La dama de dublín
Con algo más de un millón de habitantes, la capital de Irlanda resulta una ciudad muy atractiva y cercana que vive una intensa vida pendular entre la tradición y la modernidad. Cultura, gastronomía, arquitectura, historia… tienen razones más que suficientes para que el viajero vaya descubriendo un conjunto bien enhebrado

La imagen superior es el Samuel Beckett Bridge, el puente futurista de Calatrava sobre el río Liffey. Las imágenes pequeñas, de izquierda a derecha, sonla Guinness Storehouse —que ofrece interesantes vistas panorámicas de la ciudad—; la Christ
Asombra el verde intenso de Irlanda, un país de extraordinaria calidez humana que guarda buena parte de sus esencias en los contrastes tantas veces inesperados, en el ambiente del paisaje que esconde tantas revelaciones y sorpresas. Con algo más de un millón de habitantes, su capital, Dublín resulta una ciudad muy atractiva y cercana que vive una intensa vida pendular entre la tradición y la modernidad. Cultura, gastronomía, arquitectura, historia… tienen razones más que suficientes para que el viajero vaya descubriendo el conjunto bien enhebrado y dispar de la fisonomía, también interior, de una ciudad que deja, al abandonarla, un poso, un regusto de placentera serenidad, con las intensas sensaciones en que se alimentan ambas palabras. Aunque quien esto escribe le sugiera algunos asuntos, de relieve sin duda y fundamentalmente céntricos, a cada cual corresponde completarlos y enriquecerlos. El viaje es una pasión personalísima.
Sin perder nunca de vista parques y jardines, los juegos arquitectónicos le llamarán la atención seguramente, empezando por el castillo, en pleno corazón de la ciudad y cuyo origen habla de fortaleza vikinga. Además de este y otros varios ejemplos de arquitectura histórica, la modernidad se da cita, por referir algunos casos, en el Samuel Beckett Bridge, el puente futurista de Calatrava sobre el río Liffey, en cuya desembocadura se asienta la ciudad, o el curioso monumento The Spire –oficialmente, Monumento de la Luz—, una columna puntiaguda de 120 m de altura en la céntrica calle O’Connell, llena de bares, restaurantes y tiendas.
Estoy en Grafton Street, peatonal, muy céntrica, bulliciosa y comercial, entre Trinity College y el castillo. Aquí la música callejera cobra vida, como en buena parte de la ciudad. Por supuesto, anticipo que los pubs –no olvide recorrer algunos— son imprescindibles: en esos espacios divertidos y casi familiares la música suena mejor con una pinta. Si desea uno especial, símbolo de la cultura alternativa, el Temple Bar, en uno de los barrios más antiguos y carismáticos, bien ambientado a cualquier hora. Hablando de cervezas, no puede abandonar Dublín sin visitar Guinness Storehouse, la antigua fábrica, un verdadero icono de la bebida famosa y valorada. Tomar allí una pinta, con la espuma justa, se convierte en un verdadero rito al que añadir el ambiente y las vistas panorámicas de la ciudad. Es bueno brindar entonces por amigos y conocidos.
Bueno, ni quiero ni puedo olvidarme del lugar donde estábamos y sus posibilidades. Dos catedrales, referentes en ambos casos: Christ Church Cathedral, el edificio más antiguo de Dublín, y Saint Patrick’s Cathedral, igualmente medieval, la más grande del país y erigida en honor al patrón de los irlandeses. Otro de los emblemas de la capital irlandesa es el Trinity College, la universidad más antigua del país (1592) y una de las más antiguas del mundo. No pueden dejar de ver su extraordinaria biblioteca y uno de sus tesoros, el Book of Kells, manuscrito debido a monjes celtas hacia el año 800 y cuyas colas para la visita se hacen a veces interminables.
Este famoso manuscrito es otro de los elementos que conforman el conjunto de Ciudad Literaria, declarada por la Unesco, galardón que ostentan otras en el mundo: San Petersburgo, Lisboa, Londres, Granada, Edimburgo, París… Decía Fergal Keane que «Poemas, obras de teatro, novelas e historias conforman la personalidad de Dublín de un modo que jamás he visto en ninguna otra ciudad». Su cultura literaria sigue muy viva, y lo mejor es el aprecio que los dublineses sienten por ella. James Joyce, Bernard Shaw, Samuel Beckett, Brendan Behan, Jonathan Swift, Oscar Wilde, William B. Yeats, Seamus Heany…, respetados y queridos junto a una larga lista que continúa la tradición, tienen sus nombres grabados en diversos lugares y numerosas actividades a lo largo del año: Museo de Escritores –hay otros muchos de interés—, Rutas Literarias, Ruta de los Pubs literarios, donde muchos escritores dejaron huella (el lugar de encuentro es el Duke, cerca de Grafton Street)…
Entre las historias a las que tan aficionados son los irlandeses, Dublín recuerda una especialmente, asociada a un personaje muy querido por la ciudad, que recorre aún hoy su espíritu y se ha convertido en todo un símbolo: el monumento a Molly Malone, la dama de Dublín –inaugurado en 1987, con motivo del milenario de la ciudad—, ante cuya figura se fotografían tradicionalmente vecinos, turistas y viajeros. Tanto es así, que la canción que encabeza su nombre es popular en Irlanda y se ha convertido en el himno no oficial de la capital. A su divulgación y conocimiento ha contribuido el cine, de forma especial sin duda La naranja mecánica.
Ubicada en la calle Suffolk, cerca de donde estaba antes, en la calle Grafton, es una figura muy querida y estimada por la población, una verdadera leyenda urbana. Aparece Molly Malone con un vestido negro, de generoso escote. «¡Berberechos y mejillones!», pregonaba por las calles tortuosas, con su carro inseparable –La golfa con el carro, suelen llamarla de forma afectiva y coloquial—. Y es que la historia cuenta la de la hermosa pescadera que ofrecía a la venta esos productos del mar. Una fiebre traidora acabó con la vida de la muchacha en plena calle, y para redondear el misterio sobre el personaje, añaden algunos ser de día tendera, prostituta de noche. A saber. A saber si existió. Quienes lo niegan lo hacen con la boca pequeña. Los que afirman haber sido de carne y hueso la sitúan con entusiasmo en el siglo XVII. Unos y otros, sin embargo, no dejan de hacer circular historias de amor de personajes que se prendaron de su belleza. Será conveniente recordar que Dublín, según estimación bastante generalizada, es la ciudad más romántica del mundo. Tendrá algo que ver, digo, y es un aviso para navegantes interesados, que San Valentín está enterrado aquí, en la iglesia carmelita de Whitefriar. Peticiones no le faltan. Es otra historia.
Dicen, y acabo, que quien toque los pechos de Molly Malone volverá a Irlanda. Por su brillo no parecen ser pocos los que siguen el ritual. Servidor cumplió. Por si acaso. No se necesita dar ninguna otra explicación.