León busca entre flores amarillas
Si se llaman lirones en Portilla de la Reina, grillándaras en Lario, liras en Barniedo, flores de perujo en Pedrosa del Rey, campanillones en Morgovejo, Grillandas en Vegacerneja o grigándanas en Babia es que es una flor leonesa, muy leonesa.

Puede que sean a las abejas lo que el romero y la lavanda a las mariposas; puede, pero la capacidad para imantar el entorno de ese salpicadero amarillo que motea el praderío en el tercio norte de León en estos días de vísperas de Pentecostés y el Corpus trasciende a la especie de los polinizadores, que cuando circulan entre valles por esas carreteras infame que siempre llevan a lugares magníficos no pueden evitar la idea de apartar la vista y centrarla en el asfalto, o en lo que quede de ello. Esta es la postal más apropiada para felicitar el día de la madre de mayo, cuando el viajero pone la brújula hacia el lucero del alba y puede encontrarse con gotas de rocío que pingan del ejército de trompetas que interpretan a una la sinfonía más leonesa de la primavera; más que la cinta del pelo, más que la luz del cigarro, más que el agua que envenenaron los de la montaña. El turista busca entre flores amarillas del tapete de los prados, que encuentran entre las escorrentías de los abriles lluviosos y el agua a borbotones que salta las regueras la acidez adecuada para que el ph haga estallar los bulbos en un parque temático de floristería. Algo tendrá el amarillo para cautivar a las abejas y los ojos de turistas que no creen lo que ven hasta que comprueban que vale más una imagen que mil palabras. Busca León entre flores amarillas el concepto cultural que guarda celoso la memoria de un pueblo que ha sido capaz de subsistir hasta ahogado bajo las aguas de los embalses que le pusieron por castigo; el legado de las flores a María, el mayo del trote de la potrica y los cabritillos que descubrieron la vida mientras olfateaban dentro de los estigmas. Las flores amarillas que nacen del alma de una tierra que conserva de año en año, de mayo a mayo, el secreto de un proceso maravilloso que ha servido para glosar la historia de esa gente, su esperanza, su melancolía. Se busca entre flores amarillas del fenómeno que reviste la cara sur del norte leonés, como una lengua de lava gualda, ocre, pajiza, que se desparrama por las praderas como el llanto incontenible de la naturaleza, impotente, emocionada, por no poder sujetar tanta hermosura. El mar amarillo que busca el viajero se define en la ciencia que estudia las flores con una corona central acampanada y tonos más intensos y seis pétalos exteriores en forma de estrella. A fuerza de cargar las pilas, el más popular de sus nombres atiende a capilote, por protagonizar fiestas y celebraciones, aunque según la cabecera de valle a este lado de la cordillera, recibe otras denominaciones más localizadas como grichándanas (en Luna, Babia y Laciana), liras o capillejas (en Maraña). Que son los campanillones de Morgovejo, las flores de mayo en Polvoredo, las flores de perujo en Pedrosa del Rey, las grillándaras en Lario, lirones en la zona de la Reina, la galilanda de Anciles, los garipotes en Éscaro, y las grillandas en Vegacerneja, tal y como destaca y se encarga de rememorar un soporte en la red social de esta localidad leonesa. Parece que queda tan lejos ahora marzo, con las desprendidas campanillas, que representan la primera erupción primaveral de la flora silvestre leonesa, que la eclosión de las flores limoneras refresca el aviso de que lo siguiente será el calor; y los espinos albares que motean de ermitas blancas las laderas que miran al mediodía. Los narcisos son de los primeros en florecer en primavera, a menudo saliendo a través de la nieve en los prados de montaña. También, por su persistencia y localización, se consideran una especie exclusiva del clima de ciertos espacios de la sombra y la solera cantábrica, casi de forma exclusiva en la provincia de León. Está la línea norte y la réplica que le da por el sur el cultivo de la colza, que comienza a dominar ya grandes espacios de las riberas y campos que se abren a la lengua que allana el espacio con la meseta. Irrumpió la colza, de unos años a esta parte, a redimir el hastío de esa línea continua, tanta nube baja, tanto frente atlántico, tanta lluvia. Tanto invierno para calentar al puchero la tierra donde se ha vuelto a gestar el mosaico refulgente que ejerce de imán para la atención. El viajero no podrá levantar la vista de ese bodegón sobre la trébede que cada atardecer pone orden en los elementos de la olla que templa León a fuego lento en primavera. Cuando el viajero elija, que puede hacerlo en esta alternativa de la banda amarilla que escolta León por el sur y el lazo de flores que le corona por el norte, entre los prados de Babia y los rompidos del alto Cea y los recodos de Valdeburón, habrá dado comienzo a ese ritual de mayo que persigue cada estación de natalicio del año a esta tierra tan apegada al escenario natural que sabe hasta conmemorarlo con festejos. Podrá el viajero comprobar si es cierto el mito de que es ese amarillo que le embelesa el tono de cabecera del campo que atrapa a las abajas, o si es el halo azul y violeta. León tiene hasta una docena de nombres diferentes para identificar ese fenómeno que salta del norte al sur.