y con cuánta razón, la vista que dibuja el bosque a un lado, al otro el mar. El primero, tupido, se pierde hasta donde alcanza la vista, como ocurre igualmente con la playa, también a nuestros pies. Seguro, como supe más tarde, que tras la insistencia se escondía la afirmación de que esta ciudad dispersa que contemplábamos es la ciudad más verde de Letonia, en la que se hermanan el aire de los pinos y la suavidad del mar. Un lugar, de cualquier forma, y además de benéfico, interesante, limpio y cuidado. La calle principal, Jomas, peatonal, se llena de vida en sus tiendas, cafés, quioscos, restaurantes…, con música permanente.

Accedo a la playa justo al lado de una tortuga gigante, en bronce, la escultura que se alza como símbolo de Jurmala, puesto que parece marcar su ritmo tranquilo y sosegado. La playa de Majori tiene treinta y tres kilómetros de recorrido, con varios pueblecitos moteando el itinerario. Supongo que ningún viajero tenga la tentación de recorrerla íntegramente, aunque todos se fijarán seguramente en el complejo hotelero de hormigón, que recuerda la época soviética, ahora un poco maquillada con el nombre de «Hotel Baltic Beach». O quizá los balnearios, las fuentes de agua mineral o los barros con propiedades terapéuticas, condiciones que, junto a las ya apuntadas, le dieron fama como centro de rehabilitación y, como consecuencia casi inevitable, la presencia de numerosos sanatorios, y uno de los destinos más populares de la Unión Soviética; hoy, después de la recuperación con nuevos atractivos –festivales de música, de verano, de ajedrez, celebración del día más largo del año…—, es el destino vacacional más emblemático de Letonia. No cabe duda de que los vaivenes sociopolíticos y de ocupación también han trazado aquí el perfil de una larga y curiosa historia, que se inició a finales del siglo XVIII y se fortaleció a partir de la segunda mitad de la siguiente centuria con la construcción de pequeños apartamentos, chalets de madera, villas…, lo que en realidad es, una serie de pequeños centros turístico que incluyen unos cuantos nombres.

Un día distinto, aunque no menos interesante.

Espero, y deseo, que le haya merecido la pena.

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