Diario de León

Un río sobre dos aguas: así nace el Órbigo

Dos ríos leoneses, adultos y libres, dan a luz a uno mayor que habla maravillas de los padres que le fecundan entre choperas. Así el Omaña y el Luna se hacen Órbigo

Publicado por
L. Urdiales

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Dice mucho de los padres cómo salen los hijos; sobre todo, cuando los hijos se abren al mundo, y la cuerda se hace cada vez más larga, hasta que termina por romper con el vientre materno, al que necesitó estar enchufada. El cable. Dice mucho de los padres del Órbigo cómo es la criatura, generosa y desprendida, ordenada dentro de lo que cabe a un accidente geográfico que surge en mitad de una coincidencia; hay que verlo, en esa horqueta de los valles al norte de León, y las veredas se arrugan, y los pasillos se estrechan, y el punto de vista termina en la diana de las cumbres. Ahí empieza todo, en las cumbres, pese a que la criatura que ocupa ahora la mirada del viajero acuna los primeros lloros en mitad de un área ribereña; con sus cantos rodados, sus raseras, el pedregal que dejan los arrastres. Las tabladas ocasionales que permite el rebaje del caudal en el estío. Cualquiera diría que allí nace un río, entre un bosque de choperas con cara rectangular, únicas líneas rectas que se permite un paisaje del corazón de León, creado al libre albedrío. Como la coincidencia de los padres que engendran la criatura; que se fueron a conocer porque no les quedaba otro remedio, al final de ese recorrido que acelera al infinito y termina por colocarlos de cara, de bruces. Así empezó el encanto. Y ni una riña, por la cual, los dos, el Omaña y el Luna, iban a disponer dominio sobre el resultado de la albricia. Ni el alocado Omaña que husmea en cada registro del valle que atraviesa, de esquina a esquina, mientras cambia el sentido de las agujas del reloj y lo mismo se acuesta contra el litoral del poniente que pone las márgenes derechas del cauce como corazones tendidos al sol de primavera. Lo del Omaña tiene un par de pases por el psicoanalista, a ver cuánto hay de gloria en cada giro que interpreta mientras parece que el lecho replica el trazado de un circuito de automovilismo, con todos los extras, hasta los boxes para cambiar el calzado de suelo húmedo a seco. Y que cuente cómo llega al estuario de Secarejo a entregar la mercancía cristalina, intacta, sin un rasguño, en medio de ese parloteo alegre que saluda al Luna, en el instante del primer roce, en el que no se distrae del objetivo. Sin arrumacos, sin preludio, que hay que fecundar un río. Y el otro, que lleva a las espaldas un viaje retrasado con transbordo en el intercambiador del embalse, una anomalía inaceptable para el curso natural de las cosas, se deja envolver, hasta que el rebozado hace imposible distinguir si el verbo es fruto del deshielo de Rosales, del viento que sopla el torrente desde Andarraso o Inicio o tiene más que ver con la denominación de origen de los aguaceros que rebosan las regueras de Torrestío, el paseo acelerado de las caldas o esa aportación siempre noble de Aralla. El grano que ayuda al granero. Otra parábola infinita de León. Las aguas juntas, al fin; las de las crestas de Abelgas, que en otro capricho de los cielos cayeron de espaldas, en vez de al paseo guiado por las lomas, la sagrada Llomba leonesa que imparte la doctrina del creador e invita a seguirla. Hay un punto obligado para el viajero en León, al noroeste de Secarejo, en un paraje que ampara la recreación de los condados británicos en los que los escoceses trataron de sacarse de encima las uñas de los reyes ingleses. Si el viajero tiene la suerte de cara, como el viento que despeja el bochorno, podrá encontrar una mañana de bruma, que levanta a la vez que los reflejos plateados de la recién nacida criatura, que viene al mundo con forma adulta, pero no deja de ser un pequeño infante juguetón como muestra en esos primeros pasos del lecho, en el que han tenido que encauzarle para que no se desparrame, otro fruto del comportamiento inherente a la especie que está en el adene de cualquier río. No sería río si no tuviera tentaciones a salirse de madre. Si el turista toma un poco de perspectiva, en las laderas del que ya es Órbigo, podrá comprobar punto por punto cada detalle de la escena; que incluso, se habrá podido quedar corta porque se amontonan a borbotones en esa zona de acción del momento en el que dos ríos leoneses, adultos, voluntarios y libres, dan a luz a uno mayor que no hace otra cosa que hablar bien de los padres que le dan la vida en una esquina entre choperas.

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