Diario de León

Cien años de la leyenda de El Serranillo

La marca emblemática patrimonio de la ciudad celebra el centenario de la tienda de la plaza del Conde, donde la tercera generación honra a sus predecesores convertida en memoria de los sabores y esencias de León

Álvaro Caballero

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Álvaro Caballero

No hay prisa por contar la historia. Se empezó a escribir en 1926 y no acaba. El tiempo no importa en esta crónica que arranca con un aceitunero que nació en un pueblo de Ávila sin olivos, a más de 1.220 metros de altitud, y sembró una semilla en León que germina aún, cien años después, en esa esquina de la plaza del Conde donde reside el origen de una tienda que no es sólo un comercio, ni siquiera una marca, sino una familia patrimonio leonés: ese León que hunde en sus huellas dactilares el rastro impreso en los dedos por las aceitunas y la esencia del pimentón de la leyenda de El Serranillo.

La herencia de Tomás Hernández, natural de Serranillos, pervive tres generaciones después en su nieto, pero sobre todo habita en la memoria de una clientela que amaneció como nietos, agarrados de la mano para cruzar el umbral de la puerta, y hoy se mantiene leal convertida en abuelos que legan el testigo. El vínculo se renueva cada día en esa tienda que abrió El Serranillo cuando, después de porfiar en mercados con el pimentón, las aceitunas e incluso algo de alfarería y cestería, decidió asentarse en el puesto que quedó libre en el mercado del Conde en 1926, entonces al aire libre, al que añadió el local del esquinazo para poder funcionar en horarios continuos.

La saga arraigó al año siguiente, cuando, recién nacida su hija, trajo a su mujer, Simona Hernández. Alrededor de este núcleo creció el negocio con el que el matrimonio levantó, en el número 18 de Roa de Vega, un edificio con siete pisos, uno para ellos y otro para cada uno de seis hijos: Tomás, Emilia, Petra, Mariano, Juan y Carlos. Debajo abre una segunda tienda, que se suma a la fundacional de la plaza del Conde, al almacén de frutas al por mayor contigua y, más adelante, a otro almacén de coloniales en la carretera de Vilecha.

Simona y Tomás Hernández, fundadores de El Serranillo.

Simona y Tomás Hernández, fundadores de El Serranillo.dl

El patriarca fallece en enero de 1974. El paso a la siguiente generación se consagra con el reparto para que se quede Emilia, guardiana de la unidad de la familia, con la tienda de Roa de la Vega y el resto, al 50%, queda en manos de Juan y Mariano, aunque la gestión diaria recaía en este último porque su hermano trabajaba como médico.

El relato anota un salto cuando Juan, que ocupaba la gerencia del hospital, sufre un infarto y se ve obligado a coger la invalidez. El suceso provoca que su mujer, Rosa Dopico, decida incorporarse al negocio, primero con un pequeño espacio en San Agustín y, ya en 1988, en la plaza del Conde, donde acaban por comprarle en 1992 su parte a Mariano. Aunque su formación se ajusta a una licenciatura en Filosofía y Letras, su incorporación da un giro a El Serranillo con una receta que, aún hoy, recuerda su hijo Juan: crear una tienda en la que ella quisiera comprar.

Su visión revoluciona todo con gestos pequeños, como disponer una pequeña mesa camilla bien vestida, con tres cuencos en los que se reparten diferentes tipos de aceitunas y un porrón de vino. La invitación refuerza el espíritu familiar de El Serranillo, que amplía la oferta con hasta 70 variedades de encurtidos y productos referentes, como las rellenas de anchoa, las negras con pimentón y cebolla y los aliños, sin descuidar las tinajas de los escabeches, ni el bacalao, ni las enseñas de León como la limonada. «Todo, siempre, con la misma filosofía: cuidar a los clientes, conocerles por el nombre, y no hacer una tienda para turistas, sino para los leoneses, aunque luego pasen los turistas y les guste porque saben que allí compran los leoneses», resume Juan Dopico.

Rosa Dopico revolucionó el negocio.

Rosa Dopico revolucionó el negocio.Luciano Magadán

Ese escaparate luce en la tienda de la plaza del Conde, pero también en el comercio de la plaza de la Inmaculada y en el ubicado en República Argentina, donde además se instala el obrador. Esta última parte ha servido para aumentar el negocio con la carta de comida preparada, que permite degustar a kilómetros de distancia, con solo calentarlo al baño maría, un cocido de El Serranillo, un potaje de vigilia, callos, mollejas, manitas, lasaña, albóndigas o pollo de corral, además de cinco tipos de ensaladilla.

La receta se sazona con un ingrediente indispensable que remite al abuelo Tomás, siempre atento para dar cobijo, como hizo con su sobrino Dionisio, quien vino con 12 años desde Serranillos y, antes de montar de vuelta, se agarró la pierna de su tío para pedirle un puesto en la tienda. Esa concepción familiar del negocio se exhibe en Isabel, que lleva 50 años, ahora en la tienda de la Inmaculada, y en Rose Mar, que acumula 30 años en la plaza del Conde, además de que se replica en Luana, María, Cris, Ana y Rosa, quien tenía el quiosquillo de la Inmaculada y, cuando cerró, pasó para la tienda. «En el Serranillo siempre tiene que haber una Rosa», explica Juan con los ojos encendidos por el recuerdo de su madre, fallecida el pasado 28 de diciembre.

Emilia Hernández fue la guardiana de la unidad familiar.

Emilia Hernández fue la guardiana de la unidad familiar.dl

La historia continúa, como revela la presencia de Pablo, aún en edad escolar, pero ya con el delantal puesto en la puerta del comercio del Conde para honrar a la cuarta generación. Un día le contará su padre que su historia viene de un aceitunero de un pueblo sin olivos que se quiso asentar en León hace 100 años. No hay prisa. «Tengo que mantener una tienda en la que quisiera comprar mi madre», repite Juan para desvelar el secreto de la leyenda de El Serranillo.

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