El teatro que sostiene los pueblos
Nueve ediciones después, el Festival de Teatro Amateur de Onzonilla demuestra que la cultura también se construye desde la constancia de quienes nunca ocuparán las marquesinas de la Gran Vía, pero mantienen encendida la llama de las artes escénicas en cientos de municipios españoles

Vivimos una época en la que la cultura parece medirse por su capacidad para generar titulares, cifras de asistencia o impacto en las redes sociales. Los grandes festivales compiten por atraer nombres conocidos y convertir cada edición en un acontecimiento mediático. Sin embargo, existe otra realidad, mucho más silenciosa y probablemente más decisiva para entender la salud cultural del país: la de los pequeños certámenes que sobreviven gracias al compromiso de ayuntamientos, asociaciones y compañías cuya principal recompensa no suele ser económica, sino el aplauso de un público que todavía concibe el teatro como un acto de encuentro.
El Festival de Teatro Amateur de Onzonilla pertenece desde hace tiempo a esa categoría de acontecimientos cuya importancia no puede medirse únicamente por el número de espectadores. Nueve ediciones después de su nacimiento, el certamen ha dejado de ser una actividad de verano para convertirse en una tradición cultural que define parte de la identidad del municipio.
No es un detalle menor. En una España donde numerosos proyectos culturales desaparecen tras sus primeras convocatorias, alcanzar una novena edición constituye la mejor prueba de que una iniciativa ha conseguido crear comunidad.
Del 30 de julio al 2 de agosto, la plaza volverá a transformarse en un escenario al aire libre donde vecinos y visitantes compartirán cuatro noches de teatro bajo las estrellas. La inauguración oficial tendrá lugar el jueves 30 de julio a las 22.15 horas, mientras que el resto de las representaciones comenzarán a las 22.30 horas.
La programación vuelve a apostar por la diversidad geográfica y artística. Abrirá el certamen la compañía gaditana (In)-Visible Teatro con la comedia 3 locas, 2 enamorados, 1 boda, 1 funeral y… Ramírez. Al día siguiente llegará el turno de Citra Teatro, de Tomelloso, que recupera uno de los grandes textos del Siglo de Oro con La moza de Cántaro, de Lope de Vega. El sábado será la Asociación Cultural Amigos del Teatro de Castellón quien represente El Trastero, mientras que el domingo el cierre correrá a cargo de Teatro Teatro, de León, con Salvaje, poniendo además el acento provincial al broche final del festival.
Más allá de los títulos, el cartel refleja una realidad poco visible fuera de estos encuentros: la extraordinaria riqueza del movimiento amateur español. Compañías dispersas por toda la geografía que ensayan durante meses después de sus jornadas laborales, que confeccionan escenografías con presupuestos mínimos y que mantienen una disciplina artística comparable, en muchas ocasiones, a la de grupos profesionales.
La palabra «amateur» ha sufrido durante décadas una injusta depreciación. Se ha confundido con improvisación o falta de calidad cuando, en realidad, procede del verbo latino amare: amar. Un amateur es, antes que nada, alguien que hace las cosas por vocación. Esa dimensión resulta especialmente visible en el teatro, donde levantar un montaje exige un esfuerzo colectivo que difícilmente encuentra compensación económica. Horas de ensayo, memorización de textos, diseño de vestuario, iluminación o montaje técnico conforman un trabajo invisible que rara vez trasciende al público.
Festivales como el de Onzonilla reivindican precisamente ese tejido cultural. Constituyen un espacio donde esas compañías encuentran espectadores, reconocimiento y la posibilidad de intercambiar experiencias con otros grupos. Son también un recordatorio de que el teatro español no se limita a las grandes producciones nacionales ni a los escenarios de las capitales. Existe otra red mucho más extensa y menos conocida que atraviesa pueblos y pequeñas ciudades y que mantiene vivo un patrimonio escénico de enorme valor.
En ese sentido, el certamen cumple una doble función. Por un lado, acerca las artes escénicas a un público que quizá no dispone de una programación teatral estable durante el resto del año. Por otro, contribuye a democratizar el acceso a la cultura, convirtiendo el espacio público en un lugar de representación y convivencia. El escenario deja de ser un recinto cerrado para integrarse en la vida cotidiana del municipio, favoreciendo una relación más natural entre actores y espectadores.
La programación de esta novena edición también pone de manifiesto la amplitud del repertorio que cultiva el teatro amateur contemporáneo. Conviven la comedia, la revisión del teatro clásico y las propuestas de dramaturgia más actual, desmontando el tópico de que estos grupos se limitan a reproducir fórmulas convencionales. La pluralidad de estilos y procedencias evidencia una escena viva que experimenta, adapta y dialoga con públicos muy diversos.
En tiempos en los que la despoblación amenaza buena parte del medio rural y las actividades culturales se concentran cada vez más en las grandes ciudades, festivales como el de Onzonilla adquieren una dimensión que trasciende el entretenimiento. Funcionan como herramientas de cohesión social, generan espacios de encuentro entre generaciones y fortalecen el sentimiento de pertenencia a una comunidad.
Quizá ese sea el verdadero éxito del Festival de Teatro Amateur de Onzonilla. No reside únicamente en haber alcanzado nueve ediciones ni en la calidad de los montajes que acoge cada verano, sino en haber demostrado que la continuidad también puede ser una forma de excelencia. Porque la cultura no siempre avanza mediante grandes acontecimientos; a menudo lo hace gracias a iniciativas discretas que, año tras año, consiguen que una plaza vuelva a llenarse de sillas, de conversación y de silencio justo antes de que se levante el telón.