Trópico del Valdellorma
De montes floridos a sotos roídos

Un paraje del Valdellorma
El Sol es el primer síntoma del cambio horario que disfruta el Valdellorma; lo va a comprobar el viajero así que llegue a este enclave del centro de la provincia de León, donde la línea septentrional hace de frontera, según se explica en las heladas, en el rocío, en la floración, y hasta en la llegada con retraso de las codornices; si es que llegan. Porque, a veces, al Valdellorma le crecen las alas con un par de plumas menos, una tara nada menor que hace creer que no hay espacio comprensible entre abril y el verano, y hala, otra vez de sopetón el estío, las sombras firmes como soldados en la garita y el deseo de que la tarde y los robles salven al atardecer los días torcidos. Si algo sobra en el Valdellorma son las sombras. Lo verá el viajero así que llegue, no sin el inconveniente del viaje con traqueteo, incluido el del tren, porque entre las carencias mayúsculas no está la del enlace del tren, por la cabecera, en aquel transiberiano a Bilbao que sacó a miles de almas en la emigración leonesa de mitad del siglo pasado. Lo que queda de aquel escenario, junto al tren, conviene añadirlo al plan de visita, para comprobar la huella de lo que pudo ser. Lo verá el viajero. El valle, entre tanto, se agarra al Valdellorma, al río, como un hilo conductor que deshace el ovillo del proceso natural en poco más de veinte kilómetros de recorrido, de la peña al soto, del monte a los balsares, del vallejo a tramos de praderío de siega que hacen creer por tramos que el escenario forma parte de otra división orográfica que no corresponde a lo que pinta el mapa. El Valdellorma se ha especializado en dejar pasar; los tiempos, los vientos, el agua, que llega a marcar arrastres en ciclos estacionales en otro detalle de ciclotimia de esta tierra, que anida entre lomas altas y laderas profundas, en una secuencia de vallejas y vallejinas que arrugan la piel madura de ese espacio de terreno que evitó que el Porma y el Esla fueran uno. A fe que lo logró, mientras replica en un espacio de terreno testimonial todo el potencial de fauna y flora que se puede alentar en medio del retorno del espacio a una situación salvaje. Con perspectiva del cazador, a ojo de águila, o a vista de cualquier otro depredador que tome distancia con la especie, el Valdellorma admite el término de accidente geográfico en toda su extensión; al viajero le extraña toparse con cotas por encima de los mil metros de altitud, pero las tiene, con giros profundos del valle, a cuenta del martillo pilón del agua durante el tiempo suficiente para tallar en mitad de ninguna parte un paisaje que no envidia a escenarios de un parque natural de Montana. Alberga diez núcleos urbanos, y cultiva devociones a San Roque, las Vírgenes de agosto y septiembre, el martirio de San Bartolomé, el estoicismo de San Juan, la constancia de Santiago. Nada ajeno a la resistencia que muestra el entorno, educado por la fuerza natural que obliga a la humildad con los éxitos, como cuando tocan primaveras exuberantes, y conformidad con los reveses, más habituales, de los eneros torrenciales y los mayos fríos como barreños. En el Valdellorma, que es un manto forestal, la hoja tarda en romper; y sólo cuando lo hace aparecen los vencejos, otra especie que evalúa el valor medioambiental del entorno lejos de catálogos y precisiones científicas erróneas. Le sobrevuelan los abejarucos, en las colonias más septentrionales que pueden habitar en la provincia; lo vigilan las meatas, desde la multitud de garitas como relojes de cuco que disponen entre los robles ahuecados que dejó el tiempo y el olvido; lo patrullan ejércitos de jabalíes, y grandes carnívoros como lobos y algunos osos avezados que dejan señales inequívocas de que será la próxima lengua de tierra que sumen a su hábitat en la provincia. Al Valdellorma lo despiertan las abubillas, y en esta época pastoril y hueveril que las agencias de viaje recomiendan para visitar la zona, el cuco da todas las horas canónicas posibles, con eco especial en las vísperas y el ángelus, cuando compite con el jaleo que llevan las pegas detrás de los engañapastores. Puede creer el viajero que en el Valdellorma se ha detenido el tiempo; pero es la cadencia del corazón en reposo, las cuarenta pulsaciones que acompasa la tensión arterial de la prisa, solo urgente con el Sol para darse el bote de la escena.
El valle del Valdellorma, como su río, es un tratado de rebaños que inspiraron historias de realidad mágica que en otro lugar se publicarían en la sección de ficciones y ahí, entre veinte kilómetros de serpenteo, robledales, pinares, alisos, abedules y urces, la santa urz, forman parte de la biografía de la ciencia y de su historia. En ese León a escala 1:1000 que escolta al río cuenta con la ventaja de disponer de un Teleno propio, que asume con disciplina la peña de Sotillos, balcón y raíz, terraza a un valle que vigila distraída mientras el Valdellorma se apura en las raseras hasta precipitarse en el anonimato de los sotos, ya en la ribera, donde se trituran las esencias del alma y el Esla engulle a sorbos uno de los relatos más fascinantes de León; se lo zampa, y como que hubiera sido un sueño.