León pone cara de Kentucky
El cinturón maicero de León
De cómo los maizales rebajan la temperatura, saben los leoneses que conviven con el cultivo en comarcas que ponen el gesto de las llanuras del medio oeste americano. Otra aportación impagable de la agricultura al paisaje leonés y al ecosistema de la ribera y el páramo.

Maizales en León
Por empezar el viaje, se podría entrar al círculo en ese primer esquinazo del Camino de Santiago con la vega del Órbigo, esa confluencia mágica que explica el verdadero realismo del interior de la provincia, donde la vega y la planicie se abrazan, se abrasan, como tendón y músculo. Y la ubre de Ubiña allá, la teta de la que sale el manjar, vista al norte, con el pasillo de maíz en canal, floreciente, como corresponde a mitad del ciclo de cultivo, mientras tritura calor y absorbe humedad, y crece como la nata sobre la leche. Bienvenido el viajero al cinturón maicero de León, uno de los moldes paisajísticos y ambientales con más valor en la provincia leonesa, otro legado de la agricultura al territorio; siempre tan generosa la agricultura, siempre tan entregada; otra aportación de la mano del hombre al escaparate leonés. Otro fondo de pantalla, otro espejo al despertar, otra fuente de inspiración mientras se refresca la cara con las gotas del rocío entre el cáliz en plena siesta. Qué inmenso el maizal. Qué retorno al horizonte. El maíz declina el mismo camino en la tierra leonesa que abrieron los rebaños con sus veredas y su persistencia, en el ir y volver de los puertos, mientras llevaban semillas entre las uñas y la lana como abejas el polen tras libar las flores. El maíz es una lengua verde en el verano de León, que le da la réplica a esas otras manchas vegetales que permite una vista cenital del territorio leonés; verde maizal frente al verde pinar; al verde robledal; al verde chopera; la mancha verde con otra verde se quita; como el amarillo colza que reflejó el abril el fulgor del amarillo capilote. Bendita sea la siesta de León entre maizales, en ese collar que abraza la franja central del territorio leonés, desde que ensancha la Cepeda a la planicie que sacó a Payuelos y el bajo Cea de la monotonía del centeno; de la llanura polaca que amplía la horma del Páramo hasta el Puente Paulón a la Vega del Esla, que deja ver el balcón de los Oteros detrás de ese tapial que ampara a las avutardas. Bendito el abanico del maíz que es capaz de rebajar la presión asistencial que pone a tostar la canícula del verano fuera de este perímetro de este milagro agronómico que hace prosperar en mitad de León una semilla de inspiración tropical, necesitado de condiciones innegociables para que el tallo esponje y los penachos comiencen a peinar el sky line junto a las carreteras, con sus hileras en orden prusiano mientras velan la memoria de Mesoamérica. El pueblo azteca prosperó bajo el cultivo y cosecha del maíz. Se hicieron poderosos, llenos de riquezas y construyeron las más imponentes ciudades, palacios y templos. León manifiesta una relación más discreta con el cultivo. Alimenta una economía a la vez que nutre un ecosistema, que serían imposibles sin ese manto que alfombra todos los recovecos entre el monte y el adil, entre el río y los tesos que contorsionan los valles. Bendita la irrupción del maíz en León y su potencial para refrigerar el horno que envuelve el estío; no hay maíz que no haga maizal, maizal que no extienda un círculo maicero, que no sea capaz de quitarle tres grados a la temperatura ambiente, y alivie la mirada del viajero, y rebaje el tono incandescente de los mofletes bajo el sombrero mientras se reta al sol que ajusticia el calendario de julio. Bendito sea el atardecer que comienza a alargar la sombra del maíz, mientras las plantaciones aprovechan el grill del punto álgido del mercurio para ganar altura mientras el viajero puede abandonarse en mitad de esa alfombra verde que se extiende a sus pies y el haz de la aspersión multiplica de forma exponencial la percepción de bienestar que transmite la planta que gesta la mazorca. Bendita sea esa moldura que achucha y mima ochenta mil hectáreas, desde la tierra media de León hasta el límite del reciente corte a cepillo del cereal y la magia estival de la costa del adobe; bendita la analogía con el cinturón maicero del medio Oeste americano; bendita el alma de Kentucky que deja ver al viajero que cruza el corredor que santifica la presa Cerrajera; bendita la puesta de sol de Misuri que permite otear un viaje por los límites meridionales del Porma; bendito el rostro con pecas de Tom Sawyer que salpica el día que se esconde detrás del Teleno, con todo eso que queda por delante para un vuelo raso sobre la tarde aterciopelada del Órbigo y el Tuerto. Bendita la Dakota que emerge por todos los caminos que llevan a Santa María del Páramo; bendita sea la almohada de Iowa que recuesta cada noche las vegas que dan sensación de infinito al mirador de Coyanza. Bendito el maíz que abrocha el esplendor del estío leonés y aplaca y enjuga las prisas del viajero. Un mapa térmico bastaría para poner en evidencia el error de dejar pasar otro verano sin retozar los ojos, sin zambullirse en cuerpo y alma, en esta eclosión de verde albahaca, que da esplendor al entorno, mientras agosto extiende el peso de su fuego abrasador por el resto del orbe.


