León alza sus mayos
De los árboles rituales a las esculturas vivientes, pueblos de la provincia como Jiménez de Jamuz, Cabreros del Río, o más recientemente Sariegos, mantienen viva una fiesta de origen ancestral ligada a la fertilidad, a la llegada de la primavera, a la naturaleza y a la convivencia vecinal

MARÍA CARNERO
La fiesta de los mayos, extendida antiguamente por buena parte de la mitad norte de la península ibérica, sigue conservando un importante arraigo en la provincia de León. Su expresión más básica consiste en elegir un árbol alto y esbelto, talarlo, eliminarle las ramas salvo un penacho en la copa, transportarlo hasta el pueblo y alzarlo en la plaza como símbolo de la llegada de la primavera.
Detrás de este gesto aparentemente sencillo se esconden interpretaciones muy antiguas. El etnógrafo Julio Caro Baroja lo describía como el «árbol mágico del folclore europeo», vinculado a ritos que, según teorías de Frazer, habrían funcionado como peticiones simbólicas a las fuerzas de la naturaleza para asegurar la fertilidad de los campos y de la comunidad. Con el paso del tiempo, lo que pudo tener un sentido ritual se ha transformado en una celebración festiva, protagonizada sobre todo por los jóvenes en torno al 1 de mayo, convirtiéndose también en un elemento decorativo que permanece durante todo el mes.
En la provincia de León, la tradición del mayo se mantiene en localidades como Robledo de Fenar, Sahechores de Rueda, Benamariel, Cabreros del Río, Fresno de la Vega, Vallecillo o Alija del Infantado. En estos pueblos se conserva la forma más clásica. Eel tronco elevado en la plaza como símbolo de primavera y renovación.
En otras zonas, especialmente en la mitad occidental de la provincia, aparece una variante muy llamativa. Sobre el extremo del tronco se coloca un muñeco, que puede representar a un hombre (el «mayo») o a una mujer (la «maya»), e incluso a ambos. Este modelo se puede ver en San Miguel del Camino, Santa Marina del Rey, Quintanilla de Sollamas, Carrizo, Llamas de la Ribera, Villaornate, Lucillo, Nogar, Santa Marina de Torre o Albares de la Ribera. En algunos casos, la tradición adquiere un carácter artístico singular, como ocurre en Jiménez de Jamuz, localidad conocida por su cerámica, donde los muñecos se convierten en esculturas de barro. En Santa Elena de Jamuz, además, cada barrio crea su propio mayo inspirado en anécdotas o hechos locales.
En lugares como Sariegos o Villabalter, esta tradición ha sido recuprada por los colegios rurales, que ya han pinado sus mayos, para que los más pequeños conozan un poco más de esre ritual ancestral y se asugure su continuidad en el tiempo.
Una tercera modalidad destaca en Villafranca del Bierzo, donde el 1 de mayo los protagonistas son los llamados «mayos vivientes». Durante la mañana, jóvenes cubiertos de ramas y flores recorren las calles representando a los espíritus de la vegetación. En su itinerario se tumban y se levantan repetidamente, simbolizando el ciclo de muerte y renacimiento de la naturaleza, mientras piden el aguinaldo y son acompañados por música tradicional y cantos populares.
El origen de esta celebración ha sido interpretado de múltiples formas. Algunos lo relacionan con raíces prehistóricas o neolíticas, mientras que otros lo vinculan a civilizaciones antiguas como la fenicia o la griega, que rendían culto a la primavera y a las divinidades de la naturaleza. También se ha relacionado con cultos totémicos, con pueblos prerromanos como los celtas y con la tradición romana. En cualquier caso, todas las teorías coinciden en un mismo significado: la celebración del renacer de la naturaleza y la llegada del buen tiempo.
En la península ibérica, los mayos se han celebrado históricamente en casi todas las regiones de España y Portugal. El elemento común es el árbol o palo elevado en un espacio público, alrededor del cual se organizaban bailes, cantos y juegos. Incluso existían competiciones para trepar al tronco. En Castilla y León, este ritual recibe distintos nombres como «plantar», «pinar» o «colgar el mayo».
En la actualidad, la tradición ha evolucionado en algunos lugares hacia formas más creativas. Un ejemplo destacado es Jiménez de Jamuz, donde la costumbre fue recuperada en los años 80 tras un periodo de desaparición. Allí, los mayos se han convertido en auténticas composiciones artísticas montadas sobre estructuras de madera, con figuras y escenas que representan oficios, personajes o situaciones cotidianas. Cada creación incluye además un cartel explicativo y compite con otras del mismo pueblo, generando un ambiente festivo y participativo.
Tras semanas de preparación, la noche del 30 de abril marca el momento culminante, cuando los vecinos ultiman los detalles para que todo esté listo a medianoche. A partir de ese instante, el 1 de mayo, los mayos se muestran al público y los distintos grupos recorren los de otros barrios acompañados de música, en una celebración que combina tradición, creatividad y convivencia.