Diario de León

Val de San Lorenzo: un fin de semana al abrigo de la manta maragata

Val de San Lorenzo invita a conocer los orígenes de la industria textil artesanal y disfrutar del patrimonio y la gastronomía en un paisaje que invita a arroparse

david torralba garcía

david torralba garcía

Álvaro Caballero

Creado:

Actualizado:

La Maragatería teje su historia con hilos que se tienden a través de los siglos. El mapa de los maragatos abarca el mundo y esa transferencia de conocimientos, ese trasiego de saberes, alimenta una comarca mítica que alienta leyendas, alimenta tradiciones y protege la esencia del territorio. En este universo mágico, Val de San Lorenzo conserva el legado de un territorio en el que el viajero perderse durante un fin de semana y más para hollar las huellas de los castros de astures y romanos, reverenciar la ruta de las joyas de su patrimonio eclesiástico, embelesarse en el hechizo del paisaje que vigila el mítico Teleno, degustar la gastronomía típica de una cocina ancestral y, a la hora de descansar en los alojamientos rurales cuidados con mimo, arrebujarse bajo esas mantas que aún hoy, cuatro siglos después de los primeros testimonios de sus batanes, conservan el sello de una industria textil artesanal que tiene testimonios de su excelencia por todo el mundo. Prepárense para que les abrigue la historia.

Val de San Lorenzo arropa todo esto bajo una oferta turística en la que apreciar el valor de lo artesano. En el municipio, el viajero podrá rebatir la máxima de que «unos tienen la fama y otros cardan la lana». Aquí, la fama la han ganado quienes empezaron a cardar en el siglo XVII y donde se llegaron a contabilizar más de 80 fabricantes. El testimonio se conserva en los dos museos, donde, con el mismo cariño que los ancestros tejían ya las prendas, Beatriz Cabero desvela los secretos de una industria aún viva que creció auspiciada por un curioso «espionaje industrial».

Si quieren conocer cómo llegaron al Val de San Lorenzo los telares para fabricar los famosos cobertores y quién trajo las novedosas ideas y los palmares de cardos destinados para perchar, ese término que identifica la acción de sacar el pelo a las mantas para que abriguen, tendrán que visitar los dos museos: el Batán, donde se conserva el pisón que ha perdurado, y el centro de interpretación textil La Comunal, ejemplo del cooperativismo gremial que sirvió para que la lana desmenuzara los hilos con los que los artesanos urdieron el éxito de la industrial de Val de San Lorenzo.

En estos «dos museos vivos, didácticos, donde se pone la maquinaria en marcha durante las visitas guiadas» y se muestra, de manera amena, «todo el proceso largo y laborioso que conlleva fabricar una manta», como relata Cabero, quien describe con precisión el paso por «el lavadero de la lana; el batán hidráulico que funciona con la fuerza del agua y emite el sonido de los golpes de los mazos, como aquellos que confundieron a Don Quijote y Sancho hasta pensar que se trataba del ruido de un monstruo, con los que se abatanan las mantas para que el tejido se fortalezca, se enfurta y se haga más tupido; el batán eléctrico; la percha de cardos...». Los visitantes Podrán incluso practicar en un telar y, sobre todo, reflexionarán «acerca de los productos artesanales en general y reconocerán que, en realidad, no es tan cara una manta o cualquier otro producto artesanal».

La visita tiene una pega. Cuando salgan, no podrán resistirse a comprar una manta del Val, unos calcetines, un jersey o una bufanda de las que manufacturan los artesanos del Val de San Lorenzo, herederos de aquellos que en 1896 y 1900 lograron ya primeros galardones en las exposiciones Regional de Lugo e Internacional de París.

Abrigados con estas prendas, los viajeros estarán preparados para llegarse hasta el altozano, en la margen izquierda del río Turienzo, donde se custodia el yacimiento. En este emplazamiento, donde el Ayuntamiento acaba de adquirir una parcela para poner en valor el patrimonio, conocerán los vestigios que se emplazan entre la primera Edad del Hierro y el periodo tardorromano y que siembran de huellas de la minería romana la zona. Sin perder el hilo de la historia, los viajeros podrán recorrer la ruta de las joyas maragatas. La propuesta guiada invita a conocer el patrimonio artístico de las iglesias de los tres pueblos que conforman el municipio: Val de San Román, Lagunas de Somoza, donde se debe aprovechar para apreciar su molino de viento, y Val de San Lorenzo, donde se localiza la ermita de San Antonio de Padua, «construida en 1719 por los vecinos y por el concejo, con su emblemática torre del Reloj, construida en metal, a finales del siglo XIX para albergar el reloj Canseco, que aún funciona y marca las horas en la localidad», detalla Cabero.

Abandónese el viajero al paseo. Las calles de Val de San Lorenzo incitan a disfrutarlas, perderse, llegar hasta el parque del Doctor Pedro Alonso, donde se guarda la primera biblioteca pública, alentada en el año 1924 por quien da nombre al paraje. La pausa la encontrarán en los dos alojamientos turísticos del municipio: la Posada de Toribia y la Posada Real La Lechería, en cuyo restaurante no deben resistirse a probar el mítico cocido maragato. Como alternativa, no conviene perderse los otros dos establecimientos hosteleros: el merendero el Parque y el bar José, antes de callejear de nuevo para apreciar la arquitectura tradicional, mientras escuchan la música del traqueteo de los telares de los artesanos.

Si alzan la vista, la silueta que encuentran la dibuja el Teleno. La nieve censa allí, más si cabe en estas fechas. Ese frío que siente viene de allí. Cuando se abrigue recordarán que han estado en el Val de San Lorenzo.

tracking