Diario de León

La Bañeza siempre está

La ciudad más leonesa de todas las ciudades de la provincia de León arma una encrucijada de caminos que siempre terminan por llevar a esta orilla, capaz de unir a tres ríos en un santiamén y abrir todas las puertas posibles del noroeste español.

Luis Urdiales

Creado:

Actualizado:

l. urdiales

En un punto elevado del gen dominante que marca el adn de La Bañeza está la hospitalidad; del paisaje y el paisanaje, que al final define un territorio, de lo que alberga y los que lo pisan y moldean, cada día, hasta llegar a esta edad contemporánea, que deja en la retina ese lugar en el mundo que sabe concitar el acuerdo de dos ríos, que son tres en el mismo ámbito, la convocatoria de tres valles, una ribera que invita a entrar, un puente que anima a pasar, una puerta que te abraza así que la cruzas; eso, si el viajero llega desde el norte, como baja el Tuerto, ya sereno y confiado sobre un lecho que es espejo de siglos y andanzas que no cabrían en el libro resumido que ofrece al viajero, para que el viajero entienda a través del agua la tierra que ya le ampara en ese momento; podría, el viajero, elegir el paso ancho del Órbigo, como ritmo vital, para acompasar la entrada al caudal de emociones imposibles de ocultar cuando se trata de resumir una afluencia, y el ecosistema sublime que regala. En ese accidente fluvial aporta lo suyo el Duerna, del que viene casi todo, también por el resquicio final del valle divino leonés que hace un escorzo agudo para presentar la causa y consecuencia, el resultado, su majestad, La Bañeza, que es ciudad, cabeza de comarca, remanso. Porque La Bañeza no es de ayer, verá el viajero mientras rebusca entre las diferentes esquinas de la urbe y las curvas fluviales que marcan la línea larga de la vida en la palma de la mano los porqués de ese enclave floreciente, que mama de otro que lo fue tanto, mientras astures y romanos se disputaban de quién era el honor para mecer la cuna de las primaveras de los primeros cultivos de cereales, y los centuriones leían edictos de los pretores, en nombre del imperio glorioso de Roma que se abría paso camino a Lusitania. Ecos de Braganza, la hermana Braganza, que refleja en la otra vertiente de Tras os Montes un legado igual de envidiable. Verá el viajero, a poco que camine, al paso honroso que lleva el agua del jolgorio que moldean tres ríos, tres, que estaba más que justificada la gresca que se trajeron godos y suevos, en huellas imborrables para siempre en el paraje legado del poblado vacío de Hinojo y los cimientos casi invisibles al ojo humano y captados por la emoción del entorno de la iglesia de San Salvador. En ese punto está La Bañeza, a la que el viajero puede llegar desde el suroeste mientras cabalga cambios de rasante emocionantes, que sólo son posibles en las honorables tierras de la Valdería y en Kansas, como dispuestas a satisfacer el viaje introspectivo que todo ser debe realizar una vez para aprovechar su paso terrenal. Es lo que tiene moverse sobre el cimiento de una encrucijada, un cruce de caminos, una equis en el mapa que se puede multiplicar hasta el asterisco y, como en La Bañeza, abrir caminos para llevar a todos los lugares; una Roma a escala, como llegaron a atestiguar los arrieros que emprendieron la marcha para dar gloria y progreso a esta tierra del noroeste que jamás perdió una gota de protagonismo en los mapas políticos del alma leonesa. Tierra fértil y generosa para la huerta, y rica en artistas, poetas, la clave de sol de músicos y compositores, La Bañeza agradece la visita, con una gastronomía imperial capaz de abrir estímulos desconocidos en el paladar, hasta ese momento, en el que las calles radiales del centro reparten el asombro entre los ribetes modernistas de las construcciones y el letargo clásico de los edificios con aleros señoriales y holgados que igual protegen del viento dominante del noroeste que congelan la siesta rigurosa de otro verano justiciero, como este. Verá el viajero que está sobre tierra dedicada a progresar, según costa en el legado de aquella industria pujante que hizo pasillo al tren de la Plata, y por las fábricas que dieron pie a elevar el valor añadido del fruto de la tierra y el sudor de la frente de los bañezanos. La Bañeza tiene retazos de cumbre en mitad de una ribera que se tapa entre las faldas del Teleno, como una cosa al libre albedrío que se le escapó al dios de la creación de los Montes de León. La más cazurra de las ciudades de la provincia leonesa, La Bañeza se ofrece para planificar la siguiente etapa: la línea recta de la autovía del noroeste, cuando en breve dejará ver que la meseta acecha, la ruta pausada hacia la raya filial de la hermana Cabrera, la prima Sanabria, una vuelta airosa río arriba, ríos arriba, o el reto del camino del norte que ya habría supuesto épico el mismo conde Gatón, cuando hace más de diez siglos decidió hágase; que en ese punto que ahora no quiere abandonar el viajero, por nada del mundo, se iba a levantar La Bañeza, que hizo popular el carnaval, la devoción a la virgen de Agosto, otra clave de sol para interpretar la sinfonía bañezana, los motores de dos tiempos y el templo del turismo que construye con los sillares que hacen cimiento a la altura de este siglo XXI. Ya lo habrá comprobado el viajero, reticente a cruzar el puente y dejar atrás ese río, trino y uno.

tracking