El tren del valle de los ingenios
La ciudad de Trinidad junto a este valle fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1988. Una forma inmejorable de conocer todo el entorno es hacerlo en tren. Un viaje mágico y casi de película más que recomendable

ALFONSO GARCÍA
La ciudad de Trinidad, un hermoso conjunto que parece detenido en el tiempo, fue declarada, junto al cercano Valle de los Ingenios, a donde viajamos hoy, Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1988. Le recomiendo que haga el viaje por libre, saliendo desde la estación de Trinidad, a la que debe llegar con antelación para que no haya problemas de billetes. En Cuba siempre es aconsejable anticiparse a los acontecimientos.
La estación es pequeña. El andén, atravesando la calle. No hay ninguna dificultad. El tren es conducido por una máquina diésel de muchos años –hasta no hace mucho era de vapor—, con tres vagones de madera, abiertos –el buen tiempo tiene sus ventajas—, lo que permite una más cómoda y perfecta visión del paisaje a los dos centenares, como máximo posible, de viajeros, turistas la mayor parte. Unos veinticinco kilómetros de trayecto para admirar, en el corazón verde del Valle de los Ingenios, algunas del más de medio centenar de fábricas de azúcar (ingenio es la hacienda de caña donde se fabrica) que convirtieron a la zona en la mayor productora nacional. Es bueno recordar que cuando España introduce la caña de azúcar en Cuba, son dominicos españoles los que crean el primer ingenio, a finales del siglo XVI. Consta el dato, donde lo leí, en el complejo dominico, con hermosa iglesia, en la Calle 19 del barrio habanero de El Vedado.
Arranca el tren. De verdad pienso que estoy viviendo una película. Si apuro la suposición del recuerdo, que me cuentan algunos personajes que lo han vivido, lo veo lleno de caña y sacos de azúcar transportados desde el interior hasta el puerto de Trinidad. Además de la belleza de la ciudad, tiene esta joya colonial otras posibilidades, como la que acabamos de empezar a vivir, dado que en algunos tiempos contó con una clase económicamente poderosa, capaz de exportar el azúcar que producía.
El tren, que no va lleno, ni mucho menos, permite bastante movilidad, siempre de agradecer, más en este caso en que la avidez por grabar todo en la retina se ha apoderado de buena parte del pasaje. Hemos tomado todos posesión del paisaje, con algún túnel inicial y un puente sobre todo en el que el convoy parece suspenderse en el vacío. Quedan moteadas, a ambos lados de la vía, vistas con la lentitud con que transcurre el viaje, casitas campesinas, su vida sencilla y humilde en que se hace notable la despoblación y el envejecimiento.
No tarda mucho en llegar al poblado Manaca-Iznaga, uno de los puntos que tenía especialmente anotados, nombre que se debe a José Iznaga, trinitario descendiente de vizcaínos, que compró la hacienda en 1795 y creó una dinastía profundamente vinculada al azúcar. Cuentan de uno de sus miembros que, dado el interés norteamericano por construir pisos liquidando la fisonomía de Trinidad, él compró gran parte de la ciudad para evitarlo y conservarla. Me detendré aquí a la vuelta, pues, al parecer, hace entonces una larga parada. Ahora atiendo a algunos vendedores de bananas que se acercan a la estación. Qué variedad, cuántos nombres, qué sabor. Es hoy mi comida.
Toda conversación en Cuba es fácil. Lo hago con responsables de este tren especial, que me explican y sugieren infinidad de cosas sobre el Valle.
-Mira el mapa –y me lo regala—. Los ingenios estaban conectados por este ferrocarril, por una línea de vía estrecha, hoy abandonada, que transportaba la caña desde diversas zonas del Valle, y por el río Agabama, que en el último tramo recibe el nombre de Manatí, entonces navegable.
Sigo con el dedo el trazado del tren y del río sobre el mapa. No lo olvide. Me imagino las líneas de vía estrecha desaparecidas, mientras continúa el traqueteo por las ondulaciones del territorio. Llegamos al ingenio CAI FNATA, final del trayecto. Fundado en 1893 y cerrado en 2001, uno se puede imaginar, al margen de los paneles informativos, cómo era el proceso de producción. La caña llegaba desde diversos puntos.
-Había unos novecientos trabajadores cuando cerró –me asegura un vendedor de cocos, que los lleva en un carretillo y los taja perfectamente con un golpe de machete—. En el poblado ya queda poca gente y vivimos de la agricultura. O de lo que podemos.
Una pequeña Sala de Historia, un tanto descuidada, satisface algunas curiosidades. Allí me encuentro con una profesora andaluza, que hace el mismo viaje e investiga sobre el tema.
-Cada hacienda –me explica— tenía también su propia producción y transformación. Conocer este proceso y el entorno paisajístico merece la pena. Es una historia apasionante, llena de vaivenes y contrastes. También de cierta desilusión. Todo nos habla de cómo fue la vida en este valle.
Está animado el andén. Charlas, refrescos, cocos y cervezas.
Llegamos a Iznaga, a secas, como algunos lo nombran. Unos cuarenta minutos. Desde el andén sube una callecita en cuesta hasta la hacienda –hoy convertida en restaurante— y la famosa torre. En el trayecto le ofrecerán de todo. «Manzanas, bananas, peras cubanas» cantan. Y tejidos. Tome nota de algunas camisas especialmente atractivas. A veces las ofertas mezclan frutas y prendas. El regateo es posible.
Contemplo la torre. Es fácil deducir lo que me había contado el revisor, culto y amable: fue un lugar excelente para vigilar los movimientos de los esclavos. Si sube, previo pago de 1 CUC, lo entenderá perfectamente. Unas escaleras interiores de madera van dando acceso a las diversas alturas. Majestuosa y desafiante al tiempo y las inclemencias meteorológicas, la Torre de Iznaga, con medio centenar de metros de altura, brinda desde sus miradores una hermosa visión del territorio circundante.
Construida entre 1815 y 1830, hoy considerada un tesoro histórico, la visita nos llenará seguramente de esa cultura, de olores y de paisaje. Y de historia y leyendas. Me quedo con una. El revisor insiste en que es verdadera. Iznaga tuvo dos hijos, Pedro y Alejo, que se enamoraron de la misma mujer, una bella mulata. El padre quiso resolver el dilema asegurando que se casaría con ella quien construyera la torre más alta o cavase el pozo más profundo. Ambas cosas existen. Tan ocupados debían de estar en la tarea, que el asunto acabó con la mulata casándose con el progenitor de los mozos. «Se la birló», resume. Y se ríe. Siempre son peligrosos los terceros en discordia. Eso dicen.
Una hora hasta Trinidad. Palmeras, plátanos, vacas y caballos, algunas aves que sobrevuelan el paso, majestuosas. Los campesinos, atareados con sus labores. Unos niños saludan a los viajeros levantando la mano desde una casa aislada del mundo. Seguramente les encantaría viajar en este tren de la historia y de los sueños.
Llego con esta imagen infantil a la Ciudad de Piedra. La tarde empieza a declinar.