Siete calles para una ciudad
Bilbao ha sido capaz de integrar su ya clásica modernidad estética con el casco viejo. Quizá sería mejor decir la complementariedad. Integrar o diferenciar los elementos es asunto que en buena medida corresponde al viajero

alfonso garcía
La historia de las ciudades es difícil de simplificar, más aún, como en no pocas, cuando sus procesos se superponen para configurar la imagen actual. Es el caso de Bilbao, que en su conjunto ha sido capaz de integrar su ya clásica modernidad estética con el Casco Viejo, a donde vamos hoy, y cierto espíritu medieval. Es verdad que en pocos sitios los contrastes parecen estar tan vivos, lo que favorece la diversidad. Quizá sería mejor decir la complementariedad. Integrar o diferenciar los elementos es asunto que en buena medida corresponde al viajero.
Es cierto que todos los caminos conducen…, con más facilidad aún si se pregunta. La última vez que estuvimos en Bilbao le dejé en el Guggenheim. Podría seguir desde aquí, por la orilla de la ría, enriquecida con esculturas, hasta el Puente del Arenal. Prefiero llegar a él en esta ocasión desde la Gran Vía que lleva el nombre del fundador de la ciudad, convertida en centro comercial y financiero, jalonada en su trayecto por notables edificios. Elegido cualquier camino, lo cierto es que, atravesado el puente apuntado, nos encontramos con el imponente edificio del Teatro Arriaga, de 1890 e inspirado en la Ópera de París. Podemos asegurar, sin miedo a la equivocación, que el Arriaga es la puerta de entrada al Casco Viejo. Hemos de señalar, para no perder la oportunidad, que un poco más allá, y siempre al lado de la ría, todopoderosa y omnipresente, está el Mercado de La Ribera, recientemente remodelado, como un barco varado en el puerto viejo, dicen que el mercado cubierto más grande de Europa –lleno de sabores y del color de sus vidrieras-, que en buena parte explica el secreto de la exquisita cocina vasca, y que hoy, en la parte baja, también se ha convertido en punto de encuentro y reunión en torno a la degustación gastronómica y otras diversiones. Que para remediar al menos algunos pecadillos está, al lado mismo, la iglesia de San Antón, delicado gótico de finales del siglo XV, sin duda el más popular templo bilbaíno, hasta el punto de estar representado, junto con el puente vecino, en los escudos de la Villa y de su equipo de fútbol más representativo.
(Dudo, hasta este momento, de abrir o no un breve paréntesis para un apunte lateral. Frente al Teatro, al otro lado de ese brazo de mar que serpentea por la ciudad, un edificio singular, modernista, de principios del siglo pasado, patrimonio genuino en el entramado arquitectónico bilbaíno: la estación La Concordia, testigo de tantos movimientos humanos cuando esta tierra vivía con intensidad su fortaleza industrial, sigue atrayendo la imagen de su combinación de cerámica, cristal y hierro forjado).
Volvemos, después de la anotación entre paréntesis, al punto donde habíamos dejado la narración. En la iglesia de San Antón. Sabe de sobra el viajero que en un momento las imágenes se convierten en una forma de recuperación de vida y sensaciones. Mantenga esta viva, mientras, de espaldas a la ría, entra en el verdadero entramado del Casco Viejo.
El nombre define la raíz histórica del espacio que visitamos, el corazón del Bilbao de siempre, donde nació la Villa en el año 1300, con las Siete Calles que la conformaron en el inicio de su peripecia. Zona dedicada antiguamente al tráfico mercantil y portuario, ha sufrido una profunda regeneración en la actualidad, sobre todo a raíz de las graves inundaciones de 1983. Declarado Monumento Histórico-Artístico el conjunto, hoy es espacio peatonal muy transitado y comercial, con abundancia de bares, restaurantes y centros comerciales, rincones y placitas entrañables, vida en definitiva, sin duda referencia ciudadana notable. Nada de extraña tiene por tanto la recomendación de perderse por él. Este tipo de pérdidas maravillosamente intencionadas son, sin duda, las más gratificantes y provechosas. Hasta caminar sin rumbo, esperando que salte a la vista la sorpresa. Y saltará pronto y de manera continuada. La arquitectura de varias épocas, con no pocos edificios emblemáticos, aparece en cualquiera de los trayectos posibles, algunos como verdaderas joyas. La variedad satisface muchos gustos, esperemos que alguno coincida con los suyos. Como pueden coincidir los intereses de los museos –Vasco, Arte Sacro, Arqueológico, Etnográfico, Pasos de Semana Santa…- que van apareciendo a lo largo de nuestra caminata callejera. Cuando hay capacidad de elección, los asuntos se hacen más intensos y agradables.
Es fácil que incluso haya entrado al Casco Viejo por la calle Ronda, en cuyo númer?o 16 una placa recuerda la casa natal de Miguel de Unamuno. Uno tiene el gran poder en este y otros casos de la imaginación. Y se imagina a Miguelín -¿por qué pienso que lo llamarían así en casa y en el barrio?- corriendo por las estrecheces de estas calles, ajeno a la realidad y compromisos que poblarían su vida. Muy cerca de la catedral, me imagino la presencia de un Cristo que influiría más tarde en el poético velazqueño. Sentirá la presencia de Unamuno, en todo caso, el caminante en varios momentos, aunque la imagen presidiendo la sala de actos de la Biblioteca Bidebarrieta –pasará, seguro, por delante- a uno se le antoja, además de simbólica, antológica. Hecha la referencia a la catedral, parece obligada la afirmación por mi parte de haber confesado en los últimos tiempos bilbaínos dos auténticos descubrimientos, el Museo de Bellas Artes, como ya reconocí en otra ocasión, y esta catedral que se convierte en referencia inevitable del Casco Viejo y de la entera ciudad. Una verdadera joya llena de sensaciones y emoción. Una joya de bella traza gótica del siglo XIV, en que todos los elementos convergen en un espacio reducido con toda la fortaleza y plasticidad. Además del ambiente, recogido e íntimo, este viajero ha anotado en su cuaderno algunas imágenes: el Cristo referido, sobre todo, y el sagrario de piedra arenisca del siglo XV que hoy sigue utilizándose el día de Jueves Santo. Recomendada encarecidamente su visita, a pesar de que afeen un lateral exterior algunos adosados anacrónicos de mal gusto. Anote también, por merecimientos, dos templos barrocos, el de los Santos Juanes y San Nicolás.
Se habrá convencido seguramente de cuántas posibilidades tiene hoy en este Casco Viejo sorprendente y menos conocido de la importancia que merece. Pero sería un pecado de alto calibre no involucrarse en el poteo y los pintxos que durante todo el recorrido se ofrecen como hermosa tentación, irresistible. La Plaza Nueva, neoclásica, que responde al espíritu ilustrado bilbaíno del momento, es un buen punto, porticado además, para tan agradables menesteres. Aquí, ya se sabe, la cocina es un arte y se sigue produciendo una verdadera revolución del pincho. Disfrútelo. Disfrute de este día especial.