Diario de León

El río que patrulla la frontera

El río que patrulla los límites de León se le debe imputar cada mota que descolla en el paisaje; de los maizales tiesos a los girasoles cabizbajos. Una misión de reserva impagable

Un paraje en la ribera baja del Cea, al sureste leonés

Un paraje en la ribera baja del Cea, al sureste leonésDL

Luis Urdiales
León

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En 168 kilómetros de cauce, el Cea ve un mundo que ni se imagina cuando sale timorato de entre la base del Pando, ahí arriba, junto al mercado de abastos de la fuente del Pescao. Eso de nacer río y correr como una corbeta, vigilar como un centinela las torres de la fortaleza, desfilar como un legionario cuando apuran las lluvias, resistir como un cosaco al levantar el pie las borrascas, trotar en plan Kabardín las laderas del Cáucaso, esprintar con la zancada abierta igual que los galgos tras el giro de las tierras de Campos ya aclarar sin necesidad de extenderse en detalles que los río no son de donde nace; que pacen, como pacen las reses que abreva antes de esquinar al Tuéjar, los rebaños lanares que sacia en los rellanos de las Calaveras, los alavancos que recrean las tabladas como paisajes del lago del Retiro antes de asomar por la ribera donde deja gratis el gentilicio. Hay ríos que dejan de ser de donde nacen al saltar del vientre materno y crecer para la batalla que les encomienda el paisaje; cuando el paisaje permeabiliza el territorio. Si hay que guardar la esencia, que lo haga el río, aunque el río a esa altura de trecho donde el lecho es frontera, corra dopado a la fuerza del trasvase. Se sorprende el viajero porque el pisar la esquina de estepa que limita a León por el sureste encuentre un repertorio hídrico casi tan rico como los canales de los tulipanes. El sobrante deja hueco para elegir, en el tramo final del estiaje con regueros a reventar y los cordones verdes de juntos y espadañas que atan el zapato que calza ese sur que León habría perdido a no ser por el río que lo abraza hacia dentro, lo abrocha con el cariño de la mano del abuelo que abraza al nieto para que recuesta la cabeza en el hombro. Los ríos que dan pespuntes al dobladillo de los pantalones de esas piernas alargadas de atleta del territorio, corredor de fondo más allá de donde se acuestan las avutardas, más allá de donde hacen noche las perdices, consumadas especialistas del medio fondo y del salto con obstáculos. Ese río que sobrevolaron las águilas en el natalicio espera al halcón con el señuelo de los cetreros que repasan a caballo la frontera. El Cea que nació para volar, trota entre hitos. El viajero se percata de que asiste a la tarea cuando deja atrás Sahagún, y la LE-941 le pone a la par del río antes de San Pedro de las Dueñas. Ahí está la misión. El vigía. El mapa y el territorio, el río, y todo su cuerpo de agua, en la que ya embolsa la aportación extra que le presta el hermano Esla a través de canales que inventó el hombre para ajusticiar un trasvase que tiene otro destino; hay brechas que el río no puede taponar. Por eso enfila el curso con la paciencia de un recluta con la cartilla sin sellar. Hay mili, mucha mili, por delante cuando el río que vigila la esencia de León hace el giro pronunciado al suroeste, y deja la línea más o menos recta, más o menos directa, que trae desde que sale de Almanza, en la curva fluvial mejor aprovechada de toda la provincia. Es posible que el río sueñe en ese tránsito pausado con las emociones que dejó atrás mientras se precipitaba entre las Conjas en plan colegial que arrastra el cabás por el suelo a la salida de la escuela; es posible que añore la presión sobrevenida del bypass de los valles altos, cuando no hace otra cosa que correr por correr, lejos de la presión latente que supone la imaginaria constante, en el borde de la frontera sur, entre asalto a límites provinciales, mientras tira de la toponimia como un buey indomable del carro. Los ríos que son de donde pacen tampoco pierden la esencia de la sustancia del ácido ribonucleico con el que llegaron a ver la luz del mundo, en esa síntesis fantástica que saca el agua a flor de piel. Los ríos que son de donde pacen comparten el murmullo de un caudal que nos les hacía falta para mantener la identidad, la idiosincrasia, de ríos rebeldes e indómitos, nobles y adaptados, según la circunstancia. Fieles, como es el caso en este trecho después de la curva con chicane que emprende en el célebre giro ya citado al suroeste, mientras defiende la línea en plan soldado de los tercios, y contiene la raya en su sitio, raya alta, al nivel de la dignidad. Para entonces, con el salvoconducto fronterizo para el avance a paso ligero por los Melgares, la vega y los pies de Mayorga salpicados, como los elefantes por los Alpes, luce en el pecho la colección de medallas que hablan maravillas del éxito de la misión. La margen derecha sujeta los cimientos de León, en pleno giro, al fin de la curva a punto de acabar el volante que endereza la posición mientras el río puede llegar a confundir el ocaso con Gordoncillo; el destello del Sol alumbra a los que caminan a poniente, en un tramo final de la encomienda del soldado fiel al regimiento que custodia como su vida. En Valderas ya supone con certezas que de dos zancadas de podenco se mete en Valdescorrriel y que Castrogonzalo está tan cerca como la gloria. Allí, con el primer chapuzón en el Esla, cumple con honores la misión de guardar el secreto de los ríos que aman la tierra por la que corren.

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