Diario de León

Fin de año en los dosmiles que protegen a León

En la cresta de la ola leonesa

De picos altos

Vista del Teleno desde un camino del Páramo.

Vista del Teleno desde un camino del Páramo.Fernando Otero Perandones

Publicado por
L. Urdiales
León

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León vive en un punto de fusión con el cielo a través de 430 picos por encima de los dos mil metros de altitud; la conexión y los cables, mientras chupa energía de esa bobina celeste que ilumina la faz de la Tierra. El viajero puede cerrar los ojos y, al azar, lanzar una piedra en sentido norte, por donde cierra el territorio leonés con los límites del infinito siempre en sentido giratorio de las agujas de la constelación de la Osa Menor; y sacar un billete a donde caiga, al azar. No faltará destino, porque toda la cornisa de León con el cielo, en esa cresta de la ola que salpica los mares interiores de esta tierra, está jalonada por requiebros y altibajos que hacen suponer al viajero, cuando toma perspectiva desde la tierra media leonesa, que el creador se inspiró para marcar los perfiles en el tembleque del electrocardiograma de un corazón palpitante, de un corazón perdido de amor, o bien que se acerca a la boca abierta de un tiburón que pide a gritos una ortodoncia, por favor. Diga el viajero qué quiere ver desde los cuatrocientos treinta y tres puntos más altos de León, a más de 2.000 metros; y hágase. Arriba a la montaña se despide el año en víspera de un solsticio de invierno que anuncia otra puesta a punto del engranaje de la esfera esta que nos ampara ante la estrella solar. Allá arriba en aquel alto, entre la amplia gama para elegir, se aventura el Sol un poco reticente a darse el piro según le dicta el horario invernal, con una hora menos después del airón de las castañas, con dos horas menos después de las quitameriendas, a medida que por la otra parte avanzar la brisa de la tarde, casi ennegrecida por la noche, el ocaso sereno que deja pasar el destello de las estrellas mientras anuncia otra noche larga a bajo cero. Todo este repertorio descongela la imaginación en adviento, igual que en primavera se advierte antes que habrá flores sin apenas retirarse la nieve de los abesedos más altos. Los dosmiles de León se dejan mirar como modelos de estudio, agraciados por la pose natural que concede la belleza que rompe y rasga el horizonte; qué pensarán los dosmiles de León del viajero intrépido que zapatea cuesta arriba para explorar en su interior; y cuanto más alto, más profundo; cuanto más se agitan los alveolos, más resuello para seguir adelante hasta coronar el reto en un lugar tan privilegiado que deja ver las profundidades terrestres o los abismos marinos. Hay viajeros adictos a los dosmiles, que no dejan pasar diciembre sin despedirse en altura del año en curso, decirle adiós y dar la bienvenida al siguiente que se deja ver desde más allá de donde llegó Alejandro Magno, porque ya está comprobado que a dos mil sobre el nivel del mar, hay pocas cosas que no se dejen apreciar por los cinco sentidos. Allá, a más de dos mil, hasta el tacto es diferente, mientras el viento masajea las cervicales y centra los chacras a fuerza de soplidos. Un dosmil es un privilegio; cuatrocientos treinta y tres dosmiles son 433 ocasiones privilegiadas para cambiar el paso, reafirmarlo, reestructurar una estrategia o para orar como rezan incluso los ateos de otro Dios que no sea el suelo de roca, los deicidas de los seres divinos que viven entre cumbres escondidas entre la niebla o a vista de todos. Los dosmiles de León se citan de carrerilla en el inventario celeste, porque no dejan de ser una proyección celestial en la corteza, a la inversa, la pe que encaje en la be, las clavijas en el enchufe, la ene y la u, el piso irregular del firmamento por donde pudieron pasear los creadores del paraíso. Si hay paraíso, es un dosmil de León, lo puede comprobar el viajero, al azar, antes de que el año se despida más allá del Teleno, mientras cabalga la Silla de la Yegua y encaja el Belén en el Catoute, y recibe enero cuando el primer rayo de sol de Oriente le quite las legañas de una noche loca a Peña Santa, por ejemplo. Subir a las Pintas, bajar de Peña Ubiña, volver al Teleno y decidir si asomarse a la Maragatería o recostarse sobre la Cabrera, probar la distancia de tiro de vista desde Peñarrubia a los Ancares, saltar a la comba del Pico Agujas al Tres Provincias, alargar los sueños en Peña la Cruz, planear en Torrecerredo, respirar; subir Ubiña. Hay una oferta deliciosa para comprobar cómo se evapora un año entre el algodón de las nubes que palpa este timbal de dosmiles de León,

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