El mejor chaflán de León, esquina para un maragato
No hay que elevarse mucho para mirar la vida que apreciaron los astures, en la mejor esquina de León, del chaflán de ribera de la confluencia del Esla y el Porma. Confluencia, no coincidencia, que no existe. Tampoco para explicar este enclave brillante, que no es una casualidad

Los que creen en las coincidencias y explican la vida como resultado de las casualidades, se quedan sin palabras en Lancia que, para suerte del pasado de León en el que a veces se rebusca con el fin de cimentar el futuro, no era un coche de alta gama italiano; no era sólo eso, con su Integrale incorporado, y las prestaciones que necesitaban las marcas de motores de combustión de muchísimas prestaciones para hacerse campeones del mundo de rallies de tierra. Hubiera sido emocionante comprobar la potencia de los motores en ese cerro que preside en forma de acantilado el balcón con vistas a la confluencia del Porma y el Esla, que no es fruto del azar. Las casualidades no existen, y menos en el repertorio de los accidentes geográficos que se dejan mirar desde puntos elevados para dar compresión a las dudas que suelen crear los grandes interrogantes que aprisionan a la humanidad. A dónde vamos, de dónde venimos, y otros espacios sin retorno que el viajero resuelve con nitidez así que se asoma a la proyección que deja el cerro en forma de acantilado que perfila la salida del sol en la vega de Villarente. Qué cosas encontraron los romanos cuando extendieron las fronteras de la provincia Tarraconense hasta los confines imaginarios del poniente. Las coincidencias son una fábula, podría razonar el Porma mientras degusta un café y se le apega el Esla por la izquierda en la barra del abierto hasta el amanecer en el que se encontraron, y el Porma pide explicaciones por esa invasión intolerable para un río que se precie y no quiere perder pie por la margen izquierda, bendita margen izquierda del Porma, que a fuerza de arrastres y avenidas le fue royendo el mítico Astura a base de mordiscos distraídos, como el que no quiere y aprieta los dientes mientras señala, mira, la Luna, qué bonita, en ese detalle tan musín que delata a los leoneses y su adn. En honor a la postura disimulada del Esla mientras come parte de la esquina, habrá que elevar a definitivas las conclusiones que esto no fue un imprevisto, una sincronía, y sí fruto de un diseño detallista del creador que necesitaba ampliar el ángulo de la mirada para satisfacer la modorra de las siestas en verano y dar rienda suelta a la urgencia de los desvelos en mitad del relente que lleva a ebullición el punto de rocío en el invierno. De ahí esas dos vegas que se hacen una entre tierras latentes en enero y florecientes en mayo, mientras reparten el cálculo entre si son maizales o avena forrajera el brote que se intuye en el corte a cepillo que dejan las aguas nieves de semana santa. No hay réplicas de mentes sabias que cuestionen que en ese vértice que pone fin a la loma que escolta las carreteras al priorato de Escalada, por un lado, y amuralla la costa sur del Moro, por el norte, con injerencias ya en el dominio del sobrante del Condado, es el mejor saliente de León, en esa forma de acantilado que deja al viajero recrear todo lo que cimienta hasta donde le da de sí la vista. Incluidas, allá al confín del oeste, algunas prominencias de los Montes de León, donde el Teleno despeja las dudas sobre la conexión astur. Es posible que en los atardeceres de enero se hicieran señales de humo, para extender las novedades y urgencias de Publio Carisio en el cogote. Más, en la esquina más gloriosa de León. Gran esquina para un maragato.



