Diario de León

A la orilla del Esla: la vista de Alfonso IX

Se quedó con el Almirante, pero la toponimia justa para este punto que fue Castro Roda le debe la semilla a Alfonso IX, el rey de León que elevó el reino al cielo de este jardín del Esla

A la orilla del Esla.

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Luis Urdiales

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Fue relevante en la estrategia de Alfonso IX; razón de más para saber de los sueños de los reyes de León y de las pesadillas de quienes los sucedieron. Qué fue de los sueños de León cuando tomaron cuidado en resolver el futuro del reino. Alfonso IX repobló este punto que asoma al Esla, un poco retirado, como quien quiere dejar pasar de largo la riada y quedarse con el arrastre, que daba huerta y cultivo. Le resultará fácil al viajero ambientar lo que ve desde estos dominios sobre los cimientos históricos que lo inspiran; los que precedieron a este arrimadero del viejo río de orillas viejas que lavaba la cara de los astures e hizo dudar a los ingenieros de caminos romanos del concepto que Plinio tenía sobre las canaletas y los acueductos. Es fácil que el viajero se llegue a emocionar por lo que tiene delante, y por lo que deja detrás; porque mientras mira a esa secuencia de los copas interminables de chopos, que terminan por formar arboleda, ejército y a la vez muro, jardín y paraguas, que ampara un ecosistema en el que el hombre es la especie a extinguir, mientras resiste envites y acoso por tierra y aire, y ventanillas administrativas, el viajero, a esa altura del pasaje ya peregrino de su propia existencia, tendrá detrás los cimientos y vestigios de un castillo, el fuerte que representó el momento de esplendor del enclave; que no fue un rato, tampoco, doscientos años, casi como la época de gloria de los yankis. Allí está la lizaz, testigo de cargo para que el viajero se crea que la belleza que tiene ante sí es tan cierta como floreciente la referencia histórica que quedó escrita en la terraza. Frente a la lengua interminable de los chopos que chupan de la capa freática del inquieto Astura ya se registraron caricias de astures y romanos; conviene no olvidar que el viajero pisa la tierra del triángulo sagrado que recorre por la loma las ramificaciones de Lancia a Eslonza, de la Badía al Priorato. Tierra sagrada para entender y comprender León, que se presta a explicar como corresponde este viejo Castro Roda, mucho antes de que Alfonso IX lo pusiera en el mapa como parte del legado que el gran rey leonés concedió a su pueblo; además de los Decreta. Luego, llegó la distinción del Almirante; otra prueba de que el enclave que atrapa al viajero según la máxima de que las peores carreteras de León siempre terminan en lugares fantásticos era un lugar distinguido. Y apetecido. No iba a dar el rey de Castilla en pago al jefe de su armada una ínsula cualquiera. Luego, por motivos que no vienen a cuento en este relato de destinos para un León que busca un hueco para el viaje y la dispersión en un fin de semana al borde del verano, llegó el declive; el Almirantazgo cayó en desgracia, igual que las prisas de las herencias terminaron por devorar los mayorazgos, y el Almirante de Castilla pagó caros sus juegos de conspiración en la Corte. Y llegó el Ducado de Alba a esta plaza de tres iglesias en el 1200 y un recinto amurallado, bien armado, que ni Pedro el Cruel enrabietado pudo asaltar en sus correrías de la campaña del norte. El norte se distingue en esa elevación que mira al Esla como quien mira al mar desde un acantilado. Que dan ganas de saltar y nadar, tocar los Payuelos y volver. En las tardes despejadas, es nítida la vista de los picos que coronan el perfil de la provincia en esa vertiente que deja lugar a la fuga por el estrecho que se adivina detrás de la cortina de San Glorio. Si giras la vista al sur, se supone que más allá de la línea del horizonte aún queda hueco para la meseta. El Almirante quedó en la toponimia, de forma constante en algunos parajes del contorno; a unos kilómetros, el bosque del Almirante, por ejemplo, que dio de comer a los ganados de algunos pueblos, y con ellos a sus habitantes, mientras transitó por la hijuela de la casa de Alba hasta la desamortización y el saqueo posterior de las administraciones que surgieron después del franquismo. En otro momento de la visita, el viajero aligera la carga de los guiones de borradores que le prestaron para pasar a limpio después de la experiencia, serena la respiración, y se entrega a la alfombra que el río, otra vez el Esla, le extiende a los pies, para que camine, se vaya y regrese. Libre, como la brisa del poniente que abanica Rueda desde levante. Qué cosas. Por eso lo del Almirante.

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